El cogollo surgido del espacio

Ilustración de Jesús Rodríguez. Su web es : https://kamizeto.wordpress.com/

 

El cogollo surgido del espacio

 

El señor HP Polencraft conectó su ordenador portátil y acercó la llama del mechero a su cigarro especial, abrió una lata de cerveza y dándole un sorbito comprobó que estaba helada. Se colocó su bigote postizo y su casco vikingo, que siempre le ayudaban a pensar de forma más creativa. Miró a su alrededor y comprobó que todo estaba en orden.

Ya estaba listo para comenzar a escribir.

Colocó las manos sobre el teclado y un agudo grito traspasó su cerebro como una aguja ardiente.

–¡Pol, la lavadora trota y echa chispas! ¿Qué coño has hecho?

El señor Polencraft tomó las medidas necesarias. Echó el pestillo de la puerta y apoyó el respaldo de una silla en el pomo, por si acaso. Se puso los cascos a toda potencia con sonidos relajantes del mar. Y mientras las olas iban y venían comenzó por fin su relato.

Llegaron temprano al bosque. El día apenas empezaba a insinuarse y el piar de los pajarillos fue sustituido por un fuerte ruido de motores y el sonido de ruedas aplastando grava. Eran los primeros en llegar.

Caminaron hacia el sitio elegido y el Sebas, líder del grupo, comenzó a organizarlo todo. En una hora ya habían montado el chiringuito: Mesas y sillas, carteles, farolillos de colores y hasta una pequeña barra donde tenían cerveza fría en neveras portátiles.

Se colocaron ante el cartel de bienvenida y el fundador del club lo observó con ostentoso orgullo.

CLUB DE EXPORRETAS

NOS REÍMOS DEL COSTO

Y DE LA HIERBA

–Ha quedado genial. Tres ediciones ya, tíos.

–Sí, –dijo el Chincheta– Y esta promete ser especial, va a venir tela de gente. Muchos lo han dejado este año.

–¿Creéis que vendrá el Mai de Guarromán? ­–Dijo el Sebas.

–Ojalá, le daría un montón de vidilla a esto.

–Pero antes de llegar a estrella del fandango ese tío era camello –dijo uno de los ayudantes. De ahí su nombre. En su pueblo todo el mundo lo sabe.

–Hombre, por Dios, nosotros antes éramos porretas y míranos ahora. Hay que tener fe en las personas.

A media mañana aquello hervía de gente. Gracias a la organización y habilidad del líder del grupo todo marchaba bien. Por suerte había un pueblo cerca y el reabastecimiento de cerveza y comida fue constante. A la caída de la tarde, cuando ya nadie lo esperaba, el Mai de Guarromán llegó con su guitarra y su pañuelo en el cuello. Fue llegar, saludar y un dulce olor, fragante e inconfundible se extendió rápidamente por la zona.

–Joder, huele a maría. –Dijo alguien. Y esa frase expresaba el pensamiento de cada uno de los presentes.

–Hostia, es verdad ¿esto no era un club de exfumetas, no lo habíais dejado? –dijo el cantaor.

–No te hagas el tonto. Tú has traído el aroma. –Respondió el Sebas indignado.

Ambos se miraron de forma desafiante en un silencio de tensión creciente, hasta que algo los hizo mirar hacia arriba. Una luz venía del cielo, era de color esmeralda, y bajaba en línea recta hacia el centro de la reunión.

Tras unos segundos de asombro y parálisis, la gente corrió intentando alejarse de allí. Pero el cantante no pudo hacerlo, no porque no quisiera, se debía a que sentía las piernas petrificadas. Y allí se quedó como un pasmarote mientras el resplandor verde caía sobre él.

Lo primero que notó era que el olor a marihuana se intensificaba. Y ante él, suavemente, flotó una fantasmagórica esfera luminosa que contenía algo en su interior. Miró, pero no podía creerlo, lo que transportaba aquella luz era un cogollo de marihuana de proporciones inauditas.

Al tocar la tierra, la luz verde se difuminó hasta desaparecer. Y el cogollo gigante quedó allí, de pie ante El Mai de Guarromán, como el monolito de 2001. Algunos ya estaban volviendo y pudieron ver al susodicho que, como hipnotizado, dio un paso hacia lo que acaba de surgir del espacio, extendió el brazo y lo tocó, se escuchó una exclamación ahogada y entonces, entonces.

Entonces una mano agarró a Pol el por el pescuezo y lo obligó a girar el cuello. Lo que vio no eran dos ojos, eran ardientes abismos de odio eterno.

–Vale, sí. –Dijo automáticamente ante aquella mirada, aunque aún no le hubiera pedido nada.

