“Unas palabras sobre pornografía”, de Wislawa Szymborska

No hay peor lujuria que pensar.
Es pura lascivia que se propaga cual hierbajo anemófilo
por los parterres reservados a las margaritas.

Nada hay sagrado para quienes piensan.
Con descaro llaman a las cosas por su nombre,
elaboran análisis disipados y síntesis concupiscentes,
se entregan a la salvaje y libertina persecución de la verdad desnuda,
al toqueteo libidinoso de temas delicados,
al roce de opiniones. Y se quedan tan anchos.

A la luz del día o al abrigo de la noche,
se juntan en parejas, triángulos y círculos.
No importan sexo ni edad de los integrantes.
Les brillan los ojos, les arden las mejillas.
El amigo pervierte al amigo.
Hijas depravadas corrompen a sus padres.
El hermano celestinea con su hermana menor.

Les apetecen otros frutos,
los del árbol prohibido de la ciencia,
y no las nalgas rosadas de las revistas en color,
ni la pornografía al uso, ingenua en el fondo.
Les divierten los libros sin estampas,
con un único interés: ciertas frases
subrayadas a uña o a lápiz rojo.

¡Qué espanto! ¡En qué posturas,
y con qué escabrosa simplicidad
se deja una mente fecundar por otra!
No constan ni en el mismísimo Kamasutra.

En esas citas sólo el te está caliente.
La gente se sienta, mueve los labios.
Cruza las piernas, pero cada cual las propias.
Así, un pie descansa en el suelo,
y el otro, libre, se columpia en el aire.
Sólo de vez en cuando alguien se levanta,
se acerca a una ventana
y por una rendija de la persiana
fisga la calle.

 

Wislawa Szymborska

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La dama de blanco

 

 

En confrontación con miles de referencias, la idea nace en tu interior. Comienza entonces el juego de la seducción mental. La idea permanece ahí, solo debes girarte, sabes que está ahí, y que sonríe. Entonces, la enfrentas con tu mirada y, donde había una idea, solo hay vacío. El juego continúa, igual, pero diferente cada vez, fresco y espontáneo, aunque tenga sus fases establecidas.

Entonces la idea desaparece y deja un hueco enorme. Y, si no la conocieras ya, pensarías que murió, que expiró entre esas infinitas ideas que nunca fueron. Pero, cuando menos te lo esperas, especialmente cuando estás ocupado, la idea reaparece y destella ante tus ojos. Aquí la seducción llega a su fin y comienza el amor.

Debes hacerlo bien, lo mejor que puedas. La idea es tan sagrada como el cuerpo de una mujer. Los manoteos torpes no son bien recibidos, ni sobre el papel en blanco, ni tampoco sobre una piel cubierta de anhelos. Debes concentrarte y, al tiempo, relajarte. Debes dejar que pase, dejarte llevar, pero sabiendo lo que haces, centímetro a centímetro, beso a beso, pulsación a pulsación.

Entonces, de una zona siempre desconocida, llega la magia. Te envuelve, a los dos, a todos. No puede expresarse, solo sentirse. Pero es tu obligación intentarlo, para eso estás aquí, para eso está aquí la idea, es tu forma de aportar sentido a la nada. Es lo único que puedes hacer. Y lo haces. O lo intentas. Sea como sea, hace falta algo de intrepidez para enfrentarse a lo eterno, a lo incognoscible.

Terminado el torbellino de hojas, el juego de sábanas, no queda sino contemplar la obra. Puede que haya servido para algo, puede que no. Pero el juego sí valió mucho la pena. Conténtate; quizá no hayas tocado el cielo inmortal, pero, desde luego, sabes bailar con esa extraña dama de blanco, ese hermoso ser a quien muchos desafortunados no conocerán jamás.

Sinestesia

 

Acababa de desempaquetar el pack de presocráticos de mi Filosofón 3000 y cuando le hice la primera pregunta a Anaximandro las vibraciones azules invadieron la casa. Seguro que es el mensajero que trae otro paquete, pensé. Apagué el aparato, me dirigí a la puerta y abrí confiado. Pero no era el habitual robot de mensajería, esta vez no. Para mi sorpresa, era un hombre sonriente y elegante que me enseñó una tarjeta. En ella se leía en hermosa caligrafía Allman Brothers: synesthesia experience.

Antes de que me diera cuenta de lo que pasaba el tipo estaba sentado en mi sofá ondulante y le había pedido un té al androide mayordomo. Me hizo un gesto para que me sentara. Así que suspiré y lo hice, sabiendo de sobra que ya era tarde para poner excusas. Me enseñó de nuevo su tarjeta. Y pensé en la manía de escribir los nombres de las cosas en inglés para que sonara más importante y en cuánto me fastidiaba.

Abrí la boca para decir algo pero el tipo ya estaba hablando.

