Almas errantes

 

 

Siento

Símbolos indescifrables

Grabados en la piel del hombre.

 

Pequeñas mitologías privadas

Desgranándose por los siglos.

 

Máscaras de amor e ira

Que bailan sobre rostros idénticos.

 

El presente fluye

Hacia un futuro

Que es tan solo

Un espejo del pasado.

 

Dibujamos el mundo

Como mejor podemos,

Pero nunca será suficiente.

 

Los demás son fuegos fatuos,

Nosotros, doliente realidad moribunda.

 

Así, entre el alba y el ocaso

Tan solo erramos

Por nuestra propia mente.

 

Cegados de nosotros mismos,

Colmados del deseo imposible.

 

Hasta que la cuchilla

De la oscuridad

Nos una en su seno.

 

Porque tan solo la noche

Es la misma para todos.

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Viajes

 

 

He viajado por el espacio

Menos que la mayoría

De las personas.

 

Por el tiempo mi ritmo

Se iguala

Al de cualquiera.

 

Pero he recorrido emociones

Ricas y banales,

Altas y profundas,

De barro y luz mezcladas.

 

Explorando dimensiones

Sin nombre, sin leyes,

Sin posibilidad de comprensión.

 

Porque son infinitas

Y, a la vez,

Caben en cualquier corazón.

 

Web que aloja la imagen: http://maribelium.blogspot.com.es/2014/04/que-es-el-viaje-interior.html

 

 

 

 

Fin

 

Iba cayendo, deslizándome por la escalera de caracol. Los dientes rechinaban en las paredes, el día se terminaba en los girasoles y yo me iba cayendo, cayendo cada vez más cayendo, cada vez más.

Hasta que, con un sonido de cañones, las ventanas se abrieron y las nubes curiosas miraban como caía cayendo. Y giraba y rodaba y saltaba y rebotaba cayendo. Hasta la luna pudo verme. Y el pudor estalló en mis pestañas cuando la sal del mar rozó el aire que respiraba.

Lloré.

Abajo me esperaba el cielo, pero yo aún caía. Y recordaba la isla del loto y el lago de ceniza, también las montañas como brasas encendidas, el mar humeante y convulso. Recordaba el fin, pero me esperaba el principio. O eso creía.

Mi suerte estaba oculta. Bajo las enredaderas maliciosas que me asediaban con su meticulosa paciencia, tras las volutas de humo que espesaban mi espacio vital. Nadie conocía mi vibración, mi tono, mi ser. Porque nadie había ni podía haber. Estaba solo.

Por ello, al torcerse el rayo sobre la palma de mi mano, comprendí de golpe las entrañas de la oscuridad, el aullido del odio, la daga fulminante y el paciente veneno. Y la muerte me sonreía mientras el cielo se acercaba en todas direcciones.

El Universo entero se plegaba sobre mí, desordenándose, desintegrándose. Y la intensa y efímera belleza de la destrucción me envolvía como una cálida caricia. Pronto sentiría el sabor de la inexistencia.

La noche bebía de mí, robando mi sangre. Me asimiló hasta que fui uno con ella y las celestiales promesas parecieron burlas macabras en mi regazo. Observé esas pequeñas esperanzas sin sentido. Y las devoré mientras reía.

Mi sonrisa era el horizonte. Noté que ya no caía, no podía caer más. El final me abrazó con suavidad mientras los últimos rescoldos del sol chispeaban y se apagaban. Y mi yo tembló como la llama de una vela rodeada de misteriosas sombras. Mi apocalipsis íntimo iba desgranando ya su final.

El cielo y las tinieblas se fundieron en un matrimonio infinito. Las estrellas cayeron en los mares y sisearon antes de convertirse en negra roca muerta.

Y, por fin, el último reinado comenzó, el imperio del silencio y la oscuridad. El imperio de la noche eterna.

 

 

“Debajo de lo individual”, fragmento de Ernst Jünger

En la confrontación con el propio yo, con el núcleo inviolable, con la esencia de la cual se nutren los fenómenos temporales e individuales, hemos visto la gran experiencia del bosque. Esa confrontación, que ejerce un influjo tan grande tanto sobre la expulsión del miedo como sobre la curación, posee un rango supremo también en la esfera de la moral. Dicha confrontación conduce a aquel estrato que se halla en la base de todas las realidades sociales y que es común, de una manera primordial, a todos los hombres. Nos lleva al Ser Humano, al ser que constituye la base ubicada por debajo de lo individual; la base de la cual se irradian las individuaciones. No es sólo comunidad lo que hay en esa zona; lo que ahí hay es identidad. Eso es lo que viene sugerido por el símbolo del abrazo. El yo se reconoce en el otro, eso es algo que se desprende de la antiquísima sabiduría que dice «tú eres ése». El otro puede ser el amado, pero puede ser también el hermano, la persona que sufre, el desamparado. Al dispensarle ayuda, el yo se enriquece en lo imperecedero. En esto se corrobora el orden fundamental del mundo.

