El terrorista literario

Me gustaría comunicarle, siempre escribiendo bonitamente, lo siguiente:

Este escrito está escrito por mí. O sea, yo. Aclarado este punto y sin esperar despunte, punteemos el próximo tema: el motivo.

El fin de esta carta tan hermosamente adornada, es, por decirlo jodiendo: convencerle de la necesidad de un convencimiento tan necesario. Así pues y por tanto, no queda sino, una vez más (o menos) decirle un par de cosas, o puede que tres. O incluso cuatro.

Lo que viene a ser realmente y francamente desagradable, o puede que francamente y realmente desagradable, quién sabe.

Sea como sea, váyase a la mierda.

Y de paso, muérase. Pero para ese lado, que aquí estoy yo.

Cabrón.

 

La carta anónima fue introducida en un contenedor para explosivos nucleares inestables por un robot manejado por el ejército. Nadie pudo evitar la tragedia. El director de la sucursal de los Pollitos Alegres murió debido a un ataque de mal gusto, agudizado por un acceso incredulidad palpitante e inducido, de forma obvia, por aquella carta diabólica.

Hay quien sospechó de algún empleado recientemente despedido, sea como fuere, las investigaciones ya estaban en marcha. Para agravar los hechos, el secretario, que leyó dos líneas de la carta, sufrió un derrame cerebral.

 

Tomás leía la noticia cada vez más nervioso. Era cierto que la carta tenía un poco de mala leche pero no para que se montase aquello. Un poli se fijó en él, avisó al que le acompañaba y empezaron a acercarse. Él intentó huir pero la propia gente lo agarró. “¡Es el terrorista literario!” “¡Que no escape!”, gritaban.

Tomás golpeó a uno de los viandantes con un gancho de adverbio y lanzó un gerundio bien pesado a uno de los polis, pero no hubo forma de huir.

Mientras lo conducían a los calabozos de la Real Academia Española, cuyas paredes estaban forradas con el diccionario y las reglas de gramática, el pobre tipo no pudo evitar pensar en la mala suerte de mierda que tenía.

Putos Pollitos Alegres, le despiden y enciman lo enchironan en un diccionario gigante.

Tomás se juró a si mismo cultivar el mal gusto a partir de ese día y no volvió a poner una sola tilde en señal de protesta.

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El funfar se va a acabar.

Cuando dijeron en la tele que el fin de los tiempos había llegado, nos meamos de risa. Supongo que la culpa es de todas esas pelis apocalípticas que ponen todo el tiempo, no nos lo tragamos. Creo que ni el gobierno se lo creyó, porque no hicieron nada. Claro que también puede que huyeran a algún búnker.

La noticia explicaba cómo se había roto una bolsa de un peligrosísimo gas bajo la corteza terrestre y que se dirigía, en forma de descomunal burbuja, hacia la superficie del mar Atlántico, donde rompería y se extendería por la atmósfera con consecuencias fatales.

-Vamos a pedir una pizza- les dije a los colegas.

-¡Hay que me escaco! –Gritó el Lenteja, y echó a correr en dirección al baño.

Yo me levanté sorprendido y entre la confusión aproveché para arrozar a la muchacha que había venido con mi otro amigo, la cual venía trimoteada de forma magnífica. Ella me rebotó con pericia y acabé desorientado en medio del pasillo, donde sentí un olor ofensivo en grado sumo cuando el Lenteja salió del baño con una expresión satisfecha. Dado que mi protenturación alimenticia había caído en saco roto, abrí las ventanas para que entrara aire y poder seguir respirando y me cuidé de hacer alguna sugerencia más.

Entonces, mientras mis colegas reían y funfaban con alguna ocurrencia, un airecito fue colándose en la habitación. Noté que olía de una forma extraña y miré al vecino que también estaba asomado.

-¿No estará usted sacudiendo otra vez esa manta apestosa?

-No. Es el gas ese. Huele fatal. –Respondió y se metió dentro sin más.

Entonces miré la playa y vi que estaba literalmente burbujeando.

-Mirad, mirad. –Grité a los chicos.

Dejaron de gilipollear y mofetear y vinieron. Menos la chavala que dijo que se la reconcheaba, que éramos imbéciles y se fue.

Los tres miramos asustados el mar convulso.

-Joooooooder. –Dijo el Suso.

-Joooooooder. –Corroboró el Lenteja.

-¿Y ahora qué hacemos tíos? –Dije. –Es el puto fin de la humanidad.

-Tenemos que decírselo al presidente de la comunidad y que llame al administrador ahora mismo. Esto no puede ser. –Dijo el Suso. Nunca había sido muy espabilado.

-Mira. –Dijo el Lenteja. -Vamos en la furgoneta al interior. Huyamos tío.

En ese momento continuaron las noticias.

“Falsa alarma. El gas no es letal, ha resultado ser una bolsa de humo cannábico que quedó atrapada en un fumadero prehistórico que se hundió hace miles de años. Se recomienda precaución”.

