Los colores de la noche.

 

Ya era casi medianoche cuando sonó el teléfono. Damián estaba tumbado en el sofá y medio dormido, apagó el televisor y lo cogió pensando en quién sería a esas horas.

En el teléfono chasqueó una voz de extraño acento que pronunció su nombre completo.

-Soy yo –dijo Damián. -¿Qué quería?

-Lamento comunicarle que su tío tercero, por parte de padre, ha fallecido. Según el procedimiento le enviaremos sus pertenencias a su dirección actual. ¿Usted le conocía?

-No ¿qué tío? ¿Y cómo sabe dónde vivo?

-Todo está en el registro, amigo –dijo el tipo misteriosamente.- Ya va de camino, apenas son unas cajas, tardarán unos días.

Y, sin más, el extraño colgó el teléfono.

 

Damián vivía solo, su novia se largó cuando se enteró que le había sido infiel. Aunque acusó el golpe tardó poco en recuperarse. Era una persona más bien frívola y egoísta. Tenía éxito con las mujeres y solía engañarlas a menudo. No obstante, por inmadurez o carácter, se sentía cómodo con su vida y consideraba que era lo mejor que podía hacer con ella.

Pasaron unos días y, cuando menos se lo esperaba, pegaron a la puerta y al abrirla encontró dos cajas pequeñas. No había nadie. Le pareció realmente extraño pero la curiosidad le pudo y las metió en casa.

Efectivamente parecían pertenencias antiguas, había varías fotos de un hombretón calvo que quizá fuera su tío, un reloj de bolsillo, cartas y en la otra caja algo realmente extraño: una planta de la que brotaban tres capullos de flores.

Había algo en su color que rápidamente le llamó la atención. Era un color indefinible, muy extraño. Ni siquiera podía decir si era cálido o frío. Muy original, pensó. La tocó y notó que era auténtica, así que la puso cerca de la ventana y miró entre las cajas hasta que, decepcionado, se convenció de que allí no había dinero ni nada de valor.

Aburrido, Damián cogió el teléfono. Quizá fue la planta la que le recordó a la chica de ojos verdes a la que había dejado tirada ya varias veces. Probó suerte llamándola y ella aceptó que se vieran. Damián sonrió y pensó que la desesperación humana era un filón magnífico.

Cuando se vieron, ella lo llevó directamente a su casa y, sin preámbulos, se metieron en la cama. La chica fue dulce y complaciente, más incluso que cuando se conocieron. Él pensó que quizá quería engatusarlo, qué poco lo conocía.

Cuando se despidieron, ella, en broma, le roció con su perfume femenino, a lo cual Damián se enfadó un poco. Era algo que le reventaba, pero no se lo tomó muy enserio, al fin y al cabo había estado encantadora y ni siquiera le había preguntado cuando se volverían a ver.

Cuando volvió a casa era de madrugada, encendió la luz y se fijó en la planta. Había olvidado regarla y, sin embargo, allí estaba reluciente, le pareció extraño y se acercó. Conforme lo hacía uno de los capullos empezó a abrirse mientras él se quedaba clavado de la impresión. Siguió abriéndose y Damián empezó a gritar. De su interior salieron cientos, miles de arañas que cubrieron suelo y paredes y también a él.

No encontraron mucho, aparte de su ropa, sus huesos y una extraña planta con dos capullos de flores a la que nadie prestó atención.

 

Esa misma noche una hermosa mujer cantaba una canción en la penumbra.

 

La araña teje y espera

La noche es dulce y suave

Sueños atrapados en la tela

La hechicera en la noche arde

 

Y mientras lo hacía, sus ojos, normalmente verdes, tomaban un color indefinible.

 

Arañas de todas formas y tamaños correteaban y jugueteaban con ella, que, desnuda, suspiraba de placer.

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Todo dice que sí.

 

Todo dice que sí.

Sí del cielo, lo azul,

y sí, lo azul del mar;

mares, cielos, azules

con espumas y brisas,

júbilos monosílabos

repiten sin parar.

Un sí contesta sí

a otro sí. Grandes diálogos

repetidos se oyen

por encima del mar

de mundo a mundo: sí.

Se leen por el aire

largos síes, relámpagos

de plumas de cigüeña,

tan de nieve, que caen,

copo a copo, cubriendo

la tierra de un enorme,

blanco sí. Es el gran día.

