Pherenike

 

En el centro de la oscura laguna un pequeño punto permanecía inmóvil. El barquero esperaba.

Sentía su espíritu deslizarse sobre esa delgadísima línea que separa la razón de la locura. La barca estática era un reflejo de su ánimo, un ancla que lo ataba a su auténtica maldición: el tedio. La superficie de la laguna Estigia parecía reflejar la noche, pero la contenía. Y cada estrella era una esperanza muerta, flotando en el fondo de las aguas del olvido.

Su voluntad se asemejaba a un pajarillo volando entre dos muros de llamas, pero algo ajeno a él le obligaba a continuar. El tiempo ya no era nada, no existía. El presente se había diluido en una vacía eternidad en la que todo parecía un sueño brumoso. Entonces el mandato golpeó su voluntad y sus brazos comenzaron a moverse mientras las palabras de su amo tocaban su mente.

La belleza emana de la muerte. Cuando la última luz se extinga y la quietud eterna lo abarque todo, podrás descansar.

Para el barquero era otro rumor del río, como el roce de las aguas. No pensaba en ello, solo sabía que debía cumplir con su tarea. No recordaba el motivo de su castigo y no le importaba. Ni siquiera sabía cuál era su nombre cuando aún estaba en el mundo de los vivos. Todo estaba tan lejos. Tan perdido.

Lo que parecía un espíritu esperaba en la ribera y el barquero creyó sentir un cambio, no supo si en las aguas o directamente en su corazón. Se acercó poco a poco, lo empujaba una inercia de raíces profundas y ocultas; un impulso cuyo origen estaba perdido en el caos primigenio, una voluntad sin nombre. Llegó a la orilla y detuvo su embarcación. Allí le esperaban. Él no comprendió, aun no. Pero fue consciente de que algo diferente ocurría, de que lo nuevo tocaba su existencia. Una emoción agradable recorrió su interior. Se inclinó hacia aquel ser que vibraba con vida, ofreciéndose a lo desconocido, mostrando su esencia.

La figura que esperaba subió a la barca y él comenzó a entender. La niebla que era su mente empezó a aclararse. Recordó un prado, una cabaña, una mujer. Recordó el olor del bosque. El sabor de la risa, y también unos ojos que cantaban amor. Las evocaciones fueron cayendo como una lluvia fina y lo envolvió un placer olvidado. Lo cual provocó una cascada de visiones atropelladas que detuvo con firmeza. Al final había algo malo, una falta a los dioses, un crimen, quién sabe. No quiso indagar en ello ¿qué importaba ya? Ella seguía allí, partiendo en dos el sinsentido, como una promesa plantada en medio de la desesperación. Él se acercó y rozó sus cabellos. Solo quería asegurarse de que era real. Apartó sus cavilaciones, consciente de que el tiempo, a la larga, convierte lo más vital e importante en polvo y en nada.

Siendo aún un hombre había amado a aquella mujer. Se acercó más a ella y al fundirse sus miradas se estremeció el propio flujo del tiempo. De algún modo volvieron a vivir juntos, a ser felices. Revivieron aquellos tiempos de dicha. Unos segundos y, a la vez, unos años después, volvieron a encontrarse en la oscura orilla de la laguna Estigia. Todo era igual. Todo era diferente.  La contempló con detenimiento, recorriendo cada línea de su rostro. Sabía que quedaba poco.

Porque mientras él la observaba, el destino los observaba a ambos. Y, sin cantos ni juramentos, Hades ejecutó su castigo y en su ciega cólera arrojó al barquero a las fronteras de la inexistencia.

El señor de los infiernos, malhumorado, no tuvo más remedio que dejar a la mujer en paz, ya que tenía potestad sobre las almas, pero no así sobre la vida.

Su nombre era Pherenike, su significado: la que trae la victoria. Vivió siempre sola tras su vuelta. Algunos decían que estaba loca, otros que era una bruja, incluso había quien afirmaba que se encontraba con su amante en sueños. Que podía abandonar su cuerpo por las noches y llegar a sitios que ni siquiera existían. La temían. Ya siendo anciana, dejó de salir de casa durante una larga temporada. En el pueblo pensaron que había muerto. Unas semanas después, vacilantes, los vecinos entraron. Sus restos nunca fueron hallados.

Y de esta forma, por primera vez, alguien pudo escapar del Inframundo. Y así la ira divina, también por primera vez, tuvo el efecto de un bálsamo. Después Hades, llamado Plutón por los constructores, convocó a Caronte, encadenó a Cerbero e hizo lo que pudo por ocultar un hecho que, aún ahora, enciende su ira.

Como bien se sabe, nada de esto fue suficiente; hubo otras aventuras, otras huidas. No obstante, son historias diferentes. Y ésta ya parece precipitarse a su fin.

Pero no tan rápido. El tejido que nos sustenta es caprichoso y fluctúa de diferentes formas. ¿Quién sabe qué habrá tras el umbral de la existencia? Quizá el amor aun respire fuera del tiempo y del espacio. Cobijado en la última periferia, o puede que en algún recodo oculto de la realidad, olvidado por todos. ¿Quién sería tan arrogante para juzgar lo incomprensible?

Porque hay cosas que ni los propios dioses saben.

 

FIN

 

Inspirado en “Caronte” de Lord Dunsany 

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4 comentarios sobre “Pherenike

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      1. A esto sí lo llamaría yo todo un piropo lanzado con aprecio y cariño. Pero la verdad es que no es así, lo mío si puede llamarse literatura es de la sencilla, de la de calle y de pueblo. Escrita, eso sí, con el alma y experiencia de vida.
        Pero no por eso deja de ser precioso lo que me dices.
        ¡Siempre deseando leerte!
        Un abrazo acompañero

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