Ensoñaciones

 

 

He sido todo lo que percibes

Y también todo lo invisible

 

He sido arroyo y maremoto,

Víctima y criminal,

Preso y fugitivo.

He sido Luna blanca y blanca sal,

He sido aire, he sido fuego,

Y, a la vez, caricia y puñal.

 

Sonrisa y desdicha,

Alba y ocaso,

Incluso la muerte,

En mi están.

 

Fui el espíritu de Spinoza.

Fui el primer verbo,

La primera molécula

Del Big Bang.

 

Fui la noche imperecedera,

Fui la hambrienta tiniebla

Y seré la infinita luz sobre el mar.

 

Y ese beso con el que tú alma sueña

Real o inventado, también seré.

Y lo seré de verdad.

 

 

 

 

 

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Penurias y barruntos de un imprudente malaguita.

 

Cuando tomé la decisión algo protestó dentro de mí. Pero lo ignoré, craso error, y seguí mi estúpida lógica. Necesitaba aquel artículo. Así que, cuando vine a darme cuenta, me encontré en calle Larios; rodeado de pintorescos guiris, vendedores de almendras y gitanas berserker intentando empalar a los viandantes con sus ramas de romero.

Valiente mierda, pensé, ni siquiera una figurita exclusiva de Donald Trump vestido de vedette, con movimiento de baile y varias canciones grabadas, merecía pasar este maldito trauma. Pero estaba en el centro, en el centro de Málaga, ya estaba hecho: no iba a irme con las manos vacías.

Tras sortear una barrera de alemanes chancludos fui a dar de frente contra un mimo, con mi agilidad innata lo regateé, pero fui a caer en los brazos de una chica captadora de socios. Ahí ya no sé bien qué ocurrió, creo que mi consciencia se tomó un respiro, solo sé que llegué a la Plaza de la Merced, solté mis recién adquiridas posesiones en un banco e intenté recuperarme.

Revisé lo que me habían endilgado: tres tickets de altas de socios en ONG’s, cuatro cucuruchos de almendras, un globo, dos ramitas de romero que aun latían con extrañas profecías, un panfleto de helados, otro de cerveza a euro y un pequeño helicóptero luminoso que lancé al cielo para probar y cayó en un tejado.

Me puse de pie para estirar la espalda y aliviarme, estaba tenso después de subir aquel cargamento hasta allí.

–Las cosas ya no son como antes. –Dijo una voz.

–Y que lo diga. –Respondí sin volverme. –Anda que…

–Anda que no. –Me interrumpió. –Me crie ahí al lado. Les ganaba las perras a los otros niños desafiándolos a que era capaz de dibujar un animal de un solo trazo.

Entonces me volví.

–Anda, la hostia. –dije sin darme cuenta.

Estaba hablando con la estatua de Picasso. Entonces fui consciente de que el delirio de aquel lugar estaba empezando a filtrarse hasta mi propia mollera. Dejé mis posesiones abandonadas y corrí hacia la sucursal de los Pollitos Alegres, donde vendían mi soñada figurita.

Huelga decir que no llegué jamás. Llevo cuatro años viviendo entre las calles de casco histórico, una vez llegué al borde de calle Carretería, pero empezó la Semana Santa y me barrió hasta el punto de partida. Me alimento de almendras, helado y cerveza. Duermo en camas hechas con romero, me tapo con panfletos y mis almohadas son algodón de azúcar.

No sé qué será de mí. Ya no me queda un duro, si puedo remontar hasta calle Larios de nuevo creo que me haré mimo. Por eso quería advertir con esta carta, se lo he puesto en el pico a una paloma, espero que llegue a conocimiento del extra radio de la ciudad. Si vienen al centro háganlo por su cuenta y riesgo, es un lugar de tremenda gravedad y magnetismo. Puede ser el último lugar que visiten. Si deciden arriesgarse al menos despídanse de sus seres queridos y no olviden hacer testamento. A veces no se sale. Créanme. No sé si seré capaz de sobrevivir a las próximas rebajas.

Vuela, palomita, vuela. Si puedes salvar a algún incauto de acercarse a este agujero negro habrá valido la pena este último esfuerzo. Oh, ya están encendiendo las luces de Navidad, me queda poco tiempo. Rápido, coge vuelo, a ver si al menos llegas al Perchel.

 

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Pherenike

 

En el centro de la oscura laguna un pequeño punto permanecía inmóvil. El barquero esperaba.