Podemos acercarnos

hoy a lo que no habla:

a la peña, al amor,

al hueso tras la frente:

son esclavos del sí.

Es la sola palabra

que hoy les concede el mundo.

Alma, pronto, a pedir,

a aprovechar la máxima

locura momentánea,

a pedir esas cosas

imposibles, pedidas,

calladas, tantas veces,

tanto tiempo, y que hoy

pediremos a gritos.

Seguros por un día

hoy, nada más que hoy

de que los no eran falsos,

apariencias, retrasos,

cortezas inocentes.

Y que estaba detrás,

despacio, madurándose,

al compás de este ansia

que lo pedía en vano,

la gran delicia: el sí.

Pedro Salinas, “La voz a ti debida”

Consejos para temponautas

 

 

 

Instrucciones para viajar en el tiempo:

Paso 1: Cierre los ojos y concéntrese.

Paso 2: Sonría

Paso 3: Para ir al pasado recuerde, para viajar al futuro imagine.

 

Instrucciones para volver al presente:

Paso 1: Abra los ojos y enfoque la vista.

Paso 2: Sea amable, de su presente depende su futuro.

 

Si no queda satisfecho, le devolveremos el tiempo perdido en una cajita que podrá usar a su gusto.

 

 

 

 

La bruja del séptimo

 

-Pásala, vamos hombre.

Currito estaba rodeado por tres jugadores del otro equipo, pero ni así pasaba la pelota, se puso a hacer picaditas para irse por alto, pero se le fue fuera el balón.

-Eres un chupón.

-Anda ya. Si te la echo te la quitan. Tú defiende y cállate. Además, la pelota es mía.

Diego, el otro niño, que era un poco gordito, levantó la cabeza con orgullo y se dirigió hacia Currito.

-Mira ¿eh? A mí no me chulees ¿Te enteras?

Currito se envalentonó también y le dio un empujón al otro que venía.

-A mí no te me pongas vacilón, que llamo a mi hermano.

Diego, bastante mosqueado, cogió el balón y lo sostuvo en la mano.

-Siempre igual con tu hermano. Pues mira ve y dile que vaya a recoger tu balón nuevo.

Diciendo esto le pegó una fuerte patada a la pelota mandándola en dirección a las terrazas del bloque del al lado, en cuyo césped estaban jugando.

Diego era un papa jugando, y normalmente se habría caído de culo, dándole el balón en la cara. Sin embargo, quizá por causa del destino, empalmó una volea digna de Zidane que con un ¡plac! fuerte y seco salió disparada hacia arriba.

Todos los niños miraron alucinados, estirando el cuello y formándose un “Ohhhh” en al aire cuando vieron la altura que cogía el esférico. El balón siguió subiendo y fue a colarse en el séptimo piso, en una terraza sucia y oscura.

Los niños felicitaron a Diego por la potencia del chut y se fueron, dando por finalizado el partido. No sin antes darle un par de collejas a Currito y carcajearse un poco.

-Venga, a ver cómo recuperas el balón de casa de la bruja. ¡Ja, ja, ja! –Dijo uno.

-Vámonos al campo, dice Pedro el caraguarro que ha hecho una cabaña más grande que la nuestra ¡seguro que es mentira! – Dijo otro.

-¡Vamos, vamos!

Así Currito, triste y desolado, se quedó mirando la siniestra terraza de la bruja. La cual nunca salía ni contestaba a la puerta. Decían que era rusa y había estado casada, pero su marido la abandonó y terminó viviendo en Huelin. También contaban que sabía lanzar mal de ojo, pero el niño no tenía ni idea de qué era eso y no le preocupó lo más mínimo.

A veces la bruja se asomaba a la terraza, pero solo sacaba la cabeza y volvía a esconderse, o eso decían. La gente del barrio pensaba que estaba como una cabra. El niño reflexionó sobre el curso a seguir. Si le decía a su madre que la pelota había caído en casa de la bruja podía darla por perdida y además le prohibiría que fuera a recuperarla. Pero si no le pedía permiso, no se lo había negado expresamente. Así que podía ir a casa de la bruja e intentarlo al menos.

Animado por eso y casi feliz, como niño que era,  por haber tenido una idea tan buena, empezó a corretear hacia el portal. Y pegó en un portero al azar.

-¿Si, diga?

Poniendo voz grave dijo.