Nos pasamos la tarde pegándonos codazos para poder sacar toda la cabeza por la ventana, mientras se escuchaba el chirriar de todas las persianas del barrio levantándose al mismo tiempo.

Meraqueado por Dani, instrumento ejecutor de la inspiración etílica.

Vocabulario:

 

Funfar: divertirse.

Escacar: huir porque se caga uno.

Arrozar: rozar a alguien de forma estudiada para que parezca accidental.

Trimotear: ponerse elegante para algún evento.

Protenturar: Encabezar una tentativa temeraria.

Mofetear: Hablar mal de gente que no está.

Conchear: sudársela completamente.

Meraquear: Producir una obra artística por inspiración divina.

La parte desconocida

-Si tanto deseas la muerte, aquí la tienes. -susurró la anciana adelantando un frasco con una mano engarfiada y envuelta en un pañuelo.

El hombre la miró a ella y al objeto de forma alternativa. Adelantó su brazo, pero se detuvo a medio movimiento. La pequeña mujer, que observaba con avidez, vio una sombra cruzar los ojos del hombre. El cual, súbitamente, arrebató el frasco de la mesa y salió de la miserable tienducha a paso vivo.

La anciana vio al tipo mezclarse con la muchedumbre de los barrios bajos. En su sonrisa había una pizca de duda; la impaciencia del hombre no la había dejado explicarle todo el asunto. Pero pronto se olvidó, recogió las monedas de la mesa y empezó a mezclar semillas en el mortero.

El hombre caminó medio ido, sin aparente rumbo fijo, hasta que se topó con un lugar que conocía bien: el cementerio. Ya anochecía y le pareció buena idea terminar el asunto allí mismo. Había cierta elegancia poética en aquello, por no hablar del trabajo ahorrado.

Saltó la baja pared sin dificultad, y, aunque anochecía y no se veía un alma, se sentó en lo más oscuro. Por un momento las ramas de los árboles danzaron y la brisa le tocó el rostro. Le provocó un pellizco de duda. Pero recordó, recordó con ojos sombríos y la duda se esfumó.

Sin pensarlo, sacó el frasco del bolsillo y, violentamente, tragó su contenido. Le pareció sentir un calor en la garganta y luego un leve picor. El sabor era agradable, entre dulce y ácido. Miró el frasco: solo era una pequeña pieza de cristal sin ninguna leyenda. Mientras lo miraba un rápido sopor se apoderó de él. Apenas podía moverse y los párpados le pesaban cada vez más. Se fijó en la Luna, cuyo halo parecía un lago de plata en el cielo. Cerró los ojos.

Pensó que la vida era realmente extraña y luego murió. Pero antes, en ese lapso, ocurrieron infinidad de cosas.

Fue saltando hacia atrás en el tiempo por su propia vida: revivió su última época de tristeza, luego la separación de su esposa e hija, retrocedió hasta el nacimiento de ésta última y después hasta el día de su boda. Llegó a los años en que era un adolescente, un niño, un bebé, y siguió más allá.

Fue sus padres, sus abuelos y aún siguió. Siendo cada vez más personas, viviendo cada vez más vidas. Contempló la construcción de la Torre Eiffel, navegó por mares inexplorados con los portugueses, corrió entre los hielos con los primeros vikingos, vio el sol naciente tocar con sus rayos las columnas de la acrópolis y vio elevarse a través de los años las pirámides de Egipto. Admiró a los artesanos tallando el Valle de los Reyes y se vio entre extraños cultos babilónicos teñidos de fuego y sangre.

Y vio mucho más, cada vez más. Fue uno con los primeros hombres, hasta que su comunicación se volvió gradualmente más rudimentaria, y se transformó, poco a poco, en un animal irracional. Pero aún veía y comprendía. Y los años, siglos y edades se amontonaron en sus sentidos, temblaron en su conciencia y cobraron un nuevo significado.

Y al final del todo, cuando ya no quedaba vida en la tierra, cuando no había luz en el universo, al final de la existencia encontró algo más. Algo inesperado.

Supo que nada podía desatar el alma humana de la realidad y que, si la vida tenía una naturaleza ilusoria, la muerte no era más que la sombra de un espejismo.

Una alegría desconocida bailó con su alma y vio infinitos principios extenderse ante su mirada.

El vigilante tardó un buen rato en darse cuenta que el hombre estaba muerto. Parecía dormir y sonreía de forma enigmática. Cuando se dio cuenta que no era ningún borracho ni vagabundo pasando la noche allí, llamó a la policía. Mientras esperaba encontró una curiosa botellita tirada cerca del cuerpo, la examinó sin tocarla. Alguien le había arrancado la etiqueta pero por la forma supo lo que era.

Sus tendencias alcohólicas le habían hecho un experto y reconoció al instante un frasquito de muestra de licor de frutas de una famosa casa comercial.

Los coches de la policía ya se escuchaban fuera y el vigilante fue a su encuentro, pero se sorprendió al echar una última mirada al cadáver.

Parecía sonreír aun más.

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