-Hemos venido a verle a usted, señor Pedregal, porque sabemos que es un delicado esteta y una persona de gusto refinado. Por ello queremos ofrecerle en exclusiva nuestro nuevo producto. La experiencia sinestésica definitiva.

-¿Pero qué es la sinestesia? –Le pregunté.

Entonces el tipo sonrió y los ojos le brillaron con astucia.

-¿De verdad no lo sabe?

 

Tres semanas después, en un momento de lucidez, pensé que si quizá hubieran traído a Sócrates en el pack hubiera estado tan interesado que no hubiera abierto la puerta. Cuando lo trajeron ya no les abrí. Llevo semanas sin abrir a nadie.

Ya de entrada compré todo el contenido que me ofrecieron. Y desde entonces vago como un sonámbulo de un objeto a otro. A veces le digo al androide cocinero que prepare alguna cosa, otras veces duermo un poco, pero siempre con el deseo llameando en mi mente.

Tenemos la música que crea atmósferas de olores y hermosas visiones. De forma que uno ya no sabe si de la imagen viene la música o a la inversa. La magia de la sinestesia crea una armonía de sensaciones de la que cuesta separarse. Salvo que otro deseo cruce la mente.

Como por ejemplo los viajes soñados. A la primera mirada solo son cuadros, pero si uno se pierde en ellos los sentidos se revelan ante la realidad circundante y se sumergen en lo que la pintura representa. He estado en batallas, ceremonias, paraísos, bacanales, naufragios y lugares ignotos. Pero si cierro los ojos vuelvo a mi salón. Y mientras miro como las pequeñas ardillas metálicas limpian el polvo y riegan las plantas pienso en la siguiente maravilla. Arrastrando los pies me dirijo hacia ella.

Sin duda la creación más absorbente es la fuente del placer. Tan solo hay que conectarla y empezar a soñar llevado por las sugerencias que ofrece o entregado a la fantasía pura. Convierte las ensoñaciones en experiencias táctiles. Quizá luego imagine a Xena, la princesa guerrera, sí, le diré que me de otro masaje como el de ayer.

Hoy, quizá por puro instinto de supervivencia, salí un poco al jardín. Agotado de tanta experiencia virtual quise salir a mirar algo real. Miré las calles, miré la gente que pululaba, las tristes fachadas, escuché los habituales sonidos estridentes y zumbidos diversos y percibí en el aire el aroma de la huelga de basureros.

Y allí, en mi jardín, me sentí aplastado por dos mundos que no me satisfacían en absoluto. Si al menos Sócrates pudiera aconsejarme…

La respuesta.

 

 

En el Valle de Araloth las palabras y la música se percibían como figuras, formas y colores. Privados del sonido, componían sus discursos y canciones dibujando en el aire con sus voces e instrumentos. Su cielo estaba lleno de fulgurantes disertaciones y delicadas melodías. Las nubes competían en belleza con palabras y canciones.

Los poetas adornaban las alturas con sus sentimientos, las convertían en espejos de sus almas y, aunque uno sufriera y la tristeza lo embargara, siempre se podía mirar hacia arriba y sumergirse en aquel sublime espectáculo.

A menudo, como una cometa traviesa, algún pensamiento o canción escapaba de su dueño hasta convertirse en un ente por sí mismo. Normalmente desaparecía, pero, en ocasiones milagrosas, seguía corriendo por el cielo, buscando otras formas sueltas a las que unirse y formando hermosos sistemas y constelaciones de colores.

Un día llegó un mensaje de otro lugar, otra realidad. Nadie sabe cómo, pero se apoderó del aire y del cielo. Era una estática grisácea que sumía todo en niebla y monotonía. Los habitantes de Araloth cantaron y gritaron, suplicaron y lloraron, pero sus voces eran rápidamente cubiertas por el miasma que contaminaba su visión.

Aquellos seres se desesperaron y creyeron que todo había acabado. Se dieron por vencidos y apagaron sus voces, resignados. El gris, cada vez más espeso, estrangulaba y encogía sus corazones.

Hasta que, en el cénit, un punto luminoso apareció. Al principio era una manchita en el océano de niebla, pero comenzó a expandirse y a absorber el oscuro miasma. Cada vez más rápido, borraba con luz la oscuridad, y con color, la nada. Y como un colosal fénix pronto ocupó todo el cielo, haciendo arder las tinieblas.

Entonces los habitantes de Araloth miraron de nuevo a las alturas. Y reconocieron aquellas palabras que, por sí mismas, los habían salvado. Leyeron en sus colores, en sus vibraciones y en su belleza. Y vieron que aquello no era sino uno de sus pensamientos que había cobrado viva propia.

Su nombre era “esperanza.”

