“Oficialmente prescindible”. Recomendación en el blog de Santos Moreno

 

 

a través de #Recomiendo #leer : “Oficialmente prescindible” de Daniel Henares

 

Gracias, Jonatan.

PD. Perdón por la foto de mi cutremóvil.

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Tiempo de isla, de Pedro Salinas

 

VARIACIÓN IX

 

TIEMPO DE ISLA

 

 

1

 

¿Quién me llama por la voz

de un ave que pía?

 

¿Qué amor me quiere, qué amor

me inventa caricias,

 

escondido entre dos aires,

fingiéndose brisa?

 

La palmera, ¿quién la ha puesto

—la que me abanica

 

con soplos de sombra y sol—

donde yo quería?

 

La arena, ¿quién la ha alisado,

tan lisa, tan lisa,

 

para que en rasgos levísimos

la mano me escriba,

 

de amante que nunca he visto,

de amante escondida,

 

entre pudores de espuma,

mensajes de ondina?

 

¿Por qué me dan tanto azul,

sin que se lo pida,

 

el cielo que se lo inventa,

el mar, que lo imita?

 

¿Cuál fue el dios qué un día octavo

me trazó esta isla,

 

trocadero de hermosuras,

lonja sin codicia?

 

Aquí tierra, cielo y mar,

en mercaderías

 

de espuma, arena, sol, nube,

felices trafican;

 

sin engaño se enriquecen,

—ganancias purísimas—,

 

luceros dan por auroras,

cambian maravillas.

 

Tiempo de isla: se cuenta

por mágicas cifras;

 

la hora no tiene minutos:

sesenta delicias;

 

pasa abril en treinta soles,

y un día es un día.

 

¿Quién, llevándose congojas,

dio forma a la dicha?

 

 

2

 

Nadie te quiere, o te busca.

¿Caricias? Mentira.

 

En el aire no hay amor;

hay mirlos que silban.

 

Lo azul nadie te lo da,

gracia es indivisa,

 

belleza a nadie negada,

a nadie ofrecida.

 

No quiere la luz, por dueña,

ninguna pupila;

 

el sol nace para todos,

y en nadie termina.

 

Y esa amante misteriosa,

fugaz, entrevista,

 

desde los aires la sílfide,

desde el mar la ninfa,

 

no es nunca amante, es la amada

total. Es la vida.

 

Pedro Salinas

La máscara de la Muerte Roja, de Edgar Allan Poe.

 

La “Muerte Roja” había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.

Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto era una locura afligirse. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.

Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los más terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia.

Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitan que antes les describa los salones donde se celebraba. Eran siete -una serie imperial de estancias-. En la mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en línea recta, pues las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la totalidad de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del amor del príncipe por lo extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta metros había un brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda, en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. Las ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante de la decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y la paredes, cayendo en pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran escarlata, tenían un color de sangre.

A pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Las cámaras no estaban iluminadas con bujías o arañas. Pero en los corredores paralelos a la galería, y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero cuyos rayos se proyectaban a través de los cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que a través de los cristales de color de sangre se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de quienes penetraban en ella, que pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies. En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando el minutero había completado su circuito y la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del mecanismo nacía un tañido claro y resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis eran tales que, a cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del reloj, era posible observar que los más atolondrados palidecían y los de más edad y reflexión se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una confusa meditación o a un ensueño. Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí, como sonriendo de su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de sesenta y tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye, el reloj daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación.

Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo estaba. El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete salas destinadas a la gran fiesta, su gusto había guiado la elección de los disfraces.

Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo fantasmagórico. Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes, veíanse fantasías delirantes, como las que aman los locos. En verdad, en aquellas siete cámaras se movía, de un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo que la extraña música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.

Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden -apenas han durado un instante- y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la música, viven los sueños, contorsionándose al pasar por las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes. Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquél cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras entregadas a la lejana alegría de las otras estancias.

Congregábase densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he dicho, y las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en todo una cesacion angustiosa. Mas esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá por eso ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carrillón se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido en un susurro la noticia de aquella nueva presencia, alzóse al final un rumor que expresaba desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia. En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparición ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba incluso más allá de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el corazón de los más temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoción. Aún el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. Cierto, aquella frenética concurrencia podía tolerar, si no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.

Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), convulsionóse en el primer momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero inmediatamente su frente enrojeció de rabia.

-¿Quién se atreve -preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban-, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apodérense de él y desenmascárenlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas!

Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el príncipe era hombre temerario y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano.

Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y cuidadoso. Mas la indecible aprensión que la insana apariencia de enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin impedimentos, pasó éste a un metro del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente pero con el mismo y solemne paso que desde el principio lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí, a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la ira y la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en mano, acercóse impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía alejándose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyóse un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente sobre la negra alfombra, y el príncipe Próspero se desplomaba muerto. Poseídos por el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna figura tangible.

Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caída. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.

Edgar Allan Poe

Wiki del relato: https://es.wikipedia.org/wiki/La_m%C3%A1scara_de_la_muerte_roja

Fuente Original: http://ciudadseva.com/texto/la-mascara-de-la-muerte-roja/

 

 

 

Penurias y barruntos de un imprudente malaguita.

 

Cuando tomé la decisión algo protestó dentro de mí. Pero lo ignoré, craso error, y seguí mi estúpida lógica. Necesitaba aquel artículo. Así que, cuando vine a darme cuenta, me encontré en calle Larios; rodeado de pintorescos guiris, vendedores de almendras y gitanas berserker intentando empalar a los viandantes con sus ramas de romero.

Valiente mierda, pensé, ni siquiera una figurita exclusiva de Donald Trump vestido de vedette, con movimiento de baile y varias canciones grabadas, merecía pasar este maldito trauma. Pero estaba en el centro, en el centro de Málaga, ya estaba hecho: no iba a irme con las manos vacías.

Tras sortear una barrera de alemanes chancludos fui a dar de frente contra un mimo, con mi agilidad innata lo regateé, pero fui a caer en los brazos de una chica captadora de socios. Ahí ya no sé bien qué ocurrió, creo que mi consciencia se tomó un respiro, solo sé que llegué a la Plaza de la Merced, solté mis recién adquiridas posesiones en un banco e intenté recuperarme.

Revisé lo que me habían endilgado: tres tickets de altas de socios en ONG’s, cuatro cucuruchos de almendras, un globo, dos ramitas de romero que aun latían con extrañas profecías, un panfleto de helados, otro de cerveza a euro y un pequeño helicóptero luminoso que lancé al cielo para probar y cayó en un tejado.

Me puse de pie para estirar la espalda y aliviarme, estaba tenso después de subir aquel cargamento hasta allí.

–Las cosas ya no son como antes. –Dijo una voz.

–Y que lo diga. –Respondí sin volverme. –Anda que…

–Anda que no. –Me interrumpió. –Me crie ahí al lado. Les ganaba las perras a los otros niños desafiándolos a que era capaz de dibujar un animal de un solo trazo.

Entonces me volví.

–Anda, la hostia. –dije sin darme cuenta.

Estaba hablando con la estatua de Picasso. Entonces fui consciente de que el delirio de aquel lugar estaba empezando a filtrarse hasta mi propia mollera. Dejé mis posesiones abandonadas y corrí hacia la sucursal de los Pollitos Alegres, donde vendían mi soñada figurita.

Huelga decir que no llegué jamás. Llevo cuatro años viviendo entre las calles de casco histórico, una vez llegué al borde de calle Carretería, pero empezó la Semana Santa y me barrió hasta el punto de partida. Me alimento de almendras, helado y cerveza. Duermo en camas hechas con romero, me tapo con panfletos y mis almohadas son algodón de azúcar.

No sé qué será de mí. Ya no me queda un duro, si puedo remontar hasta calle Larios de nuevo creo que me haré mimo. Por eso quería advertir con esta carta, se lo he puesto en el pico a una paloma, espero que llegue a conocimiento del extra radio de la ciudad. Si vienen al centro háganlo por su cuenta y riesgo, es un lugar de tremenda gravedad y magnetismo. Puede ser el último lugar que visiten. Si deciden arriesgarse al menos despídanse de sus seres queridos y no olviden hacer testamento. A veces no se sale. Créanme. No sé si seré capaz de sobrevivir a las próximas rebajas.

Vuela, palomita, vuela. Si puedes salvar a algún incauto de acercarse a este agujero negro habrá valido la pena este último esfuerzo. Oh, ya están encendiendo las luces de Navidad, me queda poco tiempo. Rápido, coge vuelo, a ver si al menos llegas al Perchel.

