La propia sombra

Todavía hoy debemos tener sumo cuidado para no proyectar nuestra propia sombra de un modo harto vergonzoso, y estamos como inundados por ilusiones proyectadas. Al representarse a una persona suficientemente valiente como para desprenderse por entero de toda proyección piénsese en un individuo consciente de poseer una sombra considerable. Tal hombre se ha cargado de nuevos problemas y conflictos; se ha convertido en tarea seria para sí mismo, dado que no puede decir ya que son los otros quienes hacen tal o cual cosa, ni que son ellos los culpables, y que hay que combatirlos. Vive en la “casa del autoconocimiento”, de la concentración íntima. Sea cual fuera la cosa que ande mal en el mundo, este hombre sabe que igual ocurre también dentro de él mismo y si aprende solo a “componérselas” con su sombra habrá hecho en verdad algo para el mundo. Habrá logrado entonces dar respuesta a una ínfima parte, al menos, de los enormes problemas que se plantean en el presente, buena parte de los cuales oponen tantas dificultades en razón de hallarse como envenenados por las mutuas proyecciones. ¿Y podrá ver claramente quien no se ve a sí mismo ni aquellas oscuridades que, inconscientemente, está transfiriendo en todas sus acciones?

C. Jung, Psicología y religión

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Derrotas

Qué inmensa fila de derrotas…

Sus horribles muecas se pierden

Más allá del amargo horizonte.

 

Y sin embargo sonrío a menudo,

Intuyendo cierta verdad

Balsámica para mi mente.

 

Sin duda el dolor es un maestro

Que escribe con nuestras lágrimas

Y encuaderna con nuestra piel.

 

Por ello sus muecas ya no lo son tanto

Parecen sonrisas y tiernas miradas

Y cada esqueleto se convierte en confidente

 

Y cada grito parece un consejo

Cada muerte interna es un principio

Y cada desgarro de la vida es un abrazo.

 

Por eso amo cada una de mis derrotas

Las invito a pasear por mi alma

Y las observo como un avaro su tesoro.

 

 

 

Toc, toc, toc.

Abrí la puerta y estaba todo oscuro. Encendí la luz de la entrada y allí estaba la criatura. Me quedé paralizado y con la boca abierta, registrando sus extrañas formas.

Era un ser más o menos esférico, con múltiples y delgadas extremidades que lo mantenían en equilibrio sobre el suelo. A cada lado del tronco tenía plegadas dos alas membranosas, formando cuatro en total. La superficie de su cuerpo era rugosa y amorfa y parecía estremecerse a veces. En cuanto a su rostro, era aterrador. Tenía cuatros ojos triangulares formando una especie de rombo y justo donde acababa el inferior nacía un tentáculo que se dividía en varios más. Todo su cuerpo se agitaba de forma desagradable y un humillo le salía por el final de una trompa justo encima de su extraña cabeza.

-Hola- dijo el ser.

A lo que respondí abriendo los ojos como platos.

-¿Es aquí la fiesta de disfraces del señor Howard? –Balbuceó la cosa.

Aún boquiabierto y con mucho esfuerzo pude mover la cabeza de izquierda a derecha, lo justo para que la abominación entendiera.

Sin decir nada más se giró y empezó a bajar las escaleras con una especie de chop chop, chop, que daba bastante grima. A mitad de camino la luz, que era automática, se apagó y se escuchó un escurrirse con tropezones, hasta un chapoteo final que me hizo cerrar de un portazo y meterme debajo de la cama durante dos días.

Tierra cambiante

Pronunciamos las antiguas palabras y los rojizos mares se erizaron y rugieron queriendo salirse de sus lechos. Lentos rayos de hilo ardiente caían sobre las islas, mientras nosotros nos asombrábamos como niños. Las corrientes de aire se lanzaban a los lechos de los caminos, que se formaban y cambiaban de rumbo, y las raíces colosales, salidas de las profundidades, buscaban las nubes más lejanas. Imposibles pájaros de humo nos observaban al vuelo, no sabiendo donde posarse en la tierra cambiante. No nos decidíamos a dónde mirar, ni qué maravilla merecía más nuestra atención.