Sentía su espíritu deslizarse sobre esa delgadísima línea que separa la razón de la locura. La barca estática era un reflejo de su ánimo, un ancla que lo ataba a su auténtica maldición: el tedio. La superficie de la laguna Estigia parecía reflejar la noche, pero la contenía. Y cada estrella era una esperanza muerta, flotando en el fondo de las aguas del olvido.

Su voluntad se asemejaba a un pajarillo volando entre dos muros de llamas, pero algo ajeno a él le obligaba a continuar. El tiempo ya no era nada, no existía. El presente se había diluido en una vacía eternidad en la que todo parecía un sueño brumoso. Entonces el mandato golpeó su voluntad y sus brazos comenzaron a moverse mientras las palabras de su amo tocaban su mente.

La belleza emana de la muerte. Cuando la última luz se extinga y la quietud eterna lo abarque todo, podrás descansar.

Para el barquero era otro rumor del río, como el roce de las aguas. No pensaba en ello, solo sabía que debía cumplir con su tarea. No recordaba el motivo de su castigo y no le importaba. Ni siquiera sabía cuál era su nombre cuando aún estaba en el mundo de los vivos. Todo estaba tan lejos. Tan perdido.

Lo que parecía un espíritu esperaba en la ribera y el barquero creyó sentir un cambio, no supo si en las aguas o directamente en su corazón. Se acercó poco a poco, lo empujaba una inercia de raíces profundas y ocultas; un impulso cuyo origen estaba perdido en el caos primigenio, una voluntad sin nombre. Llegó a la orilla y detuvo su embarcación. Allí le esperaban. Él no comprendió, aun no. Pero fue consciente de que algo diferente ocurría, de que lo nuevo tocaba su existencia. Una emoción agradable recorrió su interior. Se inclinó hacia aquel ser que vibraba con vida, ofreciéndose a lo desconocido, mostrando su esencia.

La figura que esperaba subió a la barca y él comenzó a entender. La niebla que era su mente empezó a aclararse. Recordó un prado, una cabaña, una mujer. Recordó el olor del bosque. El sabor de la risa, y también unos ojos que cantaban amor. Las evocaciones fueron cayendo como una lluvia fina y lo envolvió un placer olvidado. Lo cual provocó una cascada de visiones atropelladas que detuvo con firmeza. Al final había algo malo, una falta a los dioses, un crimen, quién sabe. No quiso indagar en ello ¿qué importaba ya? Ella seguía allí, partiendo en dos el sinsentido, como una promesa plantada en medio de la desesperación. Él se acercó y rozó sus cabellos. Solo quería asegurarse de que era real. Apartó sus cavilaciones, consciente de que el tiempo, a la larga, convierte lo más vital e importante en polvo y en nada.

Siendo aún un hombre había amado a aquella mujer. Se acercó más a ella y al fundirse sus miradas se estremeció el propio flujo del tiempo. De algún modo volvieron a vivir juntos, a ser felices. Revivieron aquellos tiempos de dicha. Unos segundos y, a la vez, unos años después, volvieron a encontrarse en la oscura orilla de la laguna Estigia. Todo era igual. Todo era diferente.  La contempló con detenimiento, recorriendo cada línea de su rostro. Sabía que quedaba poco.

Porque mientras él la observaba, el destino los observaba a ambos. Y, sin cantos ni juramentos, Hades ejecutó su castigo y en su ciega cólera arrojó al barquero a las fronteras de la inexistencia.

El señor de los infiernos, malhumorado, no tuvo más remedio que dejar a la mujer en paz, ya que tenía potestad sobre las almas, pero no así sobre la vida.

Su nombre era Pherenike, su significado: la que trae la victoria. Vivió siempre sola tras su vuelta. Algunos decían que estaba loca, otros que era una bruja, incluso había quien afirmaba que se encontraba con su amante en sueños. Que podía abandonar su cuerpo por las noches y llegar a sitios que ni siquiera existían. La temían. Ya siendo anciana, dejó de salir de casa durante una larga temporada. En el pueblo pensaron que había muerto. Unas semanas después, vacilantes, los vecinos entraron. Sus restos nunca fueron hallados.

Y de esta forma, por primera vez, alguien pudo escapar del Inframundo. Y así la ira divina, también por primera vez, tuvo el efecto de un bálsamo. Después Hades, llamado Plutón por los constructores, convocó a Caronte, encadenó a Cerbero e hizo lo que pudo por ocultar un hecho que, aún ahora, enciende su ira.

