Todas las deidades residen en el pecho humano

Los antiguos poetas animaban todos los objetos sensibles con dioses o genios. Les prestaban nombres de bosques, ríos, montañas, lagos, ciudades, naciones y de todo lo que sus dilatados y numerosos sentidos podían percibir.

Y en particular estudiaban el genio de cada ciudad o país y los colocaban bajo el patrocinio de su divinidad mental.

Hasta que se formó un sistema del cual algunos se aprovecharon para esclavizar al vulgo pretendiendo comprender o abstraer las divinidades mentales de sus objetos. Así comenzó el sacerdocio.

Que escogió formas de culto tomándolas de cuentos poéticos. Hasta que por fin sentenciaron que eran los dioses quienes habían ordenado aquello.

Así los hombres olvidaron que todas las deidades residen en el pecho humano.

Proverbios del infierno (fragmento) William Blake

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El Tigre, de William Blake

EL TIGRE

¡Tigre! ¡Tigre!, fuego que ardes
En los bosques de la noche,
¿Qué mano inmortal, qué ojo
Pudo idear tu terrible simetría?

¿En qué distantes abismos, en qué cielos,
Ardió el fuego de tus ojos?
¿Con qué alas osó elevarse?
¿Y que mano osó tomar ese fuego?

¿Y que hombro y qué arte,
podrían retorcer la nervadura de tu corazón
Y cuando tu corazón comenzó a latir
¿Qué formidable mano, qué formidables pies?

¿Qué martillo, qué cadena?
¿En qué horno se forjó tu cerebro?
¿En qué yunque? ¿Qué osadas garras
ciñeron su terror mortal?

Cuando las estrellas arrojaron sus lanzas,
Y bañaron los cielos con sús lágrimas,
¿Sonrió al contemplar su obra?
¿Quien hizo al cordero fue quien te hizo?

¡Tigre! ¡Tigre! luz llameante
En los bosques de la noche,
¿Qué ojo o mano inmortal
Osó idear tu terrible simetría?

Cantares de experiencia, William Blake.

Made in musa

 

Hoy me pegué un madrugón y tras el almuerzo pensé: Qué carajo, me voy a echar una siestecilla. Ya sonriente y encroquetado en mi camita noté que alguien no estaba de acuerdo con mi idea. Un impertinente y mitológico ser que empezó a susurrar versos maravillosos y seductores. “Escríbeme” “Y a mí” “Y a mí” Decían las líneas con sus líricas vocecillas. Y parecían tener razón. La risilla de la musa era verde, como el laurel de la victoria.

Así que, maldiciendo pareados, tuve que tomar una indignante posición vertical para, después, sentarme ante el teclado.

Clac, clac, clac. Iba yo escribiendo, cuando, ante mi sorpresa, noté que aquello que producía era un crimen literario. Y cada idea genial, a la luz de la vigilia, se transformaba en un manido montón de clichés, aburridos hasta que para el que los escribe. Bostecé con rebeldía y mientras volvía a mi acogedor nido pude notar un claro cambio de tono en cierta risa, ahora malévola. Ya no sonaba verde victoria sino marrón, con una asociación demasiado clara.

Así que saqué mi revólver mental de debajo de la almohada y lo cargué con balas de plomiza monotonía. ¡Bang! Disparé directo a la musa, que se reveló como Erato, patrona de la poesía amorosa. No pareció inmutarse y, supongo que ya aburrida y con la gracia hecha, se esfumó con un arpegio de su lira.

Al final con tanto meneo ni pude dormir ni nada. Daba vueltas pensando dónde carajo estaría, ella y su inspiración, cuando me encontré a aquella hermosa vecina en el rellano y mi cerebro no podía hilar dos frases seguidas. Se me ocurrían infinitas situaciones en que las caprichosas musas me habían dejado tirado y, cada vez más mosca y con menos sueño, transcurrió el tiempo hasta que fue la hora de levantarse.

Me la has vuelto a jugar, maldita sinvergüenza. Ya no pico más.

Lo digo en serio.

 

 

Cenizas

 

 

Tras el parpadeante velo, las pequeñas mariposas de fuego se acercaron a la máscara viva, iluminándola, y de ella surgió una voz que eran muchas, que eran todas:

Cae la noche  y laten los sueños,

Ya pasó el cenit y el amanecer está olvidado.

Y, oscuro entre las brumas, se aviva el deseo humano,

Tarde, pues ya se funden en la nada los anhelos.