 

Mito de la creación en la cultura maorí

 

 

De la concepción el incremento,
Del incremento el pensamiento,
Del pensamiento el recuerdo,
Del recuerdo la conciencia,
De la conciencia el deseo.
El mundo se volvió fructífero;
Se llenó de delicados brillos;
Engendró una noche:
La gran noche, la larga noche.
La noche más baja, la noche más alta,
La noche más espesa, para sentirla,
La noche para ser tocada,
La noche para no ser vista,
La noche que termina en muerte.
De la nada la concepción,
De la nada el incremento.
De la nada la abundancia,
La capacidad de aumentar,
El aliento vivo
Residió en el espacio vado y produjo
la atmósfera que está sobre nosotros.
La atmósfera que flota por encima de la tierra,
El gran firmamento sobre nosotros,
residió en el primer albor,
Y la luna surgió;
La atmósfera por encima de nosotros
residió en el firmamento resplandeciente,
Y entonces siguió el sol;
La luna y el sol fueron lanzados arriba,
como los principales ojos del cielo:
Entonces los Cielos se alumbraron;
el temprano amanecer, el temprano día,
El mediodía: el relámpago de día que cruza el cielo.
Y el cielo arriba estaba con Hawaiki
y produjo la tierra.

(Nota de la obra) Reverendo Richard Taylor, Te Ika a Maui, or New Zealand and its Inhabitants (Londres, 1855)

Extraído de la obra “El héroe de las mil caras” de Joseph Campbell

Pherenike

 

En el centro de la oscura laguna un pequeño punto permanecía inmóvil. El barquero esperaba.

Sentía su espíritu deslizarse sobre esa delgadísima línea que separa la razón de la locura. La barca estática era un reflejo de su ánimo, un ancla que lo ataba a su auténtica maldición: el tedio. La superficie de la laguna Estigia parecía reflejar la noche, pero la contenía. Y cada estrella era una esperanza muerta, flotando en el fondo de las aguas del olvido.

Su voluntad se asemejaba a un pajarillo volando entre dos muros de llamas, pero algo ajeno a él le obligaba a continuar. El tiempo ya no era nada, no existía. El presente se había diluido en una vacía eternidad en la que todo parecía un sueño brumoso. Entonces el mandato golpeó su voluntad y sus brazos comenzaron a moverse mientras las palabras de su amo tocaban su mente.

La belleza emana de la muerte. Cuando la última luz se extinga y la quietud eterna lo abarque todo, podrás descansar.

Para el barquero era otro rumor del río, como el roce de las aguas. No pensaba en ello, solo sabía que debía cumplir con su tarea. No recordaba el motivo de su castigo y no le importaba. Ni siquiera sabía cuál era su nombre cuando aún estaba en el mundo de los vivos. Todo estaba tan lejos. Tan perdido.

Lo que parecía un espíritu esperaba en la ribera y el barquero creyó sentir un cambio, no supo si en las aguas o directamente en su corazón. Se acercó poco a poco, lo empujaba una inercia de raíces profundas y ocultas; un impulso cuyo origen estaba perdido en el caos primigenio, una voluntad sin nombre. Llegó a la orilla y detuvo su embarcación. Allí le esperaban. Él no comprendió, aun no. Pero fue consciente de que algo diferente ocurría, de que lo nuevo tocaba su existencia. Una emoción agradable recorrió su interior. Se inclinó hacia aquel ser que vibraba con vida, ofreciéndose a lo desconocido, mostrando su esencia.

La figura que esperaba subió a la barca y él comenzó a entender. La niebla que era su mente empezó a aclararse. Recordó un prado, una cabaña, una mujer. Recordó el olor del bosque. El sabor de la risa, y también unos ojos que cantaban amor. Las evocaciones fueron cayendo como una lluvia fina y lo envolvió un placer olvidado. Lo cual provocó una cascada de visiones atropelladas que detuvo con firmeza. Al final había algo malo, una falta a los dioses, un crimen, quién sabe. No quiso indagar en ello ¿qué importaba ya? Ella seguía allí, partiendo en dos el sinsentido, como una promesa plantada en medio de la desesperación. Él se acercó y rozó sus cabellos. Solo quería asegurarse de que era real. Apartó sus cavilaciones, consciente de que el tiempo, a la larga, convierte lo más vital e importante en polvo y en nada.

Siendo aún un hombre había amado a aquella mujer. Se acercó más a ella y al fundirse sus miradas se estremeció el propio flujo del tiempo. De algún modo volvieron a vivir juntos, a ser felices. Revivieron aquellos tiempos de dicha. Unos segundos y, a la vez, unos años después, volvieron a encontrarse en la oscura orilla de la laguna Estigia. Todo era igual. Todo era diferente.  La contempló con detenimiento, recorriendo cada línea de su rostro. Sabía que quedaba poco.