Todas las deidades residen en el pecho humano

Los antiguos poetas animaban todos los objetos sensibles con dioses o genios. Les prestaban nombres de bosques, ríos, montañas, lagos, ciudades, naciones y de todo lo que sus dilatados y numerosos sentidos podían percibir.

Y en particular estudiaban el genio de cada ciudad o país y los colocaban bajo el patrocinio de su divinidad mental.

Hasta que se formó un sistema del cual algunos se aprovecharon para esclavizar al vulgo pretendiendo comprender o abstraer las divinidades mentales de sus objetos. Así comenzó el sacerdocio.

Que escogió formas de culto tomándolas de cuentos poéticos. Hasta que por fin sentenciaron que eran los dioses quienes habían ordenado aquello.

Así los hombres olvidaron que todas las deidades residen en el pecho humano.

Proverbios del infierno (fragmento) William Blake

El Tigre, de William Blake

EL TIGRE

¡Tigre! ¡Tigre!, fuego que ardes
En los bosques de la noche,
¿Qué mano inmortal, qué ojo
Pudo idear tu terrible simetría?

¿En qué distantes abismos, en qué cielos,
Ardió el fuego de tus ojos?
¿Con qué alas osó elevarse?
¿Y que mano osó tomar ese fuego?

¿Y que hombro y qué arte,
podrían retorcer la nervadura de tu corazón
Y cuando tu corazón comenzó a latir
¿Qué formidable mano, qué formidables pies?

¿Qué martillo, qué cadena?
¿En qué horno se forjó tu cerebro?
¿En qué yunque? ¿Qué osadas garras
ciñeron su terror mortal?

Cuando las estrellas arrojaron sus lanzas,
Y bañaron los cielos con sús lágrimas,
¿Sonrió al contemplar su obra?
¿Quien hizo al cordero fue quien te hizo?

¡Tigre! ¡Tigre! luz llameante
En los bosques de la noche,
¿Qué ojo o mano inmortal
Osó idear tu terrible simetría?

Cantares de experiencia, William Blake.

Made in musa

 

Hoy me pegué un madrugón y tras el almuerzo pensé: Qué carajo, me voy a echar una siestecilla. Ya sonriente y encroquetado en mi camita noté que alguien no estaba de acuerdo con mi idea. Un impertinente y mitológico ser que empezó a susurrar versos maravillosos y seductores. “Escríbeme” “Y a mí” “Y a mí” Decían las líneas con sus líricas vocecillas. Y parecían tener razón. La risilla de la musa era verde, como el laurel de la victoria.

Así que, maldiciendo pareados, tuve que tomar una indignante posición vertical para, después, sentarme ante el teclado.

Clac, clac, clac. Iba yo escribiendo, cuando, ante mi sorpresa, noté que aquello que producía era un crimen literario. Y cada idea genial, a la luz de la vigilia, se transformaba en un manido montón de clichés, aburridos hasta que para el que los escribe. Bostecé con rebeldía y mientras volvía a mi acogedor nido pude notar un claro cambio de tono en cierta risa, ahora malévola. Ya no sonaba verde victoria sino marrón, con una asociación demasiado clara.

Así que saqué mi revólver mental de debajo de la almohada y lo cargué con balas de plomiza monotonía. ¡Bang! Disparé directo a la musa, que se reveló como Erato, patrona de la poesía amorosa. No pareció inmutarse y, supongo que ya aburrida y con la gracia hecha, se esfumó con un arpegio de su lira.

Al final con tanto meneo ni pude dormir ni nada. Daba vueltas pensando dónde carajo estaría, ella y su inspiración, cuando me encontré a aquella hermosa vecina en el rellano y mi cerebro no podía hilar dos frases seguidas. Se me ocurrían infinitas situaciones en que las caprichosas musas me habían dejado tirado y, cada vez más mosca y con menos sueño, transcurrió el tiempo hasta que fue la hora de levantarse.

Me la has vuelto a jugar, maldita sinvergüenza. Ya no pico más.

Lo digo en serio.

 

 

Cenizas

 

 

Tras el parpadeante velo, las pequeñas mariposas de fuego se acercaron a la máscara viva, iluminándola, y de ella surgió una voz que eran muchas, que eran todas:

Cae la noche  y laten los sueños,

Ya pasó el cenit y el amanecer está olvidado.

Y, oscuro entre las brumas, se aviva el deseo humano,

Tarde, pues ya se funden en la nada los anhelos.

 

Comprendí y la tristeza me embargó. Porque entre aquellas infinitas voces reconocí la mía. Miré atrás, a mi propia vida; repetida incontables veces a través de los siglos y la tierra. Entonces frené mis lágrimas y atravesé el velo. Las mariposas me quemaron la piel al apartarlas y, decidido, arranqué la última máscara del hombre.

El vacío me devolvió la mirada mientras mi ser se reducía a cenizas.