-Abra por favor, somos repartidores de publicidad del Pryca.

-Ay, siempre llenando los buzones. Bueno, pase, qué remedio.

El niño entró y subió al séptimo, pero al plantarse delante de la puerta de la bruja tuvo dudas.

Se acercó lentamente y le pareció que su cuerpo se encogía de puro miedo. Entonces notó que la puerta estaba entornada, y miró cautelosamente por la rendija, pero no se veía nada, solo oscuridad. En eso estaba cuando la puerta se abrió de par en par.

En el umbral había una señora altísima y viejísima iluminada por la luz del pasillo. Pero sonreía. Y lo más importante, tenía algo bajo el brazo: su balón.

-Debes chutar muy fuerte, je, je. Hace tiempo que no se colaba una pelota en mi terraza.

-Ha sido el Diego el Gordo. La ha empeñado, el idiota.

-Bueno ya que estás aquí pasa, tengo galletitas y cola cao.

-No, gracias señora. Es que tengo que hacer los deberes. Tengo prisa.

-O te tomas las galletitas conmigo o no hay balón. –Dijo la señora poniendo expresión de picardía y sonriendo de nuevo.

Currito miró su flamante balón nuevo: de la FIFA, firmado por Laudrup. Aunque la firma fuera solo pintada esa pelota era la leche, si tenía que comer galletitas, incluso beber cola cao, lo haría.

Animado por la afabilidad de la anciana se acercó y dijo.

-Bueno venga, vamos. Pero el cola cao hace grumos ¿no tienes nesquick?

-¿Eso qué es? Bueno pasa y no te quejes, allá en la tundra los niños desayunaban té hecho con agua sucia. Siéntate, anda.

Currito se sentó y pasó un buen rato con la mujer, era simpática. Le contó que la llamaban la bruja, a lo cual ella no pareció dar importancia. Dijo que desde que su marido la dejó no le gustaba salir, prefería ver películas y leer libros antiguos. Y que sí que abría la puerta, todas las semanas venía la entrega del Pryca. Tenía que comer ¿no?

Las galletitas estaban buenas, hasta tenían perlitas de chocolate, pero Currito ya estaba lleno y dijo de irse.

-Muchas gracias por todo, ya verás cuando les cuente a esos capullos.

-No les digas nada, creyendo que soy una bruja me dejan en paz. Además, no quiero una fila de niños pidiendo galletas. Ah, se me olvidaba. Llévate esto también que me ocupa mucho espacio. Toma, pon el balón encima.

-¿Eso qué es?

-Una caja de libros, ya los he leído.

-¡Oju!

-Llévatela, Curro. Seguro que a tu familia le gusta.

-¡Pero está llena de polvo y pelusas!

-Será delicado el niño. Cógela, anda. Allí en la tundra los niños trabajan en las minas desde los siete años, y comen polvo; cuanto más pican más comen. Así que haz el favor de no ser estirado y callarte ya. ¿Te han gustado las galletas?

-Sí, estaban muy…

-Estupendo. Pues venga, hala, niño. Circulando. –Dijo la señora y cerró la puerta.

Currito se fue cargado con los libros y el balón a su casa, tosiendo por la nube de polvo que le seguía y soltando hilachos de pelusas por el camino. Cuando le contó la historia a su madre no se la creyó, pero al ver la caja de los libros cambió su opinión sobre la supuesta bruja.

-Anda mira. Qué curioso. Y yo que pensaba que estaba medio fuera de onda. La vieja pastelera, mira tú. –Comentó la madre mientras batía los huevos.

Pero lo mejor fue cuando abrieron la caja. Contenía primeras ediciones y manuscritos inéditos de Chejov y Gogol, además de cartas personales perdidas de otros autores rusos. El padre de Currito era librero y no tardó en saber lo que tenía entre manos. Cogió el teléfono y llamó a una aseguradora, y después a la mejor casa de subastas del país.

Unos días después la anciana encendió el televisor, cosa que casi nunca hacía, y vio en la pantalla un plano de su polvorienta caja. Eran las noticias. “La totalidad de la subasta ha alcanzado la friolera de más de 150 millones de pesetas, ha sido un museo, localizado en Varsovia, el que finalmente…”

Apagó el televisor y sonrió con satisfacción y delicia. Al final se había vengado de ese maldito Chejov. Mira que acostarse con ella, dejarle todas esas cartas de amor y ser la causa de que su marido la abandonase ¿y todo para qué? Para aparecer en un relato como la mujer del protagonista, que no era otra cosa que una urraca y además un personaje totalmente circunstancial. Se echó un vodka rojo y lo saboreó encantada.