Como bien se sabe, nada de esto fue suficiente; hubo otras aventuras, otras huidas. No obstante, son historias diferentes. Y ésta ya parece precipitarse a su fin.

Pero no tan rápido. El tejido que nos sustenta es caprichoso y fluctúa de diferentes formas. ¿Quién sabe qué habrá tras el umbral de la existencia? Quizá el amor aun respire fuera del tiempo y del espacio. Cobijado en la última periferia, o puede que en algún recodo oculto de la realidad, olvidado por todos. ¿Quién sería tan arrogante para juzgar lo incomprensible?

Porque hay cosas que ni los propios dioses saben.

 

FIN

 

Inspirado en “Caronte” de Lord Dunsany 

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Balidos

 

–Los de Neptuno no tenéis ni puta idea. No os enteráis de nada. Si fueras de Urano, como yo, sabrías perfectamente que eso no es así.

–Pero…

–No me interrumpas, joder. Qué falta de educación hay en tu planeta ¿no? Como iba diciendo, puedo demostrar que lo que dices es completamente falso. Una vez me llamaron para cubrir una baja en el observatorio multidimensional de Tanhausser y allí, te lo juro, vi al Chivi Escarlata. Existe. Escucha esto:

“Los de la Iglesia del Balido siempre han estado enfrentados con la Congregación del Santo Berreo. Estos últimos adoctrinan con la superioridad del ciervo y los primeros con la supremacía de la cabra. Pero lo que no saben es que, como no te levantes, te tiro el agua de la fregona en la cabeza.

–¿Cómo?

–O te levantas o le doy la vuelta a la cama.

–Pero ¿y eso que decías del Chivi Escarlata?

–Chivi te voy a dejar yo. Me estoy cansando. Mira, John, son las siete de la tarde, la niña está esperando, levanta de una vez.

Bajo tales razones John A Tower no tuvo más remedio que apartar el sueño y enfocar la mirada. Los ojos de su mujer eran fuego cuajado, eran una bomba inestable, eran la visión de Kurtz, eran las ventanas de infierno.

En cuestión de segundos estaba en pie, vestido, afeitado y con las llaves del coche en la mano.

–Esto… ¿Dónde íbamos? ­–Preguntó, confuso.

–Tienes que llevarnos. A la niña al baile y a mí a casa de Mari Pepi.

–Todavía me da tiempo a llegar al Molly.

–Tú verás.

Un par de horas después por fin pudo ir a la segunda edición de la ceremonia del Cencerro Award, la cual estuvo muy perita, como correspondía. El que haya ido lo sabrá y el que no pues que se lo imagine.

En la entrega de premios, nuestro protagonista, recibió una cabra roja en un palé, tamaño Madelman, a la cual llamaron “Chivi”. Unas extrañas resonancias se extendieron por el cerebro de Tower al escuchar ese nombre. Chivi. ¿De qué le sonaba? Apartó la idea y se dedicó a charlar y a trasegar zumito de cebada mientras la noche iba avanzando.

John no quería ni mirar aquella figura turbadora, pero, finalmente, por el mismo motivo que nos rozamos un diente con la lengua cuando nos duele, la sacó y la colocó sobre la barra, observándola.

Al final perdió la paciencia y pensó en irse. Llamó el camarero y preguntó cuánto debía.

–Beeee, beee, bee. –Respondió el camarero.

John tardó un poco en reaccionar mientras el empleado esperaba.

–¿Cuánto ha dicho?

–Beee, beeeeeee, bee, bee. –Respondió.

John se puso pálido, soltó unos cuantos guiles de cobre sobre la barra, recibiendo 3 XP por la hazaña, y se fue de allí, no sin antes guardar el Chivi de Honor en su bolsillo. Por el camino se cruzo con unos amigos que parecían discutir, al acercarse escuchó la conversación.

–Beeee, beeeee, beeeee. –Dijo uno

–Beeeeeeeee, beeeeee. –Respondió el otro muy convencido.

El señor Tower ya estaba realmente alarmado, pero cuando unos enamorados pasaron dándose besitos y susurrándose dulces balidos, no puedo evitar correr despavorido. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué locura era esa?

Se sentó en un banco y volvió a sacar la cabra. La puso a su lado y pensó en destruirla. Quizá así volvería la normalidad. Pero fue pensarlo y escuchar una voz a su lado.

