La bruja del séptimo

 

-Pásala, vamos hombre.

Currito estaba rodeado por tres jugadores del otro equipo, pero ni así pasaba la pelota, se puso a hacer picaditas para irse por alto, pero se le fue fuera el balón.

-Eres un chupón.

-Anda ya. Si te la echo te la quitan. Tú defiende y cállate. Además, la pelota es mía.

Diego, el otro niño, que era un poco gordito, levantó la cabeza con orgullo y se dirigió hacia Currito.

-Mira ¿eh? A mí no me chulees ¿Te enteras?

Currito se envalentonó también y le dio un empujón al otro que venía.

-A mí no te me pongas vacilón, que llamo a mi hermano.

Diego, bastante mosqueado, cogió el balón y lo sostuvo en la mano.

-Siempre igual con tu hermano. Pues mira ve y dile que vaya a recoger tu balón nuevo.

Diciendo esto le pegó una fuerte patada a la pelota mandándola en dirección a las terrazas del bloque del al lado, en cuyo césped estaban jugando.

Diego era un papa jugando, y normalmente se habría caído de culo, dándole el balón en la cara. Sin embargo, quizá por causa del destino, empalmó una volea digna de Zidane que con un ¡plac! fuerte y seco salió disparada hacia arriba.

Todos los niños miraron alucinados, estirando el cuello y formándose un “Ohhhh” en al aire cuando vieron la altura que cogía el esférico. El balón siguió subiendo y fue a colarse en el séptimo piso, en una terraza sucia y oscura.

Los niños felicitaron a Diego por la potencia del chut y se fueron, dando por finalizado el partido. No sin antes darle un par de collejas a Currito y carcajearse un poco.

-Venga, a ver cómo recuperas el balón de casa de la bruja. ¡Ja, ja, ja! –Dijo uno.

-Vámonos al campo, dice Pedro el caraguarro que ha hecho una cabaña más grande que la nuestra ¡seguro que es mentira! – Dijo otro.

-¡Vamos, vamos!

Así Currito, triste y desolado, se quedó mirando la siniestra terraza de la bruja. La cual nunca salía ni contestaba a la puerta. Decían que era rusa y había estado casada, pero su marido la abandonó y terminó viviendo en Huelin. También contaban que sabía lanzar mal de ojo, pero el niño no tenía ni idea de qué era eso y no le preocupó lo más mínimo.

A veces la bruja se asomaba a la terraza, pero solo sacaba la cabeza y volvía a esconderse, o eso decían. La gente del barrio pensaba que estaba como una cabra. El niño reflexionó sobre el curso a seguir. Si le decía a su madre que la pelota había caído en casa de la bruja podía darla por perdida y además le prohibiría que fuera a recuperarla. Pero si no le pedía permiso, no se lo había negado expresamente. Así que podía ir a casa de la bruja e intentarlo al menos.

Animado por eso y casi feliz, como niño que era,  por haber tenido una idea tan buena, empezó a corretear hacia el portal. Y pegó en un portero al azar.

-¿Si, diga?

Poniendo voz grave dijo.

-Abra por favor, somos repartidores de publicidad del Pryca.

-Ay, siempre llenando los buzones. Bueno, pase, qué remedio.

El niño entró y subió al séptimo, pero al plantarse delante de la puerta de la bruja tuvo dudas.

Se acercó lentamente y le pareció que su cuerpo se encogía de puro miedo. Entonces notó que la puerta estaba entornada, y miró cautelosamente por la rendija, pero no se veía nada, solo oscuridad. En eso estaba cuando la puerta se abrió de par en par.

En el umbral había una señora altísima y viejísima iluminada por la luz del pasillo. Pero sonreía. Y lo más importante, tenía algo bajo el brazo: su balón.

-Debes chutar muy fuerte, je, je. Hace tiempo que no se colaba una pelota en mi terraza.

-Ha sido el Diego el Gordo. La ha empeñado, el idiota.

-Bueno ya que estás aquí pasa, tengo galletitas y cola cao.

-No, gracias señora. Es que tengo que hacer los deberes. Tengo prisa.

-O te tomas las galletitas conmigo o no hay balón. –Dijo la señora poniendo expresión de picardía y sonriendo de nuevo.

