Dos destinos y un dorito (Parte I)

El señor Francisco José Angavoltas van der Trotten, más conocido como “Paco”, murió a causa de tragarse muy rápido un dorito demasiado picante. El dorito murió en el acto, pero Paco aún tuvo tiempo, mientras tosía polvos de chile, de mirar a los cielos y arrepentirse de todos sus pecados. Fue un momento de intensa piedad y virtud que le duró unos segundos, y tan improbable como oportuno.

El pequeño y triangular snack de maíz era un ser decente, un dorito de bien que siempre se conformó con la bolsa que le había tocado y nunca aspiró a metas pretenciosas, como ser un pato a la naranja o una espuma de mango escarchada y servida con nitrógeno líquido. Por tanto, el dorito salvó su alma.

Paco, sin embargo, era un miserable cabronazo. No entremos en detalles sobre eso, simplemente diremos que, al contemplar el cielo sintió una elevación purificadora que le hizo comprender que también había sido salvado. Como era de esperar, el diablo presentó una queja, pero, dada la lentitud de la burocracia celestial, las reclamaciones solían tardar unas nueve eternidades en ser procesadas.

¿Qué pasó entonces? Pues está claro: el dorito y Paco se encontraron a la vez en la oficina de admisión de almas. Se materializaron en una cochambrosa sala de espera con ajados posters de Jesucristo y cruces de madera carcomidas. Se miraron sorprendidos y, mientras asmiliaban todo aquello, una voz distorsionada crujió a través de un altavoz:

–¡Pase el siguiente! ¡Número 5717094!

Un despertador hecho trizas saltó de su silla y fue renqueando hacia la puerta. Al pasar frente al dorito éste le preguntó que por qué estaba tan hecho polvo.

–Morí por cumplir con mi deber. –Dijo el reloj despertador, y siguió, arrastrando los muelles con altivez, hacia la puerta de admisión.

Paco y el dorito quedaron en un tenso silencio que por fin el primero rompió.

–Me has matado ¿lo sabes?

–No. Tú nos has matado. –respondió el dorito –Yo no salté a tu boca. Si me hubieras sacudido un poquito los polvos de chile quizá aún estarías vivo. Te mató tu propia ansia.

–No me toques las narices que todavía tengo hambre.

–¡Siguiente! ¡Número 933682!

El dorito miró su papelito, se levantó y con un gesto de desdén se dirigió hacia la puerta.

Paco, tras pensarlo un segundo, correteó tras él.

–Entraremos juntos, no quiero que engañes a San Pedro. Le contaré toda la verdad.

Al entrar ambos en la pequeña oficina vieron a un tipo peleando con una máquina de escribir antigua. Por fin consiguió desatrancarla y los hizo pasar.

–Venga, pasen, que no tenemos todo el día.

–Pero usted no es San Pedro. –Dijo Paco.

–No, soy el Ángel Fermín. ¿Esperabas a San Pedro? Vaya tela. ¿Tú cuando compras en Amazon que te crees que te va a traer el paquete Jeff Berza? Siéntate, anda, y deja de decir estupideces.

–¿Un ángel? Pero si no tiene ni alas… –Se extrañó el dorito.

–Alas, dice… Ni alas, ni un puto portátil, ni aire acondicionado, ni una silla cómoda. Por no tener no tengo ni vacaciones. Te juro que si lo llego a saber hubiera echado el currículum en el infierno. Allí por lo menos hace uno ejercicio pinchando a los pecadores y dándoles latigazos, y aparte también hay más ambientillo. Tengo un suegro que trabaja allí…

–Oiga, este dorito me ha matado. Debería ir al infierno, quería que lo supiera.

–No es verdad.

–Por cierto, –dijo Paco ignorando al dorito –¿Me puede explicar qué carajo hace un dorito en la antesala del Cielo?