–Ni lo intentes, o te hare papilla.

Miró y vio a la cabra con una media sonrisa y una mirada maligna.

–No sabes quién soy ¿verdad?

–Sí, eres una cabra de plástico.

–No. Soy un tótem. Soy la deidad de una civilización mucho más avanzada que la vuestra. ¡La Chivilización! Estamos extendiéndonos y hemos venido a quedarnos. Espero que no tengas ningún inconveniente. Lo digo por ir matándote y eso.

John A. Tower no daba crédito a lo que oía. ¿Una cabra extraterrestre? Agitó la cabeza, aquello era demasiado incluso para él. Nadie, salvo quizá Philip K Dick, sabría qué hacer en semejante situación. Visualizó una legión de chivos super inteligentes invadiendo la tierra, el pobre hombre comenzó a temblar y notó cómo le bajaban de golpe seis puntos de cordura.

La cabra lo derribó con la mirada mientras leía sus pensamientos; al caer se dio en la cabeza con el bordillo de la acera y quedó grogui.

–Bueno, puede que yo sea de Neptuno, pero esa historia no tiene ni pies ni cabeza. Ni final, por cierto.

–Mira, de verdad, no sabes ni dónde tienes los tentáculos inferiores. Fui testigo de todo eso en el observatorio multidimensional, como te he dicho. Pero se cortó la emisión en ese momento. Pero el Chivi invadió aquella dimensión. ¡El Chivi Escarlata de la leyenda de la Iglesia del Balido! ¿No te enteras? ¡Y ahora está aquí!

–Cariño, son las ocho de la mañana. Cariño, cariño…

–Espera, quiero ver qué pasa en el sueño, beeeee.

–Cariño.

–Beee, beeee, beee.

–¿Qué dices? Habla bien, John.

–Beeeeeeeee.

John A Tower cerró la boca como se cierra una trampa para ratas al activarse. Intentó pensar en aquello, pero la cosa no funcionaba. Solo podía reproducir balidos en su mente. La cosa estaba jodida. Huyó y corrió sin saber adónde hasta que por inercia inconsciente acabó en el Molly. Fue a sentarse y algo se le clavó en el costado. “Beee, beee, bee” Pensó frustrado. Era la cabra de plástico, el tótem o lo que fuera aquello. Volvió a colocarla en la barra y ya puedo pensar bien, pero a su alrededor las conversaciones se convirtieron en animados balidos y bovinas risotadas.

“Valiente mierda” Pensó John.

El gallo cantó y la cabra de Álora se despertó, sacudió la cabeza y se dirigió al pesebre a rumiar el desayuno. Últimamente soñaba cosas realmente extrañas. Pero se olvidó en seguida, eructó y siguió a lo suyo.

Lo que no sabía es que en realidad era una canción de Tabletom. La cual soñaba dimensiones que, a su vez, la soñaban a ella. El universo era un juego de espejos que confundía realidad y ficción hasta que no había ninguna diferencia entre ambos.

La cabrá se echó una siestecilla y ciertos extraterrestres siguieron con su discusión. Por otro lado, John A Tower despertó en una nueva Chivilización y se fue adaptando hasta gustarle aquella sociedad bovina, mucho más pacífica y también mucho más lanuda, todo hay que decirlo.

Y siguieron soñándose en un extraño círculo que giró para siempre, rodeado y mezclándose con otros círculos de soñadores. Y, como bien sabemos en Andrómeda, la nada no existe, el cero es una quimera y lo mismo pasa con la muerte definitiva. Puesto que nada es permanente tampoco la inexistencia lo es. Y estos personajes y muchos más siguieron discurriendo por ese infinito mental que es todo lo existente.

 

 

                                                                 Informe nº 349-3

Nombre del empleado: Rixtey

DUI: HA786571139-QQ

                                                                 Operario del observatorio de Tanhausser

                                                                 Período de observación: de 78.58 a 97.21 cht

CP 45816, Alegría de la Huerta.

                                                                 Sistema Carpicornio

Andrómeda

                                                                                                        FIN DEL INFORME.

 

 

Relato dedicado al Círculo de los Sin Nombre, a Filmtropía, por inspirarlo, y en especial a Juan Alberto Guzmán de la torre, también conocido por otros nombres en dimensiones poco frecuentadas.