Arrobados por la belleza, tanto intuida como percibida y casi desvanecidos de gozo, nos acercamos a los enormes ventanales rodeados de un silencio ambarino. Fuera, el lascivo Sol y la casta Luna copulaban entre estertores cósmicos, los cielos se abrían y los mares humeaban. Un rocío de oro se desprendía del sol furibundo y copos de plata ligera caían de la hermosa Luna. Mientras el ciclo terminaba vimos a los recién llegados entrar, sus miradas inocentes se pasearon por nuestro observatorio. Se acercaron lentamente, como disculpándose, y contemplaron el espectáculo sumergidos en un silencio solemne.

Sentimos entonces como despertaba nuestra piel al tacto de la nueva luz  nacida de la unión del Sol y la Luna. Una calidez agradable nos recorrió completamente y todos tuvimos la sensación de que las células de nuestro cuerpo se impregnaban de aquel resplandor amoroso. Renovadas y limpias por un poder primordial.

En las nuevas islas empezó a llover suavemente y los cielos y los lechos marinos se asentaron de nuevo. También los hicieron los caminos y montañas. En las arenas blancas creadas con el rocío plateado de la ya extinta Luna, todas las mujeres, con sus gasas pálidas y sus miradas destilando sabiduría, despedían al tiempo viejo y daban la bienvenida al nuevo. Saludando a los nuevos astros y sus nuevas configuraciones. Los ciclos se suceden siguiendo patrones escondidos en su obviedad. Ya lo habíamos aprendido. Y también los jóvenes que salían de los bosquecillos hacia la los prados bañados por la luz recién nacida.

Seguimos contemplando las delicias de un mundo que cambiaba ante nuestros ojos.

El fin del mundo del fin

Como los escribas continuarán, los pocos lectores que en el mundo había van a cambiar de oficio y se pondrán también de escribas. Cada vez más los países serán de escribas y de fábricas de papel y tinta, los escribas de día y las máquinas de noche para imprimir el trabajo de los escribas. Primero las bibliotecas desbordarán de las casas, entonces las municipalidades deciden (ya estamos en la cosa) sacrificar los terrenos de juegos infantiles para ampliar las bibliotecas. Después ceden los teatros, las maternidades, los mataderos, las cantinas, los hospitales. Los pobres aprovechan los libros como ladrillos, los pegan con cemento y hacen paredes de libros y viven en cabañas de libros. Entonces pasa que los libros rebasan las ciudades y entran en los campos, van aplastando los trigales y los campos de girasol, apenas si la dirección de vialidad consigue que las rutas queden despejadas entre dos altísimas paredes de libros. A veces una pared cede y hay espantosas catástrofes automovilísticas. Los escribas trabajan sin tregua porque la humanidad respeta las vocaciones, y los impresores llegan ya a orillas del mar. El presidente de la república habla por teléfono con los presidentes de las repúblicas, y propone inteligentemente precipitar al mar el sobrante de libros, lo cual se cumple al mismo tiempo en todas las costas del mundo. Así los escribas siberianos ven sus impresos precipitados al mar glacial, y los escribas indonesios etcétera. Esto permite a los escribas aumentar su producción, porque en la tierra vuelve a haber espacio para almacenar sus libros. No piensan que el mar tiene fondo, y que en el fondo del mar empiezan a amontonarse los impresos, primero en forma de pasta aglutinante, después en forma de pasta consolidante, y por fin como un piso resistente aunque viscoso que sube diariamente algunos metros y que terminar por llegar a la superficie. Entonces muchas aguas invaden muchas tierras, se produce una nueva distribución de continentes y océanos, y presidentes de diversas repúblicas son sustituidos por lagos y penínsulas, presidentes de otras repúblicas ven abrirse inmensos territorios a sus ambiciones etcétera. El agua marina, puesta con tanta violencia a expandirse, se evapora más que antes, o busca reposo mezclándose con los impresos para formar la pasta aglutinante, al punto que un día los capitanes de los barcos de las grandes rutas advierten que los barcos avanzan lentamente, de treinta nudos bajan a veinte, a quince, y los motores jadean y las hélices se deforman. Por fin todos los barcos se detienen en distintos puntos de los mares, atrapados por la pasta, y los escribas del mundo entero escriben millares de impresos explicando el fenómeno y llenos de una gran alegría. Los presidentes y los capitanes deciden convertir los barcos en islas y casinos, el público va a pie sobre los mares de cartón a las islas y casinos donde orquestas típicas y características amenizan el ambiente climatizado y se baila hasta avanzadas horas de la madrugada. Nuevos impresos se amontonan a orillas del mar, pero es imposible meterlos en la pasta, y así crecen murallas de impresos y nacen montañas a orillas de los antiguos mares. Los escribas comprenden que las fábricas de papel y tinta van a quebrar, y escriben con letra cada vez más menuda, aprovechando hasta los rincones más imperceptibles de cada papel. Cuando se termina la tinta escriben con lápiz etcétera; al terminarse el papel escriben en tablas y baldosas etcétera. Empieza a difundirse la costumbre de intercalar un texto en otro para aprovechar las entrelíneas, o se borra con hojas de afeitar las letras impresas para usar de nuevo el papel. Los escribas trabajan lentamente, pero su número es tan inmenso que los impresos separan ya por completo las tierras de los lechos de los antiguos mares. En la tierra vive precariamente la raza de los escribas, condenada a extinguirse, y en el mar están las islas y los casinos o sea los transatlánticos donde se han refugiado los presidentes de las repúblicas, y donde se celebran grandes fiestas y se cambian mensajes de isla a isla, de presidente a presidente, y de capitán a capitán.