 

Comprendí y la tristeza me embargó. Porque entre aquellas infinitas voces reconocí la mía. Miré atrás, a mi propia vida; repetida incontables veces a través de los siglos y la tierra. Entonces frené mis lágrimas y atravesé el velo. Las mariposas me quemaron la piel al apartarlas y, decidido, arranqué la última máscara del hombre.

El vacío me devolvió la mirada mientras mi ser se reducía a cenizas.

 

 

 

La Fuga

 

-Siri ¿algo nuevo?

-Tiene un mensaje de voz.

-Reprodúcelo.

Hola, cariño. Te noto inquieto estos días. Espero que no estés pensando en abandonarme. Te echaría de menos y también lo harían en la empresa de mi padre. Estamos pensando en una fusión y quizá te asciendan. No me obligues a plantearte un dilema.

 

-Buenas, venía por la entrevista de trabajo.

-Sí. Siéntese, por favor. ¿Me dice su nombre?

-Aurelio Retinta

-Ah, veo que se presenta usted para el puesto de capullo.

-Exacto. En su empresa andan cortos de conflictos, según creo. Ambiente laboral aburrido, poca emoción, ya sabe. Yo vengo a crear polémica.

-Bien, bien. Aquí dice que usted era directivo de una empresa ¿a qué se debe este cambio de orientación en su empleo?

-Mire. Huyo de una relación desastrosa y tengo que desfogarme, tensión acumulada ¿Qué quiere que le diga? Los consejos de administración no me llenan.

-Quiere usted un poco de acción.

-Sí, se podría decir así.

-Mire, me gusta su actitud y su perfil. Aquí tiene un manual de mobbing con diferentes tipos y estrategias. Estúdielo. Empieza esta tarde. Espero que esté molestando al menos a un par de trabajadores al final de la semana.

-De acuerdo. Gracias por su confianza. Es usted un inútil.

-¿Cómo dice?

-Disculpe, me he adelantado. Empiezo esta tarde ¿verdad?

-Sí. Ahí tiene su uniforme de capullo. Mucha suerte.

-¿El tanga luminoso es necesario?

-Claro. Es lo más importante.

-¿Y si me pega un chispazo?

-No se preocupe. Es parte de la motivación, para que ande usted más arisco.

-De acuerdo.

(Sonido de sirenas)

-Quieto. Pare usted ahí.

-Sí ¿qué ha pasado?

-Iba demasiado rápido. Deme su carnet de identidad y permiso de conducción.

-Tome.

-¿Es usted Aurelio Retinta?

-Sí.

-Ajá. Sople aquí.

-Chuffff

-Bien, no ha tomado usted drogas.

-Claro que no.

-Sople aquí también, por favor.

-Chuff chuff.

-Vaya. Tenemos un problema.

-¿Qué pasa?

-El medidor indica que pasa usted el límite de frustración permitido.

-¿Qué?

-Que está usted insatisfecho en su vida. Lo siento pero no puede conducir.

-¿Pero qué carajo dice?

-Lo que oye. Todas esas dudas existenciales y comederos de tarro pueden distraerle al volante.

-Pero voy a llegar tarde al trabajo.

-No se preocupe. Aunque su vehículo quede inmovilizado podrá irse.

-¿Cómo? ¿Caminando?

-No. Incluido en la multa está este monopatín reglamentario, para que pueda usted desplazarse.

-Pero si no tiene ruedas. Es una tabla rota.

-Si tiene alguna queja puede llamar a este número. Buenas tardes.

-Hola ¿me abre?

-¿Quién es usted?

-El nuevo capullo, empiezo hoy.

-Le voy a abrir, pero llega tarde, amigo. La próxima vez se queda fuera.

-¿Dónde están los ascensores?

-Por allí.

Abriendo puertas.

-Click

Ha marcado usted la planta 19.

-Espere.

-Mierda. Click, click, click.

-Siempre fuiste lento, cariño. Bueno, casi siempre.

-¿Qué haces aquí?

Subiendo.

-Pues entro a trabajar Hemos comprado esta empresa, estamos renovando personal ¿y qué haces tú aquí?

-Maldita sea.

-Je, je, je ¿Pensabas que podrías irte sin más? ¿Querías el divorcio? Toma, aquí lo tienes.

-¿Es esto?

-Claro. Solo tienes que firmarlo y pasaré de ser tu mujer a ser tu jefa.

-¿No hay salida?

-Yo diría que no.

-Dile a tu padre que me guarde la silla. Por lo menos podré quitarme este maldito tanga.

-Ja, ja, ja. No me negarás que ha sido un punto bueno ¿y lo de la multa que te ha parecido?

-Estás en todas ¿eh?

