Estuve muerto y me acordé de ti (un relato de Mundodisco)

 

 

1

 

–¿Tienes un poco de chile? –Dijo la Muerte.

–¿Chile? –Respondió con sorpresa Rincewind.

–Sí, seguro que llevas un poco. Te cambio un tarro por un puñado más de vida.

El pobre tipo rebuscó en sus bolsillos.

–Mira, esto es tabasco, queda un poquito.

–No me vale. Lo siento, amigo. No pega con lo que tenía pensado para cenar. Aquí tienes tu boleto, cógelo.

El mago cogió una especie de billete de lotería y se estremeció al ver cómo el descarnado rostro sonreía. En el papelito ponía “Entrada al cielo literario – Pase para un adulto” y se mostraba un dibujo de un angelito saliendo de un libro.

–Estoy muerto ¿verdad?

–Sí, pero no hagas mucho drama. –Contestó La Pelona. –Aún tengo que recoger a unos cuantos y no tengo toda la noche. Aprieta fuerte tu ticket y déjate llevar.

Rincewind hizo lo que la Muerte le decía. El billete empezó a elevarse y, tras él, su cuerpo, que parecía no pesar nada. El mago intentó recordar, ni siquiera sabía cómo había muerto. Antes de poder aclararse se encontró haciendo cola ante un mostrador.

Cuando fue su turno miraron su ticket y lo mandaron a la sección correspondiente.

–¿Pueden decirme al menos como he muerto? –Protestó el mago.

–Para eso debe ir a reclamaciones. Pero está cerrado por falta de personal. Póngase en el eyector, por favor.

Rincewind se colocó sobre el círculo que señalaba el funcionario y salió disparado, fue subiendo cada vez más alto, hasta que, cuando pasaba por las nubes, un tipo lo cazó con una red.

–¡Aquí tenemos uno! –Gritó entusiasmado y relamiéndose.

En cuestión de segundos una multitud de ávidos rostros lo rodeó. Uno llevaba un tenedor y otro un trinchante. Vestían con harapos y trozos de nubes.

–Este es todo huesos. –Protestó el que parecía el jefe. ­–No daría ni para un caldo decente. Cada vez vienen espíritus de peor calidad. ¡Al carajo!

Lo arrojaron al vacío sin más. El mago cayó suavemente, como una hoja mecida por el viento.

Después de un buen rato su etéreo cuerpo se posó en lo que parecía un campo de batalla. Una llanura cubierta de cadáveres ensangrentados. El mago pensó en lanzar un hechizo de pies ligeros y largarse de allí, pero mientras lo tejía con sus dedos alguien lo increpó.

–Tú. Canijo. ¿Qué haces aquí? Yo no te he visto pelear ­–el vozarrón venía de su espalda.

–Sí. Este es un listo. Quiere sumarse a la fiesta por la cara.

Rincewind se volvió y observó el espíritu de dos guerreros vikingos.

–Yo… –Empezó a decir el mago.

–Silencio. –Dijo el espíritu más alto. –Ya vienen. Son ellas. –Un viento trajo un murmullo de caballos al galope.

–Pero Ragdor, sacudámosle un poco antes de que lleguen. Es un aprovechado. –dijo el más bajo.

–Es cierto. Ven aquí, pequeño idiota.

Rincewind, alarmado, ejecutó su hechizo de pies ligeros que, con la distracción, se convirtió en un encanto de amor primaveral. Falló otra vez y el conjuro quedó volando en el aire. Sin otra cosa que hacer echó a correr alejándose de aquellos espíritus tan violentos, pero en ese momento empezaron a emerger muchos más, cientos de ellos. Salían de los cuerpos y miraban al cielo.

El mago siguió la dirección de sus miradas y vio a las valquirias. Montaban en caballos que parecían tallados en nácar y plata y flotaban por el aire, recogiendo a los espíritus de los guerreros más valientes. Una de ellas se fijó en el pequeño hechizo de amor del mago y se detuvo ante él. Lo tocó y el hechizo la imbuyó con su magia.

–¡Ahí está!

Esta vez no eran solo los dos espíritus, había más de cincuenta. Miraron iracundos a Rincewind y lo llamaron intruso y cosas peores mientras se lanzaban sobre él. El mago corrió desesperado y, cuando estaban a punto de atraparlo, la valquiria que había sido víctima de su hechizo lo recogió y volaron altos en el aire. Aquello ya era demasiado para sus pobres nervios y el mago se desmayó.