 

Ernst Jünger, Tratado del rebelde (también conocido como “La emboscadura”).

A Edgar Alan Poe

 

 

No escribía con tinta.

 

Sino con la savia

De la noche eterna.

 

Con el limo que exudan

Cementerios olvidados.

 

Con la negrura que late

Tras nuestras pupilas.

 

 

No escribía en papel.

 

Sino sobre la corteza

De nuestros corazones.

 

Sobre el fuego y el hielo

Que animan nuestro espíritu.

 

Sobre los ignotos sueños

Que sostienen nuestra esencia.

 

 

¡Ni tinta ni papel!

Más bien ¡sangre y llamas!

 

Sombra errabunda…

¡Hiciste arder tu rica alma

Para convertirla en nuestro patrimonio!

 

 

 

 

El corazón de la realidad

El corazón de la realidad

 

Dijeron que se llegaba a través del gran azul, a través del mal vertical navegamos, pero no llegamos a parte alguna.

También que llegaríamos a través del ojo secreto de nuestra mente, lo encontramos y lo seguimos, pero solo estériles laberintos se extendían ante nosotros.

Descendimos hasta el mismo origen de la creación para solo acarrear más preguntas.

Nos fundimos con el agua y el aire, sentimos sus dulces murmullos y también su fuerza incontenible. Pero se nos escapaba su mensaje.

Tampoco comprendimos al fuego, ni a la tierra. Ni sus misterios de creación y destrucción.

Nuestros melancólicos ojos se dirigieron al centro de todas las cosas, pero solo eran nombres huecos que nos hacían sentir vértigo.

La noche nos abrazó con su ala oscura y se mostró, radiante, la luna. Su irónica sonrisa plateada parecía sugerir algo. Por tanto, seguimos su forma, a ver dónde nos conducía.

Recorrimos, pues, la senda estrellada, más allá de los sueños y de la última frontera. Nos adentramos en innumerables nebulosas mentales y vagamos entre sus alturas de razón y sus pilares de locura.

Siguiendo la forma de la luna nos sumergimos en el propio tejido onírico hasta encontrar una grieta, y la sobrepasamos sin miedo. Dejamos atrás la lógica y las leyes, el tiempo y el espacio.

El mundo sensible se tornó pura fantasía, un imposible. Mientras, las profundidades oníricas brillaban cada vez con más nitidez y sentido.

Y fue entre los sueños que encontramos lo que buscábamos: el corazón de la realidad. Así, entre los sueños, se nos reveló el último símbolo.

Y, ya liberados, fuimos conscientes de que siempre habíamos conocido las respuestas que con tanto ahínco perseguíamos. Porque las respuestas éramos, sencillamente, nosotros.

La sonrisa traviesa de la luna tocó nuestros ojos con plata al despertar.

 

 

Web que aloja la imagen:

https://psicowisdom.wordpress.com/category/atlas-de-lo-suenos/

 

La Luna, de Jorge Luis Borges

 

Cuenta la historia que en aquel pasado
tiempo en que sucedieron tantas cosas
reales, imaginarias y dudosas,
un hombre concibió el desmesurado

Proyecto de cifrar el universo
en un libro y con ímpetu infinito
erigió el alto y arduo manuscrito
y limó y declamó el último verso.

Gracias iba a rendir a la fortuna
cuando al alzar los ojos vio un bruñido
disco en el aire y comprendió, aturdido,
que se había olvidado de la luna.

La historia que he narrado aunque fingida,
bien puede figurar el maleficio
de cuantos ejercemos el oficio
de cambiar en palabras nuestra vida.

Siempre se pierde lo esencial. Es una
ley de toda palabra sobre el numen.
No la sabrá eludir este resumen
de mi largo comercio con la luna.

No sé dónde la vi por vez primera,
si en el cielo anterior de la doctrina
del griego o en la tarde que declina
sobre el patio del pozo y de la higuera.

Según se sabe, esta mudable vida
puede, entre tantas cosas, ser muy bella
y hubo así alguna tarde en que con ella
te miramos, oh luna compartida.