Julio Cortázar, Historias de cronopios y de famas.

La propina

Fragmentos de conversaciones del plano alternativo X93.

-Bueno ¿vamos a estar conduciendo todo el día?

-¿Ves ese restaurante elegante a la orilla del lago? ¡Vamos, te invito!

-No vayas a hacer ninguna trastada ¿vale?

-Confía en mí.

-No has dejado propina ¿verdad?

-La habitual, una bala y una carta de amor.

-Lo sabía. Encima hoy es San Valentín.

-Sí, le he puesto un lacito.

-¡Mira por el retrovisor! ¿Aún nos siguen?

-Creo que los has despistado… ¡Oh no! ¡Ahí están!

-Tira los clavos por la ventanilla.

-No va a servir de nada, son de algodón de azúcar.

-Estamos jodidos.

-Oye ¿has visto cómo brilla el cielo? Qué hermoso día.

-Hermoso día para morir, no sé si oyes las balas peinándonos.

-Ya acelero. Como iba a saber que el restaurante era de la sanguinaria mafia de Benamocarra.

-Alfarnate.

-Que no, que los de alfarnate se han unido a los yakuzas de Torrox.

-Esos son de las triadas cabreras de Benamocarra, te lo digo yo.

-Demonios. Pinchazo.

-¡Corre carajo! Allí hay árboles, no pueden entrar con los coches. ¡Rápido!

-Uff, si no llega a ser por el body-step no aguanto el ritmo.

-¡Mira una cueva!

-Esos cabreros vuelven a los coches, parece que se van.

-Metámonos en la cueva por si acaso.

-No se ve nada, enciende el mechero.

-¿Y toda esta gente quiénes son?

-Somos de la camorra de Algarrobo y justo íbamos a salir a buscar un par de rehenes. Desde luego hay días que salen las cosas ya hechas.

-¿Has pagado el Ocaso?

-No.

-Mierda.

Fin de la emisión.

Sonido de estática permanente.

Registro captado por el receptor D54KA que orbita Urano, según estimaciones la señal proviene de más allá de Andrómeda. Parece haber sido amplificada de forma azarosa y  teóricamente imposible y proviene del micrófono de un Nokia Lumia tipo ladrillo.

Porqué existe un Nokia Lumia más allá de Andrómeda es algo a lo que nosotros los miembros de la NASA no podemos responder.

 

 FIN

Cumbre de la arquitectura divina

Morena y misteriosa como la noche elegante,

Inspiras sueños tejidos con corales y joyas vivas,

Así, en la aburrida tristeza de tus semejantes,

Colocas, vivaz y resuelta, la corona de luces de la vida.

 

La lágrima teme con horror tu camino

Y lo ruin, asustado, oculta sus pisadas,

Ya no brama orgulloso y ronco el fatal destino

Sino canta intentando pasar por un dulce arroyo de agua.

 

Al fin encontramos un ángel de naturaleza verdadera

Nosotros, aspirantes a ángeles,

Envueltos en harapos entendemos la cadencia de tus sedas.