 

 

 

2

 

Despertó sobre el regazo de una chiquilla. Sus muslos níveos eran como nieve con tacto de seda. El mago la miró a los ojos y lo que vio lo lleno de maravilla y de terror. Aquella mirada estaba llena de amor, pero no era la de una niña. Había insondables pozos de sabiduría en su fondo. Se sintió intimidado e intentó recordar la duración del conjuro amoroso. No pudo, en realidad era la primera vez que conseguía lanzarlo con éxito.

Una fragancia hizo que mirara a su alrededor mientras la muchacha acariciaba su barba. Estaban en un prado inmenso lleno de flores que parecía perderse en el infinito, pero una titánica construcción se levantaba cerca de ellos. Era un palacio de oro, cuyas torres se perdían en las alturas.

–¿Dónde estamos?

–Este es el Valhalla, mi amor. En ese palacio entrenan los mejores entre los mejores, se preparan para la batalla final. Se dice que el mismo Odín conducirá sus ejércitos de dioses y elegidos y que la guerra provocará el fin del mundo.

La valquiria seguía mirándolo con ternura y el pobre mago se sintió atrapado. Le entregó una ramita de enebro cubierta de florecillas y él la cogió mientras sonreía nervioso. Estaba convencido que cuando el efecto del hechizo desapareciera, aquella chiquilla no tendría demasiados problemas para rebanarle la cabeza con la espada que llevaba al cinto. Tenía que huir. Además, sospechaba que aquel palacio brillante estaba lleno de espíritus vikingos enfurecidos.

Rincewind pensó lanzarle un envite al destino y jugársela. No parecía tener muchas opciones. Le dijo a la valquiria que tenía que ir a hacer cosas privadas y se escondió tras un pequeño arbolillo. Sacó el pequeño manual de magia tamaño bolsillo que llevaba colgado al cuello y escondido debajo de la túnica y buscó en él con rapidez.

Teletransporte. Eso era lo que necesitaba. Buscó las coordenadas de su habitación en la academia de magos y empezó a preparar el hechizo. Fue desenvolviéndolo poco a poco en su mente, con cuidadosa precisión ejecutó los movimientos indicados y pronunció las sílabas con precisión. Espero unos segundos y ahí estaba, el portal apareció ante él.

–¿Qué estás haciendo? –La valquiria avanzaba hacia él, pero no parecía ver el umbral mágico.

–Lo siento. –Fue lo único que se le ocurrió al Rincewind.

Y saltó.

 

 

3

 

–¿Tienes un poco de…­? – Dijo una voz. ­–Ah, eres tú otra vez. ¿Intentando escapar de la muerte? Eres demasiado ingenuo para ser un mago.

–Oh, no.

–Sí. Sigues muerto ¿recuerdas?

Rincewind disparó su último cartucho.

–¿Qué vas a cenar esta noche? –Preguntó.

–Pues he quedado con los jinetes del Apocalipsis. –Respondió la muerte. –vamos a hacer pollo.

–¿Pollo con qué? –Preguntó Rincewind.

–No lo había pensado.

–Mira, esta ramita de enebro celestial le dará al pollo un sabor exquisito. Tus invitados querrán repetir. Te lo garantizo.

La muerte cogió la pequeña ramita y miró las flores.

–Sí que es rara, sí. ¿Enebro celestial? Lo probaré.

–Bueno ¿me darás un poco más de vida entonces?

–Venga, que no se diga, que siempre he tenido muy mala fama –dijo la Pelona. –Te doy unos cuantos plazos más. Pórtate bien.

–Espera ¿cuánto tiempo de vida tengo?

Una nube de colores envolvió al mago que giró y giró en un extraño vórtice. Tras unos instantes, un movimiento de succión lo lanzó hacia abajo y cayó en el camastro de su habitación de la academia de magia.

Se estiró en la cama y suspiró. Se relajó por fin y se quedó profundamente dormido.

Cuando la voz lo despertó casi estaba amaneciendo.

–Incluso para un mago como tú la muerte siempre debe ser una sorpresa. Pero no temas, nos veremos. Por cierto, maravillosa receta. –Dijo con una estremecedora sonrisa y desapareció no sin antes soltar un largo eructo.

