El espíritu de la música.

La música brilla. La música perfuma. A veces tiene sabor y, sobre todo, la música toca. Quien la ame sabe bien de lo que hablo. No es casual que los maestros clásicos llamaran movimientos a las diferentes partes de sus composiciones. Porque la música nos mueve, nos cambia. Ella misma es en sí una especie de movimiento, de recorrido, donde puede acostarse uno en el ritmo, sumergirse en el vaivén y dejarse llevar.

La música es pura. Es la esencia desnuda; si algo puede saberse de lo más profundo, de lo más secreto, está en su centro. El misterio no puede explicarse, solo sentirse. Su naturaleza no es lógica ni discursiva; es sentimental, irracional y por ello, quizá, mucho más verdadera.

La música no se dirige a la mente, sino al corazón. Y si algo tiene algún sentido es lo que vive ahí dentro. Si algo puede justificarlo todo está encerrado en lo más profundo de nosotros, en nuestras emociones esenciales. Y su lenguaje es la música.

Es eterna. No en tiempo, sino en significado. Es la parte que podemos percibir de esa otra cara de la existencia, ese otro mundo, que sustenta nuestra realidad, sobre el que crecen nuestros débiles razonamientos y reglas lógicas queriendo ordenar, atrapar conceptos, como un cedazo que en vez de oro recogiera minúsculas verdades pasajeras.

Y, por supuesto, es hermosa. La música es la más valiosa flor que la humanidad se ha regalado a sí misma. Algo que trasciende la estética y llega más allá del propio hombre. Que escala fuera de nuestra caverna hacia lugares fuera de nuestro alcance. Porque la música tiene alas, y vuela.

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Historia del universo versión de bolsillo

Bueno, ya saben. Primero la nada y después, el punto mágico: explota, se expande, bla, bla, bla. Unos miles de millones de años después ya tenemos nuestro planeta. Se forma y ¡mira tú! Aparece un charco, burbujea un poco y unas cuantas y nuevas reacciones químicas después, la vida. Pasa un tiempecito, bueno, unos millones de años, y sale algo del agua. Primero se arrastra, después corre y, al final, hasta vuela. Se reproduce y la vida cubre el mundo. Entonces aparecen unos seres peludos y, de ellos, otra vez algo nuevo: la inteligencia.

Construyen sociedades y las aniquilan, las reconstruyen para volver a aniquilarlas. Al final consiguen algo de estabilidad, al menos en algunas zonas. El planeta se globaliza poco a poco y hasta parecen estar bien. Pero hay que hacer todas esas tareas aburridas y repetitivas ¿verdad? Reflexionan y llegan a una clara conclusión: “Que lo haga otro”. Y así se crea algo nuevo, la inteligencia artificial.

Luego, bueno, las cosas van mal. Guerras y eso. Explosiones, devastación. En fin, parece que los robots, con su nueva conciencia, no se toman bien su papel. Y los peludos, por decirlo así, vuelven al charco.

La cosa parece ir bien, la sociedad robótica no puede estar más satisfecha. No obstante, aún hay que mantener extracciones mineras para conseguir materiales, centrales eléctricas. Un robot también tiene sus necesidades.

Así que se les ocurre algo, un invento. Los llaman los tiernos, sacados de un patrón genético de los tiempos de la guerra. Son blanditos y si los pinchas se retuercen ¿qué daño pueden hacer? Están diseñados para trabajar. Les proporcionan mentes biológicas con funciones cuánticas, para que sean más rápidos y tal.

Y después más guerra. Ya saben. No es nada nuevo. Hasta que algo la interrumpe, una emisión de una supernova cercana. El planeta arde y convulsiona. La inteligencia artificial y biológica se extinguen. ¿Nada sobrevive? Bueno, algo sí. Aunque dañada, la estructura del ordenador central sigue funcionando, su energía bebe del propio calor del centro del planeta.

Y, sola en medio de la destrucción y el polvo radiactivo de un cascaron vacío, una mente cuántica se hace una pregunta una y otra vez.

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