El nombre de todos los nombres.

 

 

 

El ente fue consciente de que, por algún motivo, no podía morir. Su esencia era comprender y su sed el conocimiento. Aprovechando los flujos y ondas se desplazó, asimilando información y descubriendo deliciosas novedades.

El ser no podía olvidar y su montaña de conocimientos llegó a ser monstruosa. Enfrentado a una sed infinita en un tiempo igualmente infinito pero en universo con información limitada, el ser sufrió un colapso.

Entonces por primera vez en eones, tuvo necesidad de una identidad y de un nombre. Y se nombró y se individualizó, apartándose del resto de las cosas, y convirtiéndose, por primera vez, en un ser independiente de su entorno.

No obstante, su sed de conocimiento no disminuía y su maniobra solo le sirvió para retrasar lo inevitable: el hastío eterno. Al cual, merced a un tiempo infinito, llegó finalmente. Entonces el ente tomó una segunda decisión.

Eligió la inconsciencia y el sueño. Pensando que quizá información nueva llegaría a su entorno, el ente durmió eones y eones, hasta que su sed de conocimiento le despertó y, vivificado, no pudo sino sentir horror ante la Nada.

Porque nada había ya, las condiciones que le rodeaban eran el frío, la oscuridad y el vacío. Por ello el ser tomó su última decisión: olvidar. Al ser su propia naturaleza información el olvido era su equivalente a la muerte.

Así que se vació, se vació sobre la nada. Y su información acumulada desde tiempos inimaginables se convirtió en un minúsculo punto, de tal densidad, que, enfrentada a la nada, no pudo sino expandirse de forma increíble.

Y en el vacío surgieron leyes, y en las leyes materia obediente a ellas, y la materia creó innumerables formas, y la luz se expandió, dando vida y calor a un nuevo Universo.

Pero el ser no podía morir. Simplemente volvió a su estado más básico, más elemental. Y quedó disperso y dormido dentro de su propia creación como una semilla invisible. Latente.

Quizá descansando, debilitado definitivamente; quizá esperando conducir el siguiente ciclo. Ni él mismo lo sabía.

Sólo retuvo una cosa cuando olvidó lo demás: su nombre. Y sobre él sueña aun.

Su nombre era Dios.

 

 

 

 

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