Porque mientras él la observaba, el destino los observaba a ambos. Y, sin cantos ni juramentos, Hades ejecutó su castigo y en su ciega cólera arrojó al barquero a las fronteras de la inexistencia.

El señor de los infiernos, malhumorado, no tuvo más remedio que dejar a la mujer en paz, ya que tenía potestad sobre las almas, pero no así sobre la vida.

Su nombre era Pherenike, su significado: la que trae la victoria. Vivió siempre sola tras su vuelta. Algunos decían que estaba loca, otros que era una bruja, incluso había quien afirmaba que se encontraba con su amante en sueños. Que podía abandonar su cuerpo por las noches y llegar a sitios que ni siquiera existían. La temían. Ya siendo anciana, dejó de salir de casa durante una larga temporada. En el pueblo pensaron que había muerto. Unas semanas después, vacilantes, los vecinos entraron. Sus restos nunca fueron hallados.

Y de esta forma, por primera vez, alguien pudo escapar del Inframundo. Y así la ira divina, también por primera vez, tuvo el efecto de un bálsamo. Después Hades, llamado Plutón por los constructores, convocó a Caronte, encadenó a Cerbero e hizo lo que pudo por ocultar un hecho que, aún ahora, enciende su ira.

Como bien se sabe, nada de esto fue suficiente; hubo otras aventuras, otras huidas. No obstante, son historias diferentes. Y ésta ya parece precipitarse a su fin.

Pero no tan rápido. El tejido que nos sustenta es caprichoso y fluctúa de diferentes formas. ¿Quién sabe qué habrá tras el umbral de la existencia? Quizá el amor aun respire fuera del tiempo y del espacio. Cobijado en la última periferia, o puede que en algún recodo oculto de la realidad, olvidado por todos. ¿Quién sería tan arrogante para juzgar lo incomprensible?

Porque hay cosas que ni los propios dioses saben.

 

FIN

 

Inspirado en “Caronte” de Lord Dunsany 

El dilema del erizo, de Schopenhauer

En un día muy frío, dos erizos se encuentran y sienten simultáneamente la necesidad de calor. Para satisfacer esa necesidad buscan la cercanía corporal del otro, pero cuánto más se acercan más dolor les causan las púas del cuerpo ajeno. No obstante, al alejarse aumenta la sensación de frío, por lo que ambos erizos deben ir acomodándose hasta alcanzar una distancia óptima.

 

Parábola del autor

Arthur Schopenhauer, en Parerga y paralipómena.

Estuve muerto y me acordé de ti (un relato de Mundodisco)

 

 

1

 

–¿Tienes un poco de chile? –Dijo la Muerte.

–¿Chile? –Respondió con sorpresa Rincewind.

–Sí, seguro que llevas un poco. Te cambio un tarro por un puñado más de vida.

El pobre tipo rebuscó en sus bolsillos.

–Mira, esto es tabasco, queda un poquito.

–No me vale. Lo siento, amigo. No pega con lo que tenía pensado para cenar. Aquí tienes tu boleto, cógelo.

El mago cogió una especie de billete de lotería y se estremeció al ver cómo el descarnado rostro sonreía. En el papelito ponía “Entrada al cielo literario – Pase para un adulto” y se mostraba un dibujo de un angelito saliendo de un libro.

–Estoy muerto ¿verdad?

–Sí, pero no hagas mucho drama. –Contestó La Pelona. –Aún tengo que recoger a unos cuantos y no tengo toda la noche. Aprieta fuerte tu ticket y déjate llevar.

Rincewind hizo lo que la Muerte le decía. El billete empezó a elevarse y, tras él, su cuerpo, que parecía no pesar nada. El mago intentó recordar, ni siquiera sabía cómo había muerto. Antes de poder aclararse se encontró haciendo cola ante un mostrador.

Cuando fue su turno miraron su ticket y lo mandaron a la sección correspondiente.

–¿Pueden decirme al menos como he muerto? –Protestó el mago.

–Para eso debe ir a reclamaciones. Pero está cerrado por falta de personal. Póngase en el eyector, por favor.

Rincewind se colocó sobre el círculo que señalaba el funcionario y salió disparado, fue subiendo cada vez más alto, hasta que, cuando pasaba por las nubes, un tipo lo cazó con una red.

–¡Aquí tenemos uno! –Gritó entusiasmado y relamiéndose.

En cuestión de segundos una multitud de ávidos rostros lo rodeó. Uno llevaba un tenedor y otro un trinchante. Vestían con harapos y trozos de nubes.