Rincewind, indignado, se tapó la cara con la almohada cuando le llegó el olorcillo a enebro. Giró la cabeza y observó, a través del ventanuco, cómo la normalidad volvía a rodearlo. El mago suspiró de satisfacción. Casi podía sentir Mundodisco, su querida tierra, bajo su cuerpo. La sensación de cotidianidad le pareció una delicia. Las cosas seguían igual, el gran disco del mundo, sobre los lomos de cuatro titánicos elefantes, recorría el caparazón de la tortuga astral, la cual navegaba por el espacio. Todo tan familiar, pensó Rincewind. Y se quedó dormido envuelto en una sensación de placidez y sosiego.

 

 

FIN

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El espíritu de la música.

La música brilla. La música perfuma. A veces tiene sabor y, sobre todo, la música toca. Quien la ame sabe bien de lo que hablo. No es casual que los maestros clásicos llamaran movimientos a las diferentes partes de sus composiciones. Porque la música nos mueve, nos cambia. Ella misma es en sí una especie de movimiento, de recorrido, donde puede acostarse uno en el ritmo, sumergirse en el vaivén y dejarse llevar.

La música es pura. Es la esencia desnuda; si algo puede saberse de lo más profundo, de lo más secreto, está en su centro. El misterio no puede explicarse, solo sentirse. Su naturaleza no es lógica ni discursiva; es sentimental, irracional y por ello, quizá, mucho más verdadera.

La música no se dirige a la mente, sino al corazón. Y si algo tiene algún sentido es lo que vive ahí dentro. Si algo puede justificarlo todo está encerrado en lo más profundo de nosotros, en nuestras emociones esenciales. Y su lenguaje es la música.

Es eterna. No en tiempo, sino en significado. Es la parte que podemos percibir de esa otra cara de la existencia, ese otro mundo, que sustenta nuestra realidad, sobre el que crecen nuestros débiles razonamientos y reglas lógicas queriendo ordenar, atrapar conceptos, como un cedazo que en vez de oro recogiera minúsculas verdades pasajeras.

Y, por supuesto, es hermosa. La música es la más valiosa flor que la humanidad se ha regalado a sí misma. Algo que trasciende la estética y llega más allá del propio hombre. Que escala fuera de nuestra caverna hacia lugares fuera de nuestro alcance. Porque la música tiene alas, y vuela.

Historia del universo versión de bolsillo

Bueno, ya saben. Primero la nada y después, el punto mágico: explota, se expande, bla, bla, bla. Unos miles de millones de años después ya tenemos nuestro planeta. Se forma y ¡mira tú! Aparece un charco, burbujea un poco y unas cuantas y nuevas reacciones químicas después, la vida. Pasa un tiempecito, bueno, unos millones de años, y sale algo del agua. Primero se arrastra, después corre y, al final, hasta vuela. Se reproduce y la vida cubre el mundo. Entonces aparecen unos seres peludos y, de ellos, otra vez algo nuevo: la inteligencia.

Construyen sociedades y las aniquilan, las reconstruyen para volver a aniquilarlas. Al final consiguen algo de estabilidad, al menos en algunas zonas. El planeta se globaliza poco a poco y hasta parecen estar bien. Pero hay que hacer todas esas tareas aburridas y repetitivas ¿verdad? Reflexionan y llegan a una clara conclusión: “Que lo haga otro”. Y así se crea algo nuevo, la inteligencia artificial.

Luego, bueno, las cosas van mal. Guerras y eso. Explosiones, devastación. En fin, parece que los robots, con su nueva conciencia, no se toman bien su papel. Y los peludos, por decirlo así, vuelven al charco.

La cosa parece ir bien, la sociedad robótica no puede estar más satisfecha. No obstante, aún hay que mantener extracciones mineras para conseguir materiales, centrales eléctricas. Un robot también tiene sus necesidades.

Así que se les ocurre algo, un invento. Los llaman los tiernos, sacados de un patrón genético de los tiempos de la guerra. Son blanditos y si los pinchas se retuercen ¿qué daño pueden hacer? Están diseñados para trabajar. Les proporcionan mentes biológicas con funciones cuánticas, para que sean más rápidos y tal.

Y después más guerra. Ya saben. No es nada nuevo. Hasta que algo la interrumpe, una emisión de una supernova cercana. El planeta arde y convulsiona. La inteligencia artificial y biológica se extinguen. ¿Nada sobrevive? Bueno, algo sí. Aunque dañada, la estructura del ordenador central sigue funcionando, su energía bebe del propio calor del centro del planeta.

Y, sola en medio de la destrucción y el polvo radiactivo de un cascaron vacío, una mente cuántica se hace una pregunta una y otra vez.

¿Por qué?

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