La voz del amanecer.

 

 

La voz del amanecer.

Las estrellas, salvajes y afiladas, clavaban sus uñas en la blanda noche. En el cielo amoratado, una vaporosa y enferma Luna sonreía vagamente. Las nubes, incendiadas, formaban escaleras de ojos que escrutaban el alma humana. El silencio de cristal temblaba en nuestros dedos y en nuestra mirada. Llorábamos oscuros presagios que se diluían en las gotas de lluvia negra.

Pero entre el miedo y la confusión una voz se elevó clara, y cortó la oscuridad como un cuchillo de llamas. El pavor nauseabundo despareció, quemado por la claridad, como si jamás hubiera existido.

Y el silencio de la noche se hizo añicos contra nuestras pestañas mientras se oía una voz hermosa de mujer; una voz de brisa, de tallo tierno, una voz de esperanza, de promesas.

Nos bañamos en su caricia, nos hicimos uno con ella.

Así despertamos al día imperecedero. A la luz prometida. Y entre las nubes hechas de leves canciones, altos entre los cielos, soñábamos. Y el sonido de la felicidad, como un rumor de río, como un suspiro de viento, nos acompañaba allá donde fuéramos.

Y los remos de los vientos se llevaron lejos la noche y la muerte.

Así, acunados en la voz luminosa, pudimos por fin descansar.

 

 

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