 

 

 

 

 

 

 

 

Reseña sobre el sueño del Fevre, de George R R Martin

  1. La Obra: “El sueño del Fevre”

 

En principio lo que más sorprende de esta obra es estar ambientada en el Misisipi, en los tiempos de los barcos de vapor y las ventas de esclavos. Es algo inusual para una novela de vampiros. Pero, aunque el lugar sea el mismo y el tiempo cercano, uno no espera ver por allí a Huckleberry ni a Tom descubriendo tesoros, en realidad uno no espera ver a un solo niño. El Misisipi de Martin no es como el de Twain. El de este último es una luz chispeante llena de juventud, pero Martin conjura espesas sombras y una profunda decadencia. Siendo el mismo río, cada uno lo impregnó de que llevaba dentro.

 

Los vampiros de este libro tienen cierta “coherencia” en cuanto a sus orígenes y a las leyes que rigen sus vidas. No son vampiros usuales, pero, por decirlo así, la cosa encaja y el resultado es bueno. No tiene el sinsentido de otras historias de vampiros como The Strain, donde estos seres se expanden continuamente hasta que, por lógica, no quede ni un humano. Ni sangre, claro. Es como una estúpida enfermedad que mata a su anfitrión en un plazo corto de tiempo y muere con él, cuando sería más provechoso parasitarlo para siempre.

 

En la obra de Martin, se soluciona de forma que los vampiros apenas pueden procrear y no pueden transformar a otros humanos, con lo cual su extinción es cuestión de tiempo. Lo cual crea una sensación de decadencia aun mayor, puesto que tratamos con los que quizá serán los últimos vampiros.

 

En cuanto a la trama, no quiero contarla mucho, ya que quien lee esto puede que nunca haya leído la novela. Solo decir que tiene buenos personajes, especialidad del autor, y una ambientación tan lograda que llegas a sentir cierta opresión.

 

Una novela muy recomendable desde mi punto de vista.

 

 

 

  1. El autor: George R R Martin.

 

Descubrí a este señor por un mail que me envió la librería Luces. Decía “el escritor George R R Martin nos visita no sé cuando a no sé qué hora” Más o menos. Yo pensé, ¿Y este nota? ¿Quién será? Entonces me acordé de Muerte de la luz, una novela que había leído de adolescente. Tampoco me había entusiasmado el libro así que no fui. Hoy me arrepiento.

Solo quería escribir las impresiones que me produce este autor de una forma breve. Lo principal en su forma de escribir es el impacto emocional que producen algunas de sus escenas. El sueño del Fevre las contiene y Juego de tronos rebosa de ellas. Yo creo que esto ocurre por su maravillosa capacidad de crear atmósferas que atrapan, eso provoca en el lector que viva la historia que le cuentan y multiplica el efecto de sus devastadoras escenas. Como Julian hablando con René Garoux, ambos sentados en su cama. O como la montaña y la víbora, de juego de tronos, combate traumático donde los haya.

 

Algunos lo critican porque estuvo muchos años en TV y se le ha quedado un deje de guionista. Es posible, pero no escribe como un guionista escribe como un maestro de la literatura. A veces extiende una poesía realmente cautivadora, aparte de sus descripciones, diálogos. El tipo brilla, aunque puede que sí, tenga un tic de escritor de series.

 

Me despido solo diciendo que también recomiendo a este señor barbudo con tirantes. No se puede negar que escribe bien.

 

 

FIN

 

 

Michael

 

Michael no solo es guapo, inteligente y elegante, es, sencillamente, espectacular. Cada vez que se mira al espejo se enamora, pero no es culpa suya, es que Michael es demasiado incluso para sí mismo. Su perfección le desborda.

Es tan buena persona y lleva tanto amor dentro que consigue amar cada milímetro de su ser. Cierto es que no le queda cariño para nadie más, pero esos son detalles que escapan a su atención. Él es el paradigma de lo divino. Para qué veáis hasta donde llega la cosa, es Dios quien reza para hablar con Michael, y la mitad de las veces le salta el contestador.

No hay que insistir en que es un tipo único. El mundo de las ideas se ve plenamente demostrado con solo su existencia. Él es el Molde. Platón estaría contento y, Nietzsche seguro que también. Qué carajo, todos estamos contentos.

Se acaba de aprobar un referéndum mundial, en el cual, por unanimidad, han decidido mandarlo al espacio exterior en una misión inédita: tratar con razas alienígenas y abrumarlas con su magnificencia y su legendario aplomo. Los extraterrestres se arrodillarán ante él y serán siervos de la Tierra. Bastará con una sonrisa. Michael es tan encantador que ni ellos podrán resistirse.

