El viaje de los relatontos

 

 

Los relatontos vivían en la cocina de Enrique, un soltero cuarentón. Aquello les gustaba: el ambiente de suciedad y desorden, la aparente aleatoriedad con la que todo estaba colocado y sobre todo que aquel tipo ni se asomaba. Tan solo pasaba para coger cerveza y usar la lavadora, ya que no sabía ni freír un huevo. A ellos debiera haberles dado igual, ya que eran minúsculos e invisibles; pero valoraban su intimidad, aunque fuera simbólica.

Eran tres. Dick, un relato huérfano y que ni siquiera sabía su propio final; Wanda, la loca, que decía ser una poesía contemporánea y, por último, Wilfredo, aburrido como él solo, que juraba ser un relato de un libro de texto descatalogado de los años cincuenta.

Se hacían llamar los relatontos por idea de Wanda, quien afirmaba expresar así la dicotomía cada vez más decadente del acto literario. A los otros les hacía gracia como sonaba y les pareció bien.

Vivían tranquilos. Se alimentaban de las fantasías y sueños de su anfitrión y en lo demás lo ignoraban. Pero la calma, como suele suceder, no podía durar.

Era media mañana y los tres estaban sentados en un terrón de azúcar duro como el acero que llevaba tres semanas tirado en la encimera. Charlaban tranquilos y pasaban el tiempo hostigando a una cucaracha despistada, a la que lanzaban guisantes congelados.

-No estoy de acuerdo. –Dijo Wilfredo. – Cualquier persona educada sabe que el tenedor se pone a la izquierda.

Cuando Wanda iba a responder entró Enrique como un vendaval, corrió por la casa ululando y fue directo a la lavadora.

-Mira, tiene peor cara que un relato de Lovecraft. –dijo Dick.

Era cierto: el hombre parecía realmente fastidiado. Perjuraba y agitaba los brazos sobre la cabeza. Los tres relatontos se miraron sorprendidos.

Tras mirar por el suelo, Enrique despareció en su habitación, donde se escuchó un ruido de revolver ropa. Entonces volvió a la cocina y mientras se tiraba de los pelos gritó:

-¡Dónde están los calcetineeeeees!

Acto seguido se quitó los zapatos y unas calcetas roídas y metió estas últimas en la lavadora mientras las observaba girar con cara compungida.

-Los últimos- susurró- dónde carajo irán los calcetines. No gano para comprarlos. –Pareció hundido y añadió,- tendré que ir otra vez al chino.

Entonces en un último suspiro de inspiración retiró la lavadora y miró detrás.

-Aquí no hay nada.

Pero los relatontos, que seguían la escena, vieron un resplandor irisado iluminar la pared, eran olas de suaves colores. Como si nada, Enrique se puso los zapatos sin calcetines y salió a la calle.

La primera en hablar fue Wanda.

-¿Pero qué fue eso?

-Ni idea- respondió Wilfredo.

-Investiguemos- convino Dick.

Los tres pequeños seres flotaron levemente en el aire en dirección a la lavadora. Que, ahora en su posición original, parecía perfectamente normal. Por suerte, su naturaleza casi etérea les hacía mucho más fácil el transporte: aprovechando el vientecillo que entraba por la rendija de la puerta llegaron en un santiamén.

Cuando estuvieron encima del aparato, Wilfredo señaló un lugar.

-Mirad.

La lavadora no había quedado totalmente pegada a la pared, por un pequeño hueco se escapaban cientos de arcoíris diminutos. Resolvieron bajar por el cable que caía desde el techo hasta el suelo y averiguar qué era aquello.

Mientras lo hacían, Wanda vio como unas antenas se asomaban por el borde del aparato. Apareció una cabeza de insecto y, tras esfumarse, empezó a oírse el sonido de algo pesado arrastrándose; varias cabezas asomaron, movían las antenas expresando diversión.

-Daos prisa. –Jadeó Wanda.

Pero ya era tarde. Cuando iban por medio camino un bote de limpiacristales se precipitó desde lo alto de la lavadora. Los barrió hacia el suelo y se escuchó un extraño sonido de succión.

Las cucarachas quedaron perplejas al ver que en el suelo no había nada, ni el bote ni los tres pequeños seres que las incordiaban. Notaron una extraña radiación en las antenas así que se alejaron de allí y se escondieron en el marco de una puerta.

 

Dick se creía ya muerto cuando sintió un fuerte tirón desde abajo, miró hacia sus pies mientras caía y lo que vio lo dejó boquiabierto. No había nada, ni suelo, ni paredes, ni siquiera aire. Pronto los colores centelleantes lo envolvieron. Parecía estar dentro de un huracán, pero, al mismo tiempo, se sentía inmóvil. De pronto las sensaciones se esfumaron y cayó encima de algo blandito.

-¡Por todos los demonios! ¿Qué sitio es este? –gritó Wilfredo, olvidadas sus buenas maneras.

Los tres relatontos miraron a su alrededor. Estaban sobre una inmensa montaña de unos pequeños objetos de tela. ¡Calcetines! Eran miles, millones. Ocupaban el horizonte en todas direcciones y ellos mismos estaban en una montaña de incalculable altura. Un suave olor a cientos de suavizantes diferentes impregnaba el aire.

-¡Cuidado! –Dijo Dick.