Currito miró su flamante balón nuevo: de la FIFA, firmado por Laudrup. Aunque la firma fuera solo pintada esa pelota era la leche, si tenía que comer galletitas, incluso beber cola cao, lo haría.

Animado por la afabilidad de la anciana se acercó y dijo.

-Bueno venga, vamos. Pero el cola cao hace grumos ¿no tienes nesquick?

-¿Eso qué es? Bueno pasa y no te quejes, allá en la tundra los niños desayunaban té hecho con agua sucia. Siéntate, anda.

Currito se sentó y pasó un buen rato con la mujer, era simpática. Le contó que la llamaban la bruja, a lo cual ella no pareció dar importancia. Dijo que desde que su marido la dejó no le gustaba salir, prefería ver películas y leer libros antiguos. Y que sí que abría la puerta, todas las semanas venía la entrega del Pryca. Tenía que comer ¿no?

Las galletitas estaban buenas, hasta tenían perlitas de chocolate, pero Currito ya estaba lleno y dijo de irse.

-Muchas gracias por todo, ya verás cuando les cuente a esos capullos.

-No les digas nada, creyendo que soy una bruja me dejan en paz. Además, no quiero una fila de niños pidiendo galletas. Ah, se me olvidaba. Llévate esto también que me ocupa mucho espacio. Toma, pon el balón encima.

-¿Eso qué es?

-Una caja de libros, ya los he leído.

-¡Oju!

-Llévatela, Curro. Seguro que a tu familia le gusta.

-¡Pero está llena de polvo y pelusas!

-Será delicado el niño. Cógela, anda. Allí en la tundra los niños trabajan en las minas desde los siete años, y comen polvo; cuanto más pican más comen. Así que haz el favor de no ser estirado y callarte ya. ¿Te han gustado las galletas?

-Sí, estaban muy…

-Estupendo. Pues venga, hala, niño. Circulando. –Dijo la señora y cerró la puerta.

Currito se fue cargado con los libros y el balón a su casa, tosiendo por la nube de polvo que le seguía y soltando hilachos de pelusas por el camino. Cuando le contó la historia a su madre no se la creyó, pero al ver la caja de los libros cambió su opinión sobre la supuesta bruja.

-Anda mira. Qué curioso. Y yo que pensaba que estaba medio fuera de onda. La vieja pastelera, mira tú. –Comentó la madre mientras batía los huevos.

Pero lo mejor fue cuando abrieron la caja. Contenía primeras ediciones y manuscritos inéditos de Chejov y Gogol, además de cartas personales perdidas de otros autores rusos. El padre de Currito era librero y no tardó en saber lo que tenía entre manos. Cogió el teléfono y llamó a una aseguradora, y después a la mejor casa de subastas del país.

Unos días después la anciana encendió el televisor, cosa que casi nunca hacía, y vio en la pantalla un plano de su polvorienta caja. Eran las noticias. “La totalidad de la subasta ha alcanzado la friolera de más de 150 millones de pesetas, ha sido un museo, localizado en Varsovia, el que finalmente…”

Apagó el televisor y sonrió con satisfacción y delicia. Al final se había vengado de ese maldito Chejov. Mira que acostarse con ella, dejarle todas esas cartas de amor y ser la causa de que su marido la abandonase ¿y todo para qué? Para aparecer en un relato como la mujer del protagonista, que no era otra cosa que una urraca y además un personaje totalmente circunstancial. Se echó un vodka rojo y lo saboreó encantada.

La señora del perrito… Malas puñaladas te den, Chejov. Como dicen por aquí. –Susurró.

Pues ahí lo llevas, pensó la anciana, tus cartas más cursis a la vista de todos. Todo le llega a quien sabe esperar. Y, tranquilamente, llamó al supermercado para hacer el pedido de la semana.

Currito, ajeno a todo esto, daba picaditas en su campo de fútbol propio. Le dijo a su entrenador personal que trajera unas gominolas, pero de las rojas, nada de mierdas de menta. Hizo unos estiramientos y llamó a sus amigos, que estaban jugando un burreíto, pensando en montar un partidillo. Ya hacía menos calor, podría estar perita.

Ahora le pasaba el balón a quien le daba la gana. Y nadie protestaba.

FIN

 

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