Más que las lunas de las noches puedo
recordar las del verso: la hechizada
dragon moon que da horror a la balada
y la luna sangrienta de Quevedo.

De otra luna de sangre y de escarlata
habló Juan en su libro de feroces
prodigios y de júbilos atroces;
otras más claras lunas hay de plata.

Pitágoras con sangre (narra una
tradición) escribía en un espejo
y los hombres leían el reflejo
en aquel otro espejo que es la luna.

De hierro hay una selva donde mora
el alto lobo cuya extraña suerte
es derribar la luna y darle muerte
cuando enrojezca el mar la última aurora.

(Esto el Norte profético lo sabe
y tan bien que ese día los abiertos
mares del mundo infestará la nave
que se hace con las uñas de los muertos.)

Cuando, en Ginebra o Zürich, la fortuna
quiso que yo también fuera poeta,
me impuse. como todos, la secreta
obligación de definir la luna.

Con una suerte de estudiosa pena
agotaba modestas variaciones,
bajo el vivo temor de que Lugones
ya hubiera usado el ámbar o la arena,

De lejano marfil, de humo, de fría
nieve fueron las lunas que alumbraron
versos que ciertamente no lograron
el arduo honor de la tipografía.

Pensaba que el poeta es aquel hombre
que, como el rojo Adán del Paraíso,
impone a cada cosa su preciso
y verdadero y no sabido nombre,

Ariosto me enseñó que en la dudosa
luna moran los sueños, lo inasible,
el tiempo que se pierde, lo posible
o lo imposible, que es la misma cosa.

De la Diana triforme Apolodoro
me dejo divisar la sombra mágica;
Hugo me dio una hoz que era de oro,
y un irlandés, su negra luna trágica.

Y, mientras yo sondeaba aquella mina
de las lunas de la mitología,
ahí estaba, a la vuelta de la esquina,
la luna celestial de cada día

Sé que entre todas las palabras, una
hay para recordarla o figurarla.
El secreto, a mi ver, está en usarla
con humildad. Es la palabra luna.

Ya no me atrevo a macular su pura
aparición con una imagen vana;
la veo indescifrable y cotidiana
y más allá de mi literatura.

Sé que la luna o la palabra luna
es una letra que fue creada para
la compleja escritura de esa rara
cosa que somos, numerosa y una.

Es uno de los símbolos que al hombre
da el hado o el azar para que un día
de exaltación gloriosa o de agonía
pueda escribir su verdadero nombre.

 

 

Poema de Jorge Luis Borges

Tiempo de isla, de Pedro Salinas

 

VARIACIÓN IX

 

TIEMPO DE ISLA

 

 

1

 

¿Quién me llama por la voz

de un ave que pía?

 

¿Qué amor me quiere, qué amor

me inventa caricias,

 

escondido entre dos aires,

fingiéndose brisa?

 

La palmera, ¿quién la ha puesto

—la que me abanica

 

con soplos de sombra y sol—

donde yo quería?

 

La arena, ¿quién la ha alisado,

tan lisa, tan lisa,

 

para que en rasgos levísimos

la mano me escriba,

 

de amante que nunca he visto,

de amante escondida,

 

entre pudores de espuma,

mensajes de ondina?

 

¿Por qué me dan tanto azul,

sin que se lo pida,

 

el cielo que se lo inventa,

el mar, que lo imita?

 

¿Cuál fue el dios qué un día octavo

me trazó esta isla,

 

trocadero de hermosuras,

lonja sin codicia?

 

Aquí tierra, cielo y mar,

en mercaderías

 

de espuma, arena, sol, nube,

felices trafican;

 

sin engaño se enriquecen,

—ganancias purísimas—,

 

luceros dan por auroras,

cambian maravillas.

 

Tiempo de isla: se cuenta

por mágicas cifras;

 

la hora no tiene minutos:

sesenta delicias;

 

pasa abril en treinta soles,

y un día es un día.

 

¿Quién, llevándose congojas,

dio forma a la dicha?

 

 

2

 

Nadie te quiere, o te busca.

¿Caricias? Mentira.

 

En el aire no hay amor;

hay mirlos que silban.

 

Lo azul nadie te lo da,

gracia es indivisa,

 

belleza a nadie negada,

a nadie ofrecida.

 

No quiere la luz, por dueña,

ninguna pupila;

 

el sol nace para todos,

y en nadie termina.

 

Y esa amante misteriosa,

fugaz, entrevista,

 

desde los aires la sílfide,

desde el mar la ninfa,

 

no es nunca amante, es la amada

total. Es la vida.

 

Pedro Salinas

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