Y se apartaron justo a tiempo para dejar que el bote de limpiacristales cayera, aparecido de la nada. Se hundió rápidamente entre las pequeñas prendas.

Los tres suspiraron aliviados e intentaron buscar una ruta para bajar de la montaña textil. Al descender se dieron cuenta de que ocasionalmente el cielo brillaba y un calcetín solitario caía suavemente sobre las dunas de colores. Envueltos en un silencio de estupor los tres pequeños relatontos llegaron a pequeño valle escondido entre dos bamboleantes montañas.

Al subir una rasante se mostró ante ellos un pequeño pueblecito fabricado, cómo no, con ropa interior. Los tejados eran de tonos rojizos y las paredes blancas, el suelo estaba hecho con ropa oscura.

Miraban a su alrededor, confusos, cuando se acercaron un par de seres, seguidos de un tercero. Dick se dio cuenta de que eran seres psíquicos, como ellos, pero parecían más grandes y desarrollados. Les miraron de arriba abajo y el que había llegado el último habló.

-Vaya ¿qué tenemos aquí?- Movió su cabeza en círculos. -Según creo os hacéis llamar los relatontos. Y uno de vosotros ni siquiera está terminado.

Wanda pateó el suelo furiosa.

-¡Es una falta total de respeto leer los pensamientos sin permiso!

Los grandullones parecieron dudar pero finalmente el que había hablado replicó.

-También lo es presentarse en nuestra aldea sin invitación.

-En realidad- dijo Wilfredo en tono conciliador- solo queremos salir de aquí, volver a nuestra casa.

Dick mostró las palmas de las manos en señal amistosa. Él también quería irse pero había sentido un vínculo cerrarse al llegar a aquella aldea. Era algo intrigante, que jamás había vivido desde que era un pequeño germen de idea en la mente de su autor, recuerdos muy difusos.

-Es difícil salir de aquí. Por cierto ¿cómo llegasteis? –Dijo el más alto.

-Es una historia demasiado ridícula –dijo Dick.

-La nuestra no es mejor: Éramos parte de una biblioteca de Chiclana; el jefe mandó a un par de becarios que limpiaran los libros. Venían del Sanatorio, taberna letal del lugar, y con la borrachera y la guasa metieron los libros en una lavadora secadora que por error habían traído los repartidores.

“Caímos una docena, pero en lugares separados, o eso creemos, nosotros solo somos tres. Construimos esto y a veces salimos a buscar a alguno. Hasta ahora no hubo suerte.

-¿Y cómo os llamáis? –Preguntó Wanda.

-Nuestros títulos son cosa nuestra, pero como grupo nos hacemos llamar los novelistos.

En el silencio que siguió empezó a oírse un murmullo y pareció que el suelo vibraba.

-¡Oh no! ¡Refugiaos, ahí viene! –Los novelistos se dispersaron y entraron cada uno en una casa.

Wanda y Wilfredo se metieron en una de las construcciones más cercanas a toda velocidad. Pero Dick empezó a darse cuenta de algo, a notar una sensación inequívoca que le hizo relajarse y esperar a ver qué pasaba.

Convencido ya de que aquello no era real solo sintió admiración, ni una pizca de miedo, cuando una enorme serpiente surgió entre las montañas de calcetines y se volvió a sumergir. Era del tamaño de un edificio y subía y bajaba entre la ropa como si fuera un líquido, se desplazaba cómodamente, emitía resplandores metálicos. Volvió a saltar e hizo un arco perfecto en el aire antes de caer encima de Dick.

Allí estaban todos, como él había sospechado: Innumerables novelas, relatos y poemas perdidos convivían en el interior de la serpiente. Entonces hablaron y él supo.

Cuando por fin despertó aun sabía.

 

 

Se encontró acurrucado en una cucharilla, un montoncito de azúcar en la punta le hacía de almohada. Se levantó, se estiró y sonrió; se sentía como nuevo. Cuando encontró a Wilfredo y a Wanda los despertó con suavidad. Parecían un poco perjudicados.

-Qué sueño más psicodélico. –Dijo Wanda sujetándose la cabeza.- ¡Seguro que nos ha sentado mal algo que ha soñado el solterón! Me siento como si me hubiera acostado con un poema de Rimbaud.

-Sí, esto es una indigestión psíquica en toda regla. –Convino Wilfredo.- A saber los años que llevaría esa energía mental atrapada, y anoche nos pegamos un festín. ¿Y este por qué está tan sonriente?

Dick amplió su sonrisa, su expresión parecía diferente de la que solía tener.

-Mientras soñábamos juntos identifiqué el sueño como tal. Supe dónde estaba y lo que debía hacer. Y entré en contacto con otras obras del mismo autor que me escribió. Vosotros huisteis de la serpiente, pero en su interior se hallaba mi respuesta.

-¿Qué respuesta? –Dijo Wanda.

-El final de mi historia, mi porqué. Ahora estoy completo: sé cómo termino. Conozco la naturaleza de mi discurso, pues el final suele dar sentido al resto.

Los dos observaron a Dick, el cual miraba embelesado un mundo que veía por primera vez.

-Bueno ¿y quién es tu autor? –Dijo Wanda, rompiendo la magia del momento.

Dick sonrió de nuevo y la miró con nuevos ojos.

-Soy yo. –Dijo.

 

FIN

 

 

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