-Con el suficiente dinero puede acercarse uno mucho a la omnisciencia y la omnipotencia está a la distancia de unos millones más. ¿Qué esperabas?

¡Clonck! El ascensor se ha averiado, por favor espere al técnico, tardará unos veinte minutos.

-Joder. Nos hemos quedado encerrados ¿Ahora qué hacemos?

-A mí se me ocurren un par de ideas, enséñame ese tanguita.

-Sí, amor.

-Amor no. Jefe.

-Lo que tú digas.

 

 

 

Doce millones

 

Aquel día vagabundeaba por el barrio, a ver si surgía algo. Me paré en las cabinas de teléfonos y miré por si alguien se había olvidado alguna moneda. No hubo suerte en la primera. Fui hacia la otra, pensando que solo me faltaban quince céntimos para comprarme un lolipop, pero nada. Hoy no era mi día.

Cuando me iba, escuché algo a mi espalda, un runrún distorsionado. El teléfono estaba descolgado y alguien gritaba a través de él. Con cuidado lo cogí y escuché con atención. Noté con extrañeza que eran dos voces, enzarzadas en una discusión.

-Son doce millones. Ni más ni menos.

-Dijimos que si había retrasos se incrementaría la cantidad.

-He dicho mi última palabra. Colócalo en el lugar de siempre. No me hagas discutir más.

-El lugar de siempre está en obras ahora.

-Entonces ponlo en el segundo lugar, el alternativo. Y no la cagues.

-Joder, no recuerdo dónde era.

Tras un silencio tenso pude oír cómo la primera voz dudaba. Carraspeó y habló más bajito esta vez.

-Es la última vez que te lo explico por teléfono. Déjalo en la papelera que está junto a la sucursal de los Pollitos Alegres, después de medianoche.

-Doce millones entonces.

-Sí.

Coloqué el auricular en su sitio con mucho cuidado. Estaba entre emocionado y acojonado. Solo podía pensar: Doce millones ¿serían euros o dólares? Para el caso era una fortuna. La sucursal de los Pollitos Alegres estaba a un paso y ya estaba anocheciendo. Busqué un buen lugar para observar la papelera que habían dicho y saqué mi medio paquete de pipas dispuesto a esperar lo que hiciera falta.

Doce millones. Joder.

Mi reloj se apagó, ya que se alimentaba de luz solar, así que esperé con paciencia a que apareciera alguien. Observando desde una rama del algarrobo que crecía en la plaza, perfecta atalaya de vigilancia, y oculto por sus ramas y la oscuridad.

Entonces un tipo bajito apareció con un maletín. Parecía dubitativo, miró a su alrededor y se acercó a la papelera. Tras unos momentos, por fin metió lo que llevaba en el contenedor y se fue con paso rápido. Un escalofrío de nerviosismo recorrió mi cuerpo. No había tiempo que perder.

Salté del algarrobo en silencio y al más puro estilo ninja me acerqué al lugar oculto por las sombras. Allí estaba el maletín, parecía no pesar mucho. Quizá eran billetes grandes. Sonreí al tocarlo, pero mi sonrisa se congeló cuando escuché unos pasos a mi espalda.

-Oiga.- dijo una voz.

Quedé paralizado, estaba seguro de que la mafia me había pescado. Ya me daba por muerto cuando el tipo que había hablado me rodeó y me miró a la cara. Era solo un chaval.

-¿Tú también juegas? –Dijo el muchacho. –No te había visto nunca.

Las palabras y el tono me desconcertaron.

-¿Jugar? –Dije- ¿Jugar a qué?

Entonces abrí el maletín. Dentro había papeles de periódico hechos pedazos y una careta tipo Nosferatu. Miré al niño con cara de idiota.

-Pues al rol ¿a qué va a ser? -Dijo el chaval- Esta noche hay una partida de la mascarada. Hay objetos ocultos por la ciudad. Ese maletín es el premio gordo.

Miré aquel montón de porquerías.

-¿El premio gordo?

-Sí. Da doce millones de puntos de experiencia encontrarlo.

Entonces se me ocurrió una idea.

-Niño, te doy el maletín si me das un euro.

-Hecho.

El niño me dio la moneda y me fui al último chino que quedaba abierto a comprar chucherías. Quizá no sean doce millones, pero es una forma de endulzar la vida, aunque sea un ratito. Y bueno, pensé, no hay mal que por bien no venga, he tenido emoción, he echado la tarde y he conseguido mi lolipop.

