Tierra cambiante

Pronunciamos las antiguas palabras y los rojizos mares se erizaron y rugieron queriendo salirse de sus lechos. Lentos rayos de hilo ardiente caían sobre las islas, mientras nosotros nos asombrábamos como niños. Las corrientes de aire se lanzaban a los lechos de los caminos, que se formaban y cambiaban de rumbo, y las raíces colosales, salidas de las profundidades, buscaban las nubes más lejanas. Imposibles pájaros de humo nos observaban al vuelo, no sabiendo donde posarse en la tierra cambiante. No nos decidíamos a dónde mirar, ni qué maravilla merecía más nuestra atención.

Arrobados por la belleza, tanto intuida como percibida y casi desvanecidos de gozo, nos acercamos a los enormes ventanales rodeados de un silencio ambarino. Fuera, el lascivo Sol y la casta Luna copulaban entre estertores cósmicos, los cielos se abrían y los mares humeaban. Un rocío de oro se desprendía del sol furibundo y copos de plata ligera caían de la hermosa Luna. Mientras el ciclo terminaba vimos a los recién llegados entrar, sus miradas inocentes se pasearon por nuestro observatorio. Se acercaron lentamente, como disculpándose, y contemplaron el espectáculo sumergidos en un silencio solemne.

Sentimos entonces como despertaba nuestra piel al tacto de la nueva luz  nacida de la unión del Sol y la Luna. Una calidez agradable nos recorrió completamente y todos tuvimos la sensación de que las células de nuestro cuerpo se impregnaban de aquel resplandor amoroso. Renovadas y limpias por un poder primordial.

En las nuevas islas empezó a llover suavemente y los cielos y los lechos marinos se asentaron de nuevo. También los hicieron los caminos y montañas. En las arenas blancas creadas con el rocío plateado de la ya extinta Luna, todas las mujeres, con sus gasas pálidas y sus miradas destilando sabiduría, despedían al tiempo viejo y daban la bienvenida al nuevo. Saludando a los nuevos astros y sus nuevas configuraciones. Los ciclos se suceden siguiendo patrones escondidos en su obviedad. Ya lo habíamos aprendido. Y también los jóvenes que salían de los bosquecillos hacia la los prados bañados por la luz recién nacida.

Seguimos contemplando las delicias de un mundo que cambiaba ante nuestros ojos.

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