A raíz de mi gusto por la filosofía y de haber escuchado hablar de él, primero de forma general y después por gente cuyo criterio respeto, me decidí a leer la ética de Spinoza. Su título completo es «Ética demostrada según el orden geométrico» lo cual ya da cierto canguelo. Lo curioso es que algo con un título tan soporífero pueda ser tan interesante. Porque lo es.
Spinoza intenta alejar todos sus gustos y preferencias de su criterio y lo hace siguiendo un orden estrictamente lógico para cada paso de su razonamiento. Intenta no especular ni suponer nada y para ello crea definiciones, nexos lógicos, y los pone a bailar en una coreografía que, como él mismo diría, es necesaria y no contingente, ya que no puede ser ni ser concebida de otro modo.
Así, Spinoza acaricia ese objeto que siempre está en la boca de todo el mundo, pero casi nunca en su mente: la objetividad. No es su criterio el que nos habla, él solo interpreta las conclusiones inevitables que manan de las reglas de la naturaleza.
Spinoza no solo forja un método de razonamiento lo más objetivo posible, sino que lo usa para hacer herramientas que en su época resultaron demasiado afiladas. Y con ella construye razonamientos que parecen imposibles de negar, usando ejemplos elegantes y con una sutileza digna de elogio.
Como digo, sus incómodas conclusiones lo llevan a ser expulsado de la comunidad religiosa judía y despreciado por los cristianos. Sin embargo, él se mantiene firme y no abandona sus ideas ni métodos. Lo que hace de él un hombre que respeta la honestidad en su pensamiento y también en sus acciones.
Pero vamos al grano ¿Cuál es el terrible pecado de este señor? Que la lógica más básica le lleva a pensar que la libertad no existe ni es posible. No solo no es libre un insecto programado por su ADN, tampoco usted ni yo, ni siquiera Dios es libre. Pero dejemos a Dios para otro día. ¿Por qué la libertad no existe?
Bien. Imaginemos que sostenemos en la mano, por ejemplo, una bola de billar. Si la soltamos la bola caerá por causas externas a ella, es decir, por las leyes de Universo, las cuales incluyen la gravedad. La bola no puede no caer ni caer de otra forma de la que cae, ya que, dadas unas circunstancias iniciales y unas reglas fijas, solo puede ocurrir una cosa. El determinismo es dueño de la bola ¿Pero y la mano que la sostiene?
Según creemos, la mano podría haberse abierto, podría haberse mantenido cerrada, haber lanzado la bola hacia arriba o haber elegido una acción entre infinitas posibilidades. ¿Por qué? Porque somos seres vivos y disfrutamos del libre albedrío. Spinoza niega esto.
Antes de explicar cómo lo hace, me gustaría recordar aquella idea de Nietzsche, el cual estaba muy cerca de ser determinista también. No recuerdo la frase exacta, pero decía que el concepto de libre albedrío es un invento del cristianismo cuyo único fin es hacernos sentir culpables.
Pero sigamos. ¿Por qué nos somos libres? Porque, aunque los seres humanos no somos bolas de billar, en este caso nos comportamos como ellas. Somos, como todo lo que existe, como el mismo Dios, presa del determinismo impuesto por la mecánica del Universo.
Sólo creemos ser libres porque no podemos comprender las infinitas, sutiles y enrevesadas causas que nos llevan a hacer, pensar o sentir cualquier cosa. A ello le llamamos caos, sistemas impredecibles. ¿Pero qué es el caos sino el final del radio del conocimiento humano? Más allá está lo desconocido, pero eso no significa que no exista o no cumpla ciertas reglas, significa que no sabemos qué es ni cuales son.
Por tanto, la bola es tan libre como usted o como yo, solo que nuestras cadenas de causas y efectos, las que nos llevan por el raíl de la vida, nos son desconocidas. Lo que llamamos libertad surge del caos, imagen humana del desconocimiento. Es una ilusión, simplemente.
No sé si esto es verdad o no, pero es apasionante y es difícil no pensar en los mitos del pasado. Porque antes de ser una estrella, el Sol fue un dios, y también lo fueron la lluvia y las tormentas. Ahora hemos encontrado explicaciones para ello. Quizá algún día las voliciones libres sean un mito mental, como el del Diluvio o el del carro del Sol. Sea como sea, cada día siento más que el ser humano vive en su propia ficción fantástica y las cosas que creemos, hacemos o pensamos tienen una conexión con la realidad mucho más débil de lo que creemos.
Y antes de despedirme quería lanzar una última pregunta. Si alguna vez la libertad se revela como algo imposible y se demuestra que así es, no solo el futuro sería predecible, sino que la moral, el sistema judicial y todos los afectos y odios de nuestro corazón serían pura ficción. Da vértigo ¿eh? Casi todas las bases de nuestro mundo se convertirían en puro humo.
Espero que os haya resultado interesante. Se me ocurren muchos pequeños artículos como éste, lástima que sea un indomable perezoso y la mayor parte de esas ideas se disipen sin dar la lluvia de la turra.
¡Hasta la próxima!