La señora del perrito… Malas puñaladas te den, Chejov. Como dicen por aquí. –Susurró.

Pues ahí lo llevas, pensó la anciana, tus cartas más cursis a la vista de todos. Todo le llega a quien sabe esperar. Y, tranquilamente, llamó al supermercado para hacer el pedido de la semana.

Currito, ajeno a todo esto, daba picaditas en su campo de fútbol propio. Le dijo a su entrenador personal que trajera unas gominolas, pero de las rojas, nada de mierdas de menta. Hizo unos estiramientos y llamó a sus amigos, que estaban jugando un burreíto, pensando en montar un partidillo. Ya hacía menos calor, podría estar perita.

Ahora le pasaba el balón a quien le daba la gana. Y nadie protestaba.

FIN

 

Malas decisiones

 

 

Érase una vez que se era, en el lejano reino de la Palmilla, que un joven y gallardo príncipe, vivió una extraña aventura. Montaba una gran kelpa, que era la envidia de todos.

Le llamaban Raurok, el valiente. Y decían que una vez venció el solo a…

-¿Racacaqué? Yo soy el Malico, el Malico de los Carrasco de toda la vida. Los que tienen el quiosquillo en la esquina. Además mi moto no es kelpa, es una zip. Y la Palma no es un reino ¿o sí?

Nuestro héroe tuvo una especie de locura transitoria, hablando en lenguas extranjeras, en una especie de trance. Pero se calló la boca y dejó que el narrador siguiera, el cual hiló su hábil historia con una descripción.

Sus cabellos eran oro y nácar su piel. Tenía la fuerza de cinco hombres en cada brazo. Sus ojos azules infundían terror al enemigo.

-Mira, mierda, a mí no me vaciles. Si yo soy más negro que la mojama y no tengo fuerza suficiente ni para liar un canuto. Tú estás medio colgado ¿no?

Nuestro héroe, confuso, seguía diciendo incoherencias. A lo mejor iba a ser que era un poco gilipollas después de todo.

-¿Gilipollas? Mira yo reparto poco, pero tengo un primo de los Asperones que está preso, que cuando salga te vas a enterar lo que vale un peine.

Entonces nuestro protagonista sintió como sus labios quedaban sellados y, por más que lo intentara, no podía despegarlos.

Fue así como esta hermosa historia continuó su recorrido.

-Mmmmm, mmmmm, mmmm.

Pero nuestro prometedor joven tenía un acérrimo enemigo. Un enorme dragón azul tenía prisionera a su amada. Y la custodiaba en el castillo infranqueable.

-Atiende, a mi novia la entrullaron por pasar farlopa, aunque en verdad era tiza, pero vaya. Y la tienen presa en Alhaurín ¿Qué carajo estás contando?

Y entonces una pregunta se formó en al aire ¿Cómo podía hablar el tipo con los labios sellados?

-Bueno, es que soy ventrílocuo.

Era esta una historia que se iba convirtiendo gradualmente en una gran mierda. Entonces algo ocurrió de repente. Trágicamente, nuestro héroe se hizo un lio con su propia lengua…

-Humprf

…de forma que se la tragó y murió asfixiado pataleando entre horribles y enloquecidas convulsiones.

Fin (de momento).

 

El escritor se levantó asqueado de la mesa, quería escribir una novela de fantasía épica, no estaba pidiendo la Luna. Después de cagarse en las musas y en el Parnaso fue a hacerlo de forma literal, entiéndase, al wáter.

Por el pasillo de su casa se encontró con un hombre.

-Bueno ¿y quién es usted? ¿Qué carajo hace en mi casa?

El hombre pareció incómodo y dubitativo. Pero por fin respondió.

-Soy Héctor, es que… Bueno, que me he equivocado de relato.

-No se preocupe hombre, eso pasa en las mejores familias, hágame hueco que voy a hacer churros. La salida es por allí.

El escritor llegó al baño y al sentarse notó que algo flotaba a su alrededor, era una extraña presencia etérea, pero no supo definirla. Hasta que empezó a hablar.