 

 

 

La Fuga

 

-Siri ¿algo nuevo?

-Tiene un mensaje de voz.

-Reprodúcelo.

Hola, cariño. Te noto inquieto estos días. Espero que no estés pensando en abandonarme. Te echaría de menos y también lo harían en la empresa de mi padre. Estamos pensando en una fusión y quizá te asciendan. No me obligues a plantearte un dilema.

 

-Buenas, venía por la entrevista de trabajo.

-Sí. Siéntese, por favor. ¿Me dice su nombre?

-Aurelio Retinta

-Ah, veo que se presenta usted para el puesto de capullo.

-Exacto. En su empresa andan cortos de conflictos, según creo. Ambiente laboral aburrido, poca emoción, ya sabe. Yo vengo a crear polémica.

-Bien, bien. Aquí dice que usted era directivo de una empresa ¿a qué se debe este cambio de orientación en su empleo?

-Mire. Huyo de una relación desastrosa y tengo que desfogarme, tensión acumulada ¿Qué quiere que le diga? Los consejos de administración no me llenan.

-Quiere usted un poco de acción.

-Sí, se podría decir así.

-Mire, me gusta su actitud y su perfil. Aquí tiene un manual de mobbing con diferentes tipos y estrategias. Estúdielo. Empieza esta tarde. Espero que esté molestando al menos a un par de trabajadores al final de la semana.

-De acuerdo. Gracias por su confianza. Es usted un inútil.

-¿Cómo dice?

-Disculpe, me he adelantado. Empiezo esta tarde ¿verdad?

-Sí. Ahí tiene su uniforme de capullo. Mucha suerte.

-¿El tanga luminoso es necesario?

-Claro. Es lo más importante.

-¿Y si me pega un chispazo?

-No se preocupe. Es parte de la motivación, para que ande usted más arisco.

-De acuerdo.

(Sonido de sirenas)

-Quieto. Pare usted ahí.

-Sí ¿qué ha pasado?

-Iba demasiado rápido. Deme su carnet de identidad y permiso de conducción.

-Tome.

-¿Es usted Aurelio Retinta?

-Sí.

-Ajá. Sople aquí.

-Chuffff

-Bien, no ha tomado usted drogas.

-Claro que no.

-Sople aquí también, por favor.

-Chuff chuff.

-Vaya. Tenemos un problema.

-¿Qué pasa?

-El medidor indica que pasa usted el límite de frustración permitido.

-¿Qué?

-Que está usted insatisfecho en su vida. Lo siento pero no puede conducir.

-¿Pero qué carajo dice?

-Lo que oye. Todas esas dudas existenciales y comederos de tarro pueden distraerle al volante.

-Pero voy a llegar tarde al trabajo.

-No se preocupe. Aunque su vehículo quede inmovilizado podrá irse.

-¿Cómo? ¿Caminando?

-No. Incluido en la multa está este monopatín reglamentario, para que pueda usted desplazarse.

-Pero si no tiene ruedas. Es una tabla rota.

-Si tiene alguna queja puede llamar a este número. Buenas tardes.

-Hola ¿me abre?

-¿Quién es usted?

-El nuevo capullo, empiezo hoy.

-Le voy a abrir, pero llega tarde, amigo. La próxima vez se queda fuera.

-¿Dónde están los ascensores?

-Por allí.

Abriendo puertas.

-Click

Ha marcado usted la planta 19.

-Espere.

-Mierda. Click, click, click.

-Siempre fuiste lento, cariño. Bueno, casi siempre.

-¿Qué haces aquí?

Subiendo.

-Pues entro a trabajar Hemos comprado esta empresa, estamos renovando personal ¿y qué haces tú aquí?

-Maldita sea.

-Je, je, je ¿Pensabas que podrías irte sin más? ¿Querías el divorcio? Toma, aquí lo tienes.

-¿Es esto?

-Claro. Solo tienes que firmarlo y pasaré de ser tu mujer a ser tu jefa.

-¿No hay salida?

-Yo diría que no.

-Dile a tu padre que me guarde la silla. Por lo menos podré quitarme este maldito tanga.

-Ja, ja, ja. No me negarás que ha sido un punto bueno ¿y lo de la multa que te ha parecido?

-Estás en todas ¿eh?

-Con el suficiente dinero puede acercarse uno mucho a la omnisciencia y la omnipotencia está a la distancia de unos millones más. ¿Qué esperabas?

¡Clonck! El ascensor se ha averiado, por favor espere al técnico, tardará unos veinte minutos.

-Joder. Nos hemos quedado encerrados ¿Ahora qué hacemos?

-A mí se me ocurren un par de ideas, enséñame ese tanguita.

-Sí, amor.

-Amor no. Jefe.

-Lo que tú digas.

 

 

 

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