–Lo mismo que tú, ¿Qué te crees? ¿Especial? Dios creó al hombre y el hombre creó, entre otras cosas, al dorito. No hay demasiada diferencia ¿no te parece? Vosotros los hombres no hacéis más que inventar cosas nuevas ¿y para qué? Para destruirlas. Pero no solo las que hacéis vosotros. Lo que había antes también lo hacéis pedazos. Tenemos todo a tope de almas por vuestra culpa.

Paco abrió la boca para protestar, pero aún estaba procesando lo que había escuchado y no emitió ningún sonido. El ángel siguió hablando.

–Sea como sea, da igual. Ahora mandamos a todos para el limbo. Se usa como centro de espera improvisado. Coged estos resguardos. Son salvoconductos para entrar en el paraíso cuando termine la huelga. –siguió el funcionario celestial.

–¿Iremos juntos al limbo? –Dijo el dorito, incrédulo.

–¿Qué huelga? ¿También hay huelgas aquí? –Preguntó Paco.

–Sí, hijo, sí. La recaudación no hace más que descender, la gente no va a la iglesia, no reza, no echa dinero en el cepillo. Nos han bajado el sueldo y ahora hay huelga de transportistas. Y para más inri, nos llegan cada vez más almas y de más tipos diferentes. Estamos al borde del colapso. Los jefazos están pensando incluso mandar unas cuantas plagas o un diluvio o algo así.

–¿Para qué? –Se sorprendió Paco.

–Bueno, por estimular la fe, ya sabes. Aunque algunos opinan que tendríamos más trabajo aún con tanta matanza y tal. En fin, a ver qué deciden.

El ángel parecía cansado ya de la conversación.

–Bueno tomad vuestros resguardos y arreando, que es gerundio. ¡Que pase el siguiente!

Unas horas más tarde el dorito y Paco estaban a punto de llegar a su destino. El autobús estaba abarrotado, avanzaba despacio mientras el motor petardeaba, hasta que se detuvo al llegar junto al complejo límbico. Personas, animales, y todo de tipo de objetos comenzaron a bajar y a dirigirse hacia la entrada. El dorito salió de los primeros, pero Paco fue tras él increpándolo.

El pequeño triángulo de maíz intentó ignorarlo. Miró a su alrededor y vio a Nietzsche atusándose el bigote. Pues sí que dura la huelga, pensó, a ver cuánto tiempo nos tiramos aquí. Entonces vio a Cleopatra y ya fue cuando le temblaron las hipotenusas.

Encima, el capullo que se lo había comido seguía atosigándolo. El dorito, desesperado, ya no podía más; se revolvió con furia y sacudió polvos de chile en dirección al tipo. Apuntó a los ojos, pero era bajito y apenas alcanzó a darle en la boca. Y Paco, que estaba fuera de sí por el cabreo y el hambre, al sentir el saborcillo no pudo reprimirse. Se acercó, lo cogió de una punta y se lo metió en la boca. Crunchi, crunchi, crunchi. Glup.

No había terminado de tragárselo cuando se apoderó de él un intenso mareo: se sintió girar y notó como el espacio y el tiempo se revolvían vertiginosamente. Era como si dos gatos enloquecidos se enfrentaran con violencia, así hizo el tejido espaciotemporal.

Y Paco despareció con sonido de succión, ¡Shooopp!

Ocurrió encontes algo tan increíblemente extraordinario, tan tremendamente colosal; algo tan espectacular, alucinante e inesperado que era imposible ni siquiera imaginarlo. Sí, amigos, fue entonces cuando, sin previo aviso…

Continuará…


¿Conseguirá Paco llegar al cielo? ¿Podrá dejar de ser tan insoportable? ¿Qué le ha pasado al dorito? ¿Estará muerto? ¿O quizá no? ¿Realmente pica tanto como dicen o es solo por criticar? ¿Conseguirán nuestros personajes cumplir su destino? ¿Cuál es el mejor truco para darle un buen punto al gazpacho? 

Todo esto y mucho más en el próximo episodio de “Dos destinos y un dorito”.

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