 

Cuando despegó su nave espacial estalló a media altura. Los pedazos volaron en todas direcciones y una inmensa bola de humo quedó suspendida en lo alto.

La gente quedó anonadada, algunos en estado de shock. ¡Michael! Un tipo tan increíble ahora solo era unos pequeños copitos flotando en las alturas. ¡Qué indescriptible decepción! Y qué tragedia, eso sin duda, qué tragedia.

 

Unos días después la gente se fue relajando y volvieron a lo suyo. Si Michael era tan perfecto lo normal es que estuviera en los cielos, porque, empezaron a pensar, aquí no pintaba mucho. Además, dijo alguno, así podrá hablar largo y tendido con Dios y ponerse al día ¿no?

 

 

FIN

                        domingo, 28 de octubre de 2018.

El último regalo

 

 

Bajo la última luz de la tarde

Tan solo con su piel cubierta de oro rojo

Le ofreció su corazón en una bandeja

Que, sobre el licor humano,

Reflejaba un tembloroso cielo.

 

Los ojos se volvieron despacio

Llenos de frialdad y desprecio,

Y volvieron al horizonte.

Vete, dijo, mientras las gaviotas

Se arremolinaban sobre ellos.

 

Y la sangre manó en el crepúsculo,

Latiendo y humeando

Hasta tocar los pies de alguien

Que se sorprendió,

Pues ya había olvidado todo.

 

La arena bebió la vida,

La noche devoró la luz,

El agua ahogó el recuerdo

Y el tiempo borró lo que quedaba.

 

Nada pervivió,

Salvo una oscura mancha

Sin nombre ni significado.

 

 

Poema inspirado en la obra de Arthur Rimbaud

Los tres inventos que cambiarán a la humanidad

 

 

 

Los tres inventos que cambiarán a la humanidad

 

  1. Teletransporte
  2. Inteligencia artificial que supere la humana
  3. Emociones a la carta.

 

 

 

Teletransporte

 

Con el primero no haría falta moverse, lo cual es fantástico. Y no solo eso, todos serían gordos como yo, con lo cual ya no habría diferencias y nadie sería gordo ¡Bien! Eliminados dos problemas de un plumazo.

 

 

Inteligencia artificial que supere la humana

 

El segundo nos evitaría tener que pensar, no tendríamos que mover cuerpo ni mente. ¡Genial! Tantos cálculos, preguntas existenciales y dudas de todo tipo. Dale al ENTER y que la máquina lo resuelva todo.

 

 

Emociones a la carta.

 

El tercero, con el permiso de Philip K. Dick, nos evitaría tener que pasar depresiones, malos rollos, frustraciones, cabreos ¿Quién quiere esas mierdas? Felicidad a tope y todo el día. Sería como vivir en Marina Dor todo el año ¡Qué guay!

 

 

Conclusión:

 

Quizá una humanidad que no piense, no se mueva, ni sienta, acabe imbécil hasta extinguirse.

 

Por eso creo que son los inventos más importantes, porque serán los últimos.

 

 

FIN

Apetitos

 

La historia de todas las historias dice así:

 

“Alguien necesita a alguien”.

 

No hay más que eso. Lo demás son detalles.

 

La necesidad es el principio y el final.

 

Las caras del hombre son de amor y de odio;

su corazón, de necesidad.

Las noches y los libros.

 

Exploré el bosque de letras y emociones hasta sus más íntimas oscuridades. Llené mi saca de elixires mágicos, de diamantes de sabiduría y de pura vida. Rebosaba mi faltriquera, llena de noches secretas. Ardía mi mirada, y con las llamaradas del deseo incontenible maté a la tiniebla.

Y la negrura se fue retirando a medida que la luz la abrazaba.

 

 

El Suicida, de Jorge Luis Borges

No quedará en la noche una estrella.
No quedará la noche.
Moriré y conmigo la suma
del intolerable universo.
Borraré las pirámides, las medallas,
los continentes y las caras.
Borraré la acumulación del pasado.
Haré polvo la historia, polvo el polvo.
Estoy mirando el último poniente.
Oigo el último pájaro.
Lego la nada a nadie.
………………………………………
Obra: La rosa profunda.

Blog de WordPress.com.

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