 

Sintiendo nuestras espinosas cadenas hechas añicos

Y respirando un cielo que vemos por primera vez,

Sabemos que hemos presenciado una porción de lo divino.

 

 

Belleza oculta

Belleza oculta.

Pisaba Albanio ya el umbral de la adolescencia, e iba a dejar la casa donde había nacido, y hasta entonces vivido, por otra en las afueras de la ciudad. Era una tarde de marzo tibia y luminosa, visible ya la primavera en aroma, en halo, en inspiración, por el aire de aquel campo entonces casi solitario.

Estaba en la habitación aún vacía que había de ser la suya en la casa nueva, y a través de la ventana abierta las ráfagas de la brisa le traían el olor juvenil y puro de la naturaleza, enardeciendo la luz verde y áurea, acrecentando la fuerza de la tarde. Apoyado sobre el quicio de la ventana, nostálgico sin saber de qué, miró al campo largo rato.

Como en una intuición, más que en una percepción, por primera vez en su vida adivinó la hermosura de todo aquello que sus ojos contemplaban. Y con la visión de esa hermosura oculta se deslizaba agudamente en su alma, clavándose en ella, un sentimiento de soledad hasta entonces para él desconocido.

El peso del tesoro que la naturaleza le confiaba era demasiado para su sólo espíritu aún infantil, porque aquella riqueza parecía infundir en él una responsabilidad y un deber, y le asaltó el deseo de aliviarla con la comunicación de los otros. Mas luego un pudor extraño le retuvo, sellando sus labios, como si el precio de aquel don fuera la melancolía y aislamiento que lo acompañaban, condenándole a gozar y a sufrir en silencio la amarga y divina embriaguez, incomunicable e inefable, que ahogaba su pecho y nublaba sus ojos de lágrimas.

Guerra y Navidad

Estoy seguro de que, a estas alturas de la evolución social humana, cualquiera que haya tenido acceso a una educación más o menos libre y la haya usado para pensar por sí mismo sabrá de sobra lo absurda que es cualquier guerra. Es algo obvio. Al fin y al cabo hablamos de seres humanos que se matan sin ningún motivo real para ellos. Siguiendo órdenes que no cuestionan en ningún momento, pero que no tienen, en realidad, ningún sentido con respecto a sus vidas personales.

Recuerdo aún el momento en que sentí esta idea desgarrarme por dentro: La idea del horror de la guerra por que sí, sin ninguna base real. Yo tenía dieciséis años, la mitad que cuando escribo esto, y estaba en una clase de historia. El profesor nos habló de la tregua de navidad, el famoso acontecimiento ocurrido en 1914 en el cual las tropas alemanas e inglesas, en plena primera guerra mundial, cenaron juntos en Navidad y jugaron al fútbol entre ellos. Una tregua espontánea que los altos mandos, cómo no, condenaron e intentaron evitar activamente. Cuando el profesor lo dijo yo no lo podía creer. Sobre todo pensaba lo siguiente: Si se han dado cuenta de que no tienen nada entre ellos, de que no son enemigos de verdad y que solo deben matarse porque alguien que ni siquiera está allí lo desea ¿por qué volvieron a enfrentarse poco después cuando acabó la tregua? ¿Por qué no se fueron a sus casas con sus familias? Y le dijeron a los presidentes y a los generales “aquí están las armas, terminad vosotros el trabajo”.

Como digo, aquello me dejó muy impresionado. Ahora pienso que quizá el ser humano tiene una tendencia a buscar líderes y seguirlos y, aunque soy optimista y creo que la cosa mejora, la inercia interior que nos hace comportarnos así es poderosa. La historia humana desde el principio hasta hoy tuvo líderes, aunque por suerte, al menos en algunas partes del mundo, cada vez más cuestionados.

Creo que es bueno recordar hechos como la tregua de navidad, ya que, aunque a algunos les escueza mucho, las cosas mejoran y las libertades avanzan. Es inevitable, es el propio ímpetu de la naturaleza humana: mejorar, avanzar, superarse. Quizá me equivoque, pero yo así lo siento y me alegro porque me hace ser más optimista. Y también más feliz.

Un poco de filosofía jamaicana para despedirme.

“No temas a la bomba atómica, ellos no pueden detener el tiempo”

Bob Marley, Redemption Song.

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