Sintió que la garra le liberaba el cuello y, con voz muy dulce, su hermana le dijo.

–Arregla la lavadora, Pol, o una de estas noches te estrangularé.

–Pili, estoy escribiendo algo muy importante, un documento vital, dame unos minutos, por favor. Toma 5€ para la lavandería automática.

Ella puso cara de asco, cogió el billete y dijo.

–Qué fraude de vida. Y quítate ese casco con cuernos, por favor.

Cuando se fue, Pol arrastró el armario para atrancar la puerta de todo. Y tras liar un cigarrito se puso al lío.

Cuando El Mai de Guarromán lo tocó, el misterioso cogollo desapareció sin ningún sonido ni efecto, como si jamás hubiera existido.

El Sebas reunió valor y se acercó lentamente al pobre tipo, que parecía en trance.

–¿Tío, estás bien?

El cantante giró la cabeza y dijo.

–No veas, compadre. Tráeme la guitarra, estoy inspirado.

–¿Qué mierda era eso que cayó?

–Un cogollo de maría. Y no es coña.

–¿Y dónde está?

–Eso quisiera saber yo. La guitarra, rápido.

El Mai de Guarromán no podía ya contenerse y empezó a cantar ingeniosas canciones improvisadas. Los miembros del club de exporretas se volvieron a reunir para comentar el asunto.

–Joder, habrá sido una alucinación colectiva. –Dijo uno que era muy versado. –Seguro que es el síndrome de abstinencia.

–No sé yo. –Dijo otro.

Tras casi una hora de debate llegaron a la conclusión de que, fuera lo que fuera aquello, ya que estaban allí con toda esa cerveza tampoco iban a irse por una pequeña visión. Y después de trasegar un poco le vieron cada vez más sentido a la idea. Cuando empezaron con los cubatas ya casi se reían al acordarse.

Antes de la cena, el versado que había hablado antes, se ofreció a leer un poema de su propia factura. Los demás miraron al suelo y silbaron, pero el tipo se arrancó sin miramientos.

–Esto lo escribí una vez que estuve chungo del estómago. Se llama Oda al Pedo. Y dice así.

Oh, pedo

Heraldo del mojón,

Previa satisfacción,

Yo te venero.

Oh, pedo

Tu música quiero

Intestinal don

Sea uno, sean dos

Alas os confiero.

Era ya noche cerrada y nadie había visto crecer aquella cosa hasta que era bien grande. Mientras el tipo recitaba entusiasmado, alguien gritó de forma alarmante interrumpiendo el recital.

–¡La ostia, mirad, mirad!

Todos volvieron la cabeza. Una enorme planta crecía a toda velocidad, la iluminaron con los móviles. Una exclamación ahogada se atascó en cada garganta.

Un inmenso árbol de marihuana se retorcía y lanzaba cogollos tan grandes como cabezas a su alrededor. Una auténtica lluvia. Los miembros del club no sabían si esquivarlos o lanzarse a por ellos.

–No veas, qué alucinación colectiva más guapa. ¿Tienes papel? –Dijo uno.

Un par de horas después, hasta la última parte de cada cogollo espacial había sido lúdicamente convertido en fragante humo. Los miembros del club decían tonterías tirados entre las colillas. Algunos se habían quedado dormidos. Pero todos se incorporaron cuando el suelo comenzó a temblar a intervalos regulares.

–¿Qué es eso? –Dijo el Sebas, alarmado.

–Parecen pasos. –Respondió el poeta del pedo.

–Cómo van a ser pasos. Silencio, escucha. Debe ser un terremoto o algo así. Deberíamos ir a los coches.

Pero se hizo evidente que eran impactos con una clara cadencia y que provenían del interior del bosque. Se acercaban hacia los miembros del club. El fundador reaccionó rápidamente.

–Vamos, tíos. Huyamos, joder. No sé qué será eso, pero vamos a donde hemos aparcado y nos piramos de aquí ahora mismo.

La peña parecía estar de acuerdo y todos fueron hacia donde estaban los coches. Pero cuando llegaron la sorpresa fue mayúscula.

–¿Qué coño le ha pasado a mi Seat Panda? Esto es una locura. –Dijo el primero en llegar.

–¿Y a mi Ford Fiesta? –Se escuchó que decía otro.

Cuando el líder llegó por fin y vio aquello, sin darse cuenta le dio una calada a la chusta que le quedaba en la mano, fue un acto automático, solo para darse ánimos.

Los coches se habían convertido en bloques de hachís.

–Bueno, alégrate, hombre. Esa cascarria de coche ahora vale una pasta en el mercado negro. –Dijo el Sebas sonriente, intentando relajar los ánimos.