–Este es todo huesos. –Protestó el que parecía el jefe. ­–No daría ni para un caldo decente. Cada vez vienen espíritus de peor calidad. ¡Al carajo!

Lo arrojaron al vacío sin más. El mago cayó suavemente, como una hoja mecida por el viento.

Después de un buen rato su etéreo cuerpo se posó en lo que parecía un campo de batalla. Una llanura cubierta de cadáveres ensangrentados. El mago pensó en lanzar un hechizo de pies ligeros y largarse de allí, pero mientras lo tejía con sus dedos alguien lo increpó.

–Tú. Canijo. ¿Qué haces aquí? Yo no te he visto pelear ­–el vozarrón venía de su espalda.

–Sí. Este es un listo. Quiere sumarse a la fiesta por la cara.

Rincewind se volvió y observó el espíritu de dos guerreros vikingos.

–Yo… –Empezó a decir el mago.

–Silencio. –Dijo el espíritu más alto. –Ya vienen. Son ellas. –Un viento trajo un murmullo de caballos al galope.

–Pero Ragdor, sacudámosle un poco antes de que lleguen. Es un aprovechado. –dijo el más bajo.

–Es cierto. Ven aquí, pequeño idiota.

Rincewind, alarmado, ejecutó su hechizo de pies ligeros que, con la distracción, se convirtió en un encanto de amor primaveral. Falló otra vez y el conjuro quedó volando en el aire. Sin otra cosa que hacer echó a correr alejándose de aquellos espíritus tan violentos, pero en ese momento empezaron a emerger muchos más, cientos de ellos. Salían de los cuerpos y miraban al cielo.

El mago siguió la dirección de sus miradas y vio a las valquirias. Montaban en caballos que parecían tallados en nácar y plata y flotaban por el aire, recogiendo a los espíritus de los guerreros más valientes. Una de ellas se fijó en el pequeño hechizo de amor del mago y se detuvo ante él. Lo tocó y el hechizo la imbuyó con su magia.

–¡Ahí está!

Esta vez no eran solo los dos espíritus, había más de cincuenta. Miraron iracundos a Rincewind y lo llamaron intruso y cosas peores mientras se lanzaban sobre él. El mago corrió desesperado y, cuando estaban a punto de atraparlo, la valquiria que había sido víctima de su hechizo lo recogió y volaron altos en el aire. Aquello ya era demasiado para sus pobres nervios y el mago se desmayó.

 

 

 

2

 

Despertó sobre el regazo de una chiquilla. Sus muslos níveos eran como nieve con tacto de seda. El mago la miró a los ojos y lo que vio lo lleno de maravilla y de terror. Aquella mirada estaba llena de amor, pero no era la de una niña. Había insondables pozos de sabiduría en su fondo. Se sintió intimidado e intentó recordar la duración del conjuro amoroso. No pudo, en realidad era la primera vez que conseguía lanzarlo con éxito.

Una fragancia hizo que mirara a su alrededor mientras la muchacha acariciaba su barba. Estaban en un prado inmenso lleno de flores que parecía perderse en el infinito, pero una titánica construcción se levantaba cerca de ellos. Era un palacio de oro, cuyas torres se perdían en las alturas.

–¿Dónde estamos?

–Este es el Valhalla, mi amor. En ese palacio entrenan los mejores entre los mejores, se preparan para la batalla final. Se dice que el mismo Odín conducirá sus ejércitos de dioses y elegidos y que la guerra provocará el fin del mundo.

La valquiria seguía mirándolo con ternura y el pobre mago se sintió atrapado. Le entregó una ramita de enebro cubierta de florecillas y él la cogió mientras sonreía nervioso. Estaba convencido que cuando el efecto del hechizo desapareciera, aquella chiquilla no tendría demasiados problemas para rebanarle la cabeza con la espada que llevaba al cinto. Tenía que huir. Además, sospechaba que aquel palacio brillante estaba lleno de espíritus vikingos enfurecidos.

Rincewind pensó lanzarle un envite al destino y jugársela. No parecía tener muchas opciones. Le dijo a la valquiria que tenía que ir a hacer cosas privadas y se escondió tras un pequeño arbolillo. Sacó el pequeño manual de magia tamaño bolsillo que llevaba colgado al cuello y escondido debajo de la túnica y buscó en él con rapidez.