-Ay, válgame el payo. Pos no coge y me mata, pero esta que forma e’ de tratar a la gente cohone’. Ahora la has cagado. Ja. Y nunca mejor dicho.

El escritor, sentado en el wáter, confuso, movía los brazos intentando espantar al ente que le incordiaba.

-A mí no me bailes. Ya te puedes poner con el aserejé que el pedazo de Potter Gay que te voy a montar va a ser brutal. Tú no sabes la cantidad de familia y colegas muertos que tengo, vamos a montar aquí un botellón espectral de la hostia.

El escritor, ya desesperado, cogió el papel higiénico y se lo metió en la garganta intentando asfixiarse. Pero como no le cabía, no pudo. Tomó una decisión. Y se lanzó por la ventana del baño, directo a la muerte.

Pero como vivía en un bajo, cayó desde metro y medio de altura. En plena calle y sin pantalones. Un transeúnte que por allí pasaba se acercó.

-¿Está usted bien?

El escritor lo miró y no pudo evitar echarse a llorar amargamente. Se cubrió la cara.

-Tranquilo, hombre. –Dijo el transeúnte.

-Yo solo quería escribir fantasía épica, una puta novela, por Dios. –Masculló.

El hombre que pasaba se rascó la barbilla y miró al tipo hecho polvo, medio en pelotas, que lloraba en el suelo. Le dio un pañuelo y se fue pensando en quitarle al niño la tontería esa que tenía de ser escritor, eso no podía ser.

No quería que su hijo acabara así.

 

FIN (ahora sí).

 

 

 

 

 

¡Crac!

 

 

 

El Sol entraba por la ventana, dando luz y calor a nuestros cuerpos que estaban muy cerca, ella se mostraba impaciente.

-La primera vez que vi tu rostro me perdí en tus hermosos ojos, y en su dulce profundidad descubrí que eres tú la que contiene al mundo y no al revés. Eres la flor del día, la alegría de la naturaleza y te amo como jamás nadie amo antes ni amará después. ¿Me estás escuchando? ¿Amor?

-¿Me vas a tener aquí toda la mañana o vas a firmar ya el divorcio? Venga, lenguasuave, que se acaban las barras de pan integrales del Mercadona.

Y los animales respondieron… El hombre.

 

 

-Glink ¿estás seguro que debemos hacerlo?

-Estamos en deuda con ellos, supongo. Pero, sea como sea, lo haremos. –Glink, el avestruz, asintió y miró al gorila- -Debemos hacerlo. Ellos lo harían por nosotros.

-Pero…

-Vamos, no le des más vueltas.

El gorila pulsó un control remoto y, ante ellos y el resto del Concilio de los Animales, innumerables cápsulas se abrieron. En el silencio que siguió empezaron a oírse llantos de bebé.

-Esto no saldrá bien- dijo el varano, patrón de los reptiles, con su habitual siseo.

– Ya veremos- dijo el avestruz.

 

 

Las naves procedentes de la recientemente colapsada enana de Fornax buscaban luz y calor en un universo que se apagaba y se enfriaba. Así fue que recalaron en lo que quedaba de nuestro planeta. Absorbieron el poco calor que le quedaba a nuestro núcleo y, por curiosidad, buscaron registros al ver los restos de una civilización extinta hacía poco.

Una conversación mental se estableció entre los dos principales de a bordo.

-¿Has descifrado los datos?

-Sí, fue fácil, el lenguaje era rudimentario. Al parecer se extinguieron hace unos seis mil ciclos de su Sol, por poco no los conocimos.

-Eso parece. ¿Morfología?

-Es curioso, había muchas especies inteligentes. La primera evolucionó de forma natural, se llamaba humanidad, y con tecnología dotó de inteligencia al resto de seres vivos y después ¿sabes qué?

-Se autodestruyeron

-Sí, siempre es la misma historia ¿verdad?

-¿Y los demás seres? ¿Dónde están?

-Usando su ADN crearon al hombre de nuevo

-¿Y?

-Esta vez lo destruyeron todo, el planeta se convirtió en un infierno nuclear.

-Está bien. Guarda los registros. Bordearemos Andrómeda hasta Cygnus y allí ya veremos. Necesitamos encontrar algo de energía o será nuestro fin.

En el silencio que siguió quedó patente la desesperanza de los alienígenas y la certeza de que el Universo se acercaba a una nada eterna y definitiva.

 

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