Malas decisiones

 

 

Érase una vez que se era, en el lejano reino de la Palmilla, que un joven y gallardo príncipe, vivió una extraña aventura. Montaba una gran kelpa, que era la envidia de todos.

Le llamaban Raurok, el valiente. Y decían que una vez venció el solo a…

-¿Racacaqué? Yo soy el Malico, el Malico de los Carrasco de toda la vida. Los que tienen el quiosquillo en la esquina. Además mi moto no es kelpa, es una zip. Y la Palma no es un reino ¿o sí?

Nuestro héroe tuvo una especie de locura transitoria, hablando en lenguas extranjeras, en una especie de trance. Pero se calló la boca y dejó que el narrador siguiera, el cual hiló su hábil historia con una descripción.

Sus cabellos eran oro y nácar su piel. Tenía la fuerza de cinco hombres en cada brazo. Sus ojos azules infundían terror al enemigo.

-Mira, mierda, a mí no me vaciles. Si yo soy más negro que la mojama y no tengo fuerza suficiente ni para liar un canuto. Tú estás medio colgado ¿no?

Nuestro héroe, confuso, seguía diciendo incoherencias. A lo mejor iba a ser que era un poco gilipollas después de todo.

-¿Gilipollas? Mira yo reparto poco, pero tengo un primo de los Asperones que está preso, que cuando salga te vas a enterar lo que vale un peine.

Entonces nuestro protagonista sintió como sus labios quedaban sellados y, por más que lo intentara, no podía despegarlos.

Fue así como esta hermosa historia continuó su recorrido.

-Mmmmm, mmmmm, mmmm.

Pero nuestro prometedor joven tenía un acérrimo enemigo. Un enorme dragón azul tenía prisionera a su amada. Y la custodiaba en el castillo infranqueable.

-Atiende, a mi novia la entrullaron por pasar farlopa, aunque en verdad era tiza, pero vaya. Y la tienen presa en Alhaurín ¿Qué carajo estás contando?

Y entonces una pregunta se formó en al aire ¿Cómo podía hablar el tipo con los labios sellados?

-Bueno, es que soy ventrílocuo.

Era esta una historia que se iba convirtiendo gradualmente en una gran mierda. Entonces algo ocurrió de repente. Trágicamente, nuestro héroe se hizo un lio con su propia lengua…

-Humprf

…de forma que se la tragó y murió asfixiado pataleando entre horribles y enloquecidas convulsiones.

Fin (de momento).

 

El escritor se levantó asqueado de la mesa, quería escribir una novela de fantasía épica, no estaba pidiendo la Luna. Después de cagarse en las musas y en el Parnaso fue a hacerlo de forma literal, entiéndase, al wáter.

Por el pasillo de su casa se encontró con un hombre.

-Bueno ¿y quién es usted? ¿Qué carajo hace en mi casa?

El hombre pareció incómodo y dubitativo. Pero por fin respondió.

-Soy Héctor, es que… Bueno, que me he equivocado de relato.

-No se preocupe hombre, eso pasa en las mejores familias, hágame hueco que voy a hacer churros. La salida es por allí.

El escritor llegó al baño y al sentarse notó que algo flotaba a su alrededor, era una extraña presencia etérea, pero no supo definirla. Hasta que empezó a hablar.

-Ay, válgame el payo. Pos no coge y me mata, pero esta que forma e’ de tratar a la gente cohone’. Ahora la has cagado. Ja. Y nunca mejor dicho.

El escritor, sentado en el wáter, confuso, movía los brazos intentando espantar al ente que le incordiaba.

-A mí no me bailes. Ya te puedes poner con el aserejé que el pedazo de Potter Gay que te voy a montar va a ser brutal. Tú no sabes la cantidad de familia y colegas muertos que tengo, vamos a montar aquí un botellón espectral de la hostia.

El escritor, ya desesperado, cogió el papel higiénico y se lo metió en la garganta intentando asfixiarse. Pero como no le cabía, no pudo. Tomó una decisión. Y se lanzó por la ventana del baño, directo a la muerte.

Pero como vivía en un bajo, cayó desde metro y medio de altura. En plena calle y sin pantalones. Un transeúnte que por allí pasaba se acercó.

-¿Está usted bien?

El escritor lo miró y no pudo evitar echarse a llorar amargamente. Se cubrió la cara.

-Tranquilo, hombre. –Dijo el transeúnte.

-Yo solo quería escribir fantasía épica, una puta novela, por Dios. –Masculló.

El hombre que pasaba se rascó la barbilla y miró al tipo hecho polvo, medio en pelotas, que lloraba en el suelo. Le dio un pañuelo y se fue pensando en quitarle al niño la tontería esa que tenía de ser escritor, eso no podía ser.

No quería que su hijo acabara así.

 

FIN (ahora sí).

 

 

 

 

 

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