Teletransporte. Eso era lo que necesitaba. Buscó las coordenadas de su habitación en la academia de magos y empezó a preparar el hechizo. Fue desenvolviéndolo poco a poco en su mente, con cuidadosa precisión ejecutó los movimientos indicados y pronunció las sílabas con precisión. Espero unos segundos y ahí estaba, el portal apareció ante él.

–¿Qué estás haciendo? –La valquiria avanzaba hacia él, pero no parecía ver el umbral mágico.

–Lo siento. –Fue lo único que se le ocurrió al Rincewind.

Y saltó.

 

 

3

 

–¿Tienes un poco de…­? – Dijo una voz. ­–Ah, eres tú otra vez. ¿Intentando escapar de la muerte? Eres demasiado ingenuo para ser un mago.

–Oh, no.

–Sí. Sigues muerto ¿recuerdas?

Rincewind disparó su último cartucho.

–¿Qué vas a cenar esta noche? –Preguntó.

–Pues he quedado con los jinetes del Apocalipsis. –Respondió la muerte. –vamos a hacer pollo.

–¿Pollo con qué? –Preguntó Rincewind.

–No lo había pensado.

–Mira, esta ramita de enebro celestial le dará al pollo un sabor exquisito. Tus invitados querrán repetir. Te lo garantizo.

La muerte cogió la pequeña ramita y miró las flores.

–Sí que es rara, sí. ¿Enebro celestial? Lo probaré.

–Bueno ¿me darás un poco más de vida entonces?

–Venga, que no se diga, que siempre he tenido muy mala fama –dijo la Pelona. –Te doy unos cuantos plazos más. Pórtate bien.

–Espera ¿cuánto tiempo de vida tengo?

Una nube de colores envolvió al mago que giró y giró en un extraño vórtice. Tras unos instantes, un movimiento de succión lo lanzó hacia abajo y cayó en el camastro de su habitación de la academia de magia.

Se estiró en la cama y suspiró. Se relajó por fin y se quedó profundamente dormido.

Cuando la voz lo despertó casi estaba amaneciendo.

–Incluso para un mago como tú la muerte siempre debe ser una sorpresa. Pero no temas, nos veremos. Por cierto, maravillosa receta. –Dijo con una estremecedora sonrisa y desapareció no sin antes soltar un largo eructo.

Rincewind, indignado, se tapó la cara con la almohada cuando le llegó el olorcillo a enebro. Giró la cabeza y observó, a través del ventanuco, cómo la normalidad volvía a rodearlo. El mago suspiró de satisfacción. Casi podía sentir Mundodisco, su querida tierra, bajo su cuerpo. La sensación de cotidianidad le pareció una delicia. Las cosas seguían igual, el gran disco del mundo, sobre los lomos de cuatro titánicos elefantes, recorría el caparazón de la tortuga astral, la cual navegaba por el espacio. Todo tan familiar, pensó Rincewind. Y se quedó dormido envuelto en una sensación de placidez y sosiego.

 

 

FIN

El espíritu de la música.

La música brilla. La música perfuma. A veces tiene sabor y, sobre todo, la música toca. Quien la ame sabe bien de lo que hablo. No es casual que los maestros clásicos llamaran movimientos a las diferentes partes de sus composiciones. Porque la música nos mueve, nos cambia. Ella misma es en sí una especie de movimiento, de recorrido, donde puede acostarse uno en el ritmo, sumergirse en el vaivén y dejarse llevar.

La música es pura. Es la esencia desnuda; si algo puede saberse de lo más profundo, de lo más secreto, está en su centro. El misterio no puede explicarse, solo sentirse. Su naturaleza no es lógica ni discursiva; es sentimental, irracional y por ello, quizá, mucho más verdadera.

La música no se dirige a la mente, sino al corazón. Y si algo tiene algún sentido es lo que vive ahí dentro. Si algo puede justificarlo todo está encerrado en lo más profundo de nosotros, en nuestras emociones esenciales. Y su lenguaje es la música.

Es eterna. No en tiempo, sino en significado. Es la parte que podemos percibir de esa otra cara de la existencia, ese otro mundo, que sustenta nuestra realidad, sobre el que crecen nuestros débiles razonamientos y reglas lógicas queriendo ordenar, atrapar conceptos, como un cedazo que en vez de oro recogiera minúsculas verdades pasajeras.

Y, por supuesto, es hermosa. La música es la más valiosa flor que la humanidad se ha regalado a sí misma. Algo que trasciende la estética y llega más allá del propio hombre. Que escala fuera de nuestra caverna hacia lugares fuera de nuestro alcance. Porque la música tiene alas, y vuela.

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