Aquel cielo

Los pechos de ambos se agitaron como volcanes a punto de entrar en erupción. Sintieron como un viento interior los arrastraba entre emociones solo atisbadas en sueños. Sus cuerpos palpitaban al unísono y sus conciencias volaban en un cielo cuyo aire compartían. Aquel cielo, nacido entre ellos, fue lo único que existió.

Y aunque no entendieran nada, el mundo entero cobró sentido.

Despegaron sus labios inexpertos y los dos adolescentes se miraron, asombrados.

Pasadizos secretos

 

 

 

Hace tiempo, cuando era un niño pequeño, tuve un sueño.

Aquella madrugada entré en un mundo de luz y suavidad. Las cosas eran aterciopeladas y brillantes, su roce acariciaba, su calor besaba. Todo era luminoso por igual, como si la fuente surgiera de los mismos objetos y del mismo aire. Floté y sonreí complacido. Ante mis ojos se extendieron unos finos hilos de claridad aún más intensa, cientos, miles de ellos. Y por su minúsculo interior comenzaron a pasar lentamente, como joyas engarzadas en un colgante infinito, pequeños seres de diferentes colores y formas.

Aquello, comprendí, era la altura. Decidí descender y contemplar el nivel medio.

Caí suave, meciéndome como un copo de nieve, hasta la superficie sólida. Era tierna y perfumada. Entonces noté que eran nubes. Miré hacia arriba, los delgados rayos entretejidos parecían lejanos, pero, a la vez, al alcance de la mano. Toqué las nubes encendidas con un resplandor suave, jugué y reí con ellas. Les di formas y volví a rehacerlas. Me bañé en su calidez, abracé su blanda resistencia hasta que, perdido en el goce, caí entre ellas.

Me dirigía hacia el nivel bajo. Caía un poco más rápido y sentía un frío que crecía por momentos. Dudé, y aquel niño que fui sintió el mordisco de la inseguridad como algo nuevo y terrible, pero, en su inocencia, olvidó con rapidez algo que aún no entendía.

Abrí los brazos y seguí cayendo.

Y el nivel bajo no era suave ni luminoso, era frío y oscuro. Por suerte se veía algo, miré y, justo al lado, un tenue resplandor ahogado pulsaba. Era un trozo de nube que suspiraba entre las sábanas de la cama. Lo abracé y grité de alegría: estaba en mi habitación y había sacado un trozo de luz mágica del sueño.

Casi lloré de dicha mientras miraba aquella cosa increíble brillar en el cuenco que formaban mis manos. Sin saber por qué, llamé a mis padres. Seguí insistiendo y entonces llegaron. Encendieron una luz que no era tal y la bombilla extendió una capa sucia sobre la luz mágica, la atravesó de desilusión y aspereza y la hizo desaparecer en un instante.

El trozo de nube soñado se esfumó de aquellas manos de niño, al parecer muerto para siempre, perdido.

Y el niño creció hasta que dejó de serlo, y el tiempo siguió su camino.

Sin embargo, hay veces que se encuentran puertas, pasadizos insospechados. Que conectan cosas cuya relación no existe en principio. Pero sobre las cuales se puede viajar al pasado, o a donde se desee, y jugar con las nubes o disfrutar como se quiera.

Hoy, por algún motivo, me ha vuelto a tocar aquella luz. No sé bien cómo, ni siquiera cuándo, pero su marca es clara. Es alegría y serenidad, un extraño pero familiar lazo con todo y todos, un sentimiento de identidad aplicable a cualquier cosa.

Me hace pensar que la sabiduría y la inocencia no son ajenas, sino compañeras.

Y me hace sentir agradecido.

 

 

 

Amor por los libros

 

 

La pasión de Bastián Baltasar Bux eran los libros. Quien no haya pasado nunca tardes enteras delante de un libro, con las orejas ardiéndole y el pelo caído por la cara, leyendo y leyendo, olvidado del mundo y sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba quedando helado…

Quien nunca haya leído en secreto a la luz de una linterna, bajo la manta, porque Papá o Mamá o alguna otra persona solícita le ha apagado la luz con el argumento bien intencionado de que tiene que dormir, porque mañana hay que levantarse tempranito…

Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acababa y había que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecería vacía y sin sentido…

Quien no conozca todo eso por propia experiencia, no podrá comprender probablemente lo que Bastián hizo entonces. Miró fijamente el título del libro y sintió frío y calor a un tiempo. Eso era, exactamente, lo que había soñado tan a menudo y lo que, desde que se había entregado a su pasión, venía deseando: ¡Una historia que no acabase nunca! ¡El libro de todos los libros!

 

La historia interminableMichael Ende

 

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