Pero los temblores cada vez sonaban más cerca y los pobres tipos ya no sabían qué hacer. El miedo crecía entre ellos a cada impacto de aquellas tremendas pisadas. Cuando, llevados por el pánico, estaban a punto de intentar huir corriendo hacia el pueblo, algo los detuvo.

El ser que se aproximaba, sin dejarse ver físicamente, proyectó su rostro en las mentes de los tipos paralizados. Era un ser abominable que escapaba a toda posible descripción. La mayoría empezó a temblar y algunos cayeron al suelo. El organizador, como poseído, comenzó a hablar en un tono muy raro.

–Soy Hagaseloustep, el camello de los dioses. Si me contempláis, moriréis. Pero tengo algo que deciros.

Los pobres hombres escuchaban atónitos y aterrorizados.

–He perdido algo. –Siguió diciendo el ser a través del Sebas– Y creo que vosotros sabéis dónde está.

El Chincheta, mostrando sangre fría, señaló al El Mai de Guarromán, que estaba intentando esconderse detrás de la guitarra.

–Ha sido él.

El cantaor abrió la boca para protestar, pero una especie de bruma verde empezó a salir por su boca. Manando en cantidades cada vez mayores, el vapor se reunía en una espesa nube que se elevaba y crecía.

Por fin la última hebra de luz verdosa abandonó su interior y el cantante cayó al suelo como un muñeco vacío. La nube se contrajo hasta formar una cápsula de intenso verde esmeralda, había algo en su interior. La extraña forma luminosa empezó a subir hacia el cielo cada vez más rápido.

Mientras el aroma de la marihuana volvía a esparcirse, los miembros del club observaban incapaces de moverse como El Mai de Guarromán se levantaba del suelo y decía:

–Qué putada.

Y volvió a caer al suelo, pero esta vez comenzó a roncar.

El Sebas parecía ser él mismo de nuevo y los temblores ya no se oían. Todos se miraron entre ellos, alguno comenzó a llorar, pero la mayoría solo miraba a su alrededor con la boca abierta, sin entender nada.

Después de aquella experiencia, el club de exporretas se convirtió en un grupo de ayuda mutua post traumática y, todo hay que decirlo, la mayoría también en camellos. El Sebas desapareció de la escena, el Chincheta se hizo político y el versado y poeta del pedo ganó el Premio Nobel.

En cuanto al Mai, desde aquel día no volvió a cantar, insistía en que había perdido la inspiración. Pero, también solía decir que si pudiera recordar las canciones que se le ocurrieron esa noche se habría hecho rico y famoso. Pero, por algún motivo, no se acordaba de una sola palabra.

El escritor dio por terminada su obra. Se hizo un cigarro, que ya tocaba, y abrió la puerta inter dimensional que tenía en la esquina superior izquierda de la habitación.

–Mira esto. Esto es literatura ¿te enteras? –Y Pol lanzó su relato por la grieta que comunicaba con una zona muy concreta del multiverso.

Al otro lado se escuchó un crujir de papeles y una voz dijo “ya veremos”. Poco después un manuscrito cayó en el cuarto de Pol. Éste lo cogió furioso y leyó el título, rezaba así: El color que surgió del espacio de H P Lovecraft.

Pol, rojo de rabia, saltaba gritando en dirección a la grieta, que se hacía cada vez más pequeña.

–Eres un asqueroso copión ¿Me oyes? Miserable mirón. Pero claro, como estás detrás en el tiempo, puedes publicar mis relatos cien años antes de que yo los escriba. Maldito seas, puedo sentir tu mirada por encima del hombro. ¡Argh!

Cuando Pol vio cómo se cerraba del todo la grieta, se calmó rápidamente, cogió una escalera y comprobó que no había ya conexión pasando la mano por la intersección de las dos paredes y el techo. Miró a su alrededor, desconfiado aún. Por fin, el escritor dejó la escalera y se frotó las manos mientras sonreía. Se dirigió a la esquina inferior derecha de la habitación, la diametralmente opuesta a la que acababa de cerrarse y una pequeña rendija comenzó a abrirse.

Pol garabateaba como loco en su cuaderno las ideas robadas. Qué maravilla, se le caía la baba mientras espiaba, qué ingenio, qué estilo tenía. Aquel escritor del siglo veinticinco, un tal Morecraft, era un maldito genio.

 

 

 

3 comentarios sobre “El cogollo surgido del espacio

    1. Ni yo lo sé bien, Manolo. Y eso que lo he escrito. La idea, un poco absurda, es que los escritores del pasado plagian a los del futuro, lo cuales, a su vez, también son plagiados por otros. Polencraft, Lovecraft y Morecraft se basan unos en otros en un círculo sin fin. ¿Sentido? Poco. Pero por lo menos espero que haya quedado entretenido.

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