Cadena de Haiku sobre Haiku

 

 

1.

El hombre sueña

Tumbado junto al río

Con agua clara.

 

 

 

2.

En nuestro jardín

Tibias penumbras verdes

Danzan ocultas

 

 

 

3.

Viento vertical

Arropa mis anhelos

Entre las nubes.

 

Si alguien quiere poner el suyo puede hacerlo en los comentarios.

¡Vamos anímense!

Tendamos cadenas de oro de estrella a estrella como escribió Rimbaud. O, en este caso, guirnaldas de poesía de blog a blog.

 

 

 

 

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La respuesta.

 

 

En el Valle de Araloth las palabras y la música se percibían como figuras, formas y colores. Privados del sonido, componían sus discursos y canciones dibujando en el aire con sus voces e instrumentos. Su cielo estaba lleno de fulgurantes disertaciones y delicadas melodías. Las nubes competían en belleza con palabras y canciones.

Los poetas adornaban las alturas con sus sentimientos, las convertían en espejos de sus almas y, aunque uno sufriera y la tristeza lo embargara, siempre se podía mirar hacia arriba y sumergirse en aquel sublime espectáculo.

A menudo, como una cometa traviesa, algún pensamiento o canción escapaba de su dueño hasta convertirse en un ente por sí mismo. Normalmente desaparecía, pero, en ocasiones milagrosas, seguía corriendo por el cielo, buscando otras formas sueltas a las que unirse y formando hermosos sistemas y constelaciones de colores.

Un día llegó un mensaje de otro lugar, otra realidad. Nadie sabe cómo, pero se apoderó del aire y del cielo. Era una estática grisácea que sumía todo en niebla y monotonía. Los habitantes de Araloth cantaron y gritaron, suplicaron y lloraron, pero sus voces eran rápidamente cubiertas por el miasma que contaminaba su visión.

Aquellos seres se desesperaron y creyeron que todo había acabado. Se dieron por vencidos y apagaron sus voces, resignados. El gris, cada vez más espeso, estrangulaba y encogía sus corazones.

Hasta que, en el cénit, un punto luminoso apareció. Al principio era una manchita en el océano de niebla, pero comenzó a expandirse y a absorber el oscuro miasma. Cada vez más rápido, borraba con luz la oscuridad, y con color, la nada. Y como un colosal fénix pronto ocupó todo el cielo, haciendo arder las tinieblas.

Entonces los habitantes de Araloth miraron de nuevo a las alturas. Y reconocieron aquellas palabras que, por sí mismas, los habían salvado. Leyeron en sus colores, en sus vibraciones y en su belleza. Y vieron que aquello no era sino uno de sus pensamientos que había cobrado viva propia.

Su nombre era “esperanza.”

Cenizas

 

 

Tras el parpadeante velo, las pequeñas mariposas de fuego se acercaron a la máscara viva, iluminándola, y de ella surgió una voz que eran muchas, que eran todas:

Cae la noche  y laten los sueños,

Ya pasó el cenit y el amanecer está olvidado.

Y, oscuro entre las brumas, se aviva el deseo humano,

Tarde, pues ya se funden en la nada los anhelos.

 

Comprendí y la tristeza me embargó. Porque entre aquellas infinitas voces reconocí la mía. Miré atrás, a mi propia vida; repetida incontables veces a través de los siglos y la tierra. Entonces frené mis lágrimas y atravesé el velo. Las mariposas me quemaron la piel al apartarlas y, decidido, arranqué la última máscara del hombre.

El vacío me devolvió la mirada mientras mi ser se reducía a cenizas.

 

 

 

La voz del amanecer.

 

 

La voz del amanecer.

Las estrellas, salvajes y afiladas, clavaban sus uñas en la blanda noche. En el cielo amoratado, una vaporosa y enferma Luna sonreía vagamente. Las nubes, incendiadas, formaban escaleras de ojos que escrutaban el alma humana. El silencio de cristal temblaba en nuestros dedos y en nuestra mirada. Llorábamos oscuros presagios que se diluían en las gotas de lluvia negra.

Pero entre el miedo y la confusión una voz se elevó clara, y cortó la oscuridad como un cuchillo de llamas. El pavor nauseabundo despareció, quemado por la claridad, como si jamás hubiera existido.

Y el silencio de la noche se hizo añicos contra nuestras pestañas mientras se oía una voz hermosa de mujer; una voz de brisa, de tallo tierno, una voz de esperanza, de promesas.

Nos bañamos en su caricia, nos hicimos uno con ella.

Así despertamos al día imperecedero. A la luz prometida. Y entre las nubes hechas de leves canciones, altos entre los cielos, soñábamos. Y el sonido de la felicidad, como un rumor de río, como un suspiro de viento, nos acompañaba allá donde fuéramos.

Y los remos de los vientos se llevaron lejos la noche y la muerte.

Así, acunados en la voz luminosa, pudimos por fin descansar.

 

 

A Pedro Salinas

I

Pastor de palabras

 

A través de tu alma tierna

Nos enseñaste

Que cada beso es un milagro,

Que las puertas del paraíso

Formando un “sí” eterno

No están más allá de sus labios.


Cómplice de cada átomo de belleza,

Desde tu página, nos sonreías.

Español exiliado, antigua melodía.

Tu luz trocó en mares las tinieblas.


Y el aire, canto azul, azul de Mayo,

Y la ardiente vida, celebrada,

Sienten sus presencias afirmadas

Y fortalecidas por tu trazo mago.


Trazo de nieve delicada,

Trazo de arroyo, de nube;

Atraviesa, vertical, el tiempo,

A través del dorado de la Luna,

A través de nuestros sueños.

II 

El hombre que sembraba cielos.

 

Alumbrando la luz de la primera estrella,

Meciéndola en palabras susurradas,

Se extiende un amor suave sobre la noche,

Que fluye de tus manos, en cascadas.


Jardinero de estrellas y burbujas

Hábil contable de lo efímero

Que tocas la belleza

Como la luz de un candil tímido.


Jardinero de lo que crece en el alma,

Cariños, deseos insospechados

Magia regada por tu mano

Con la tibieza estelar cosechada.


Tu presente: la sobrecogedora vida.

Tanta, que apenas la contienen los sentidos.

Bateando la plata entre el plomo,

Deshojando la brisa

De sus suspiros de oro.


Nos encuentras,

Orfebre de lo vivo,

Soñando tu amor,

Con tu amor dormidos.

 

Canción de medianoche.

 

 

No nací de mujer ni de hombre.

Nací de los fuegos del infierno.

Soy una brasa efímera cuyo vuelo

No tiene meta, ni tiene nombre.

 

El aliento de la maldad me impulsa

Y las noches son tajadas jugosas

De hambres, de miedos, de sobras

Desechos de esta humanidad insegura.

 

Y si sobre mi estela te encuentro

Digiero tu dolor y escupo tu alegría

Trocando medianoches por mediodías

Y abismos por paredes, techos y suelos.

 

Llora y diviérteme, la noche se acaba

La luz amenaza mi deleite y mi canción.

Entrega ya tu última suerte, perdedor.

Arrástrate sobre el fango que me lava.

 

Y la chispa muere sobre la conciencia,

Aliviando su dolor con dolor ajeno

Queda latente y a la espera

Acechando otro nido, otro agujero.

 

 

Luces del amanecer

 

La magia se filtró entre las nubes, nadie sabía de dónde venía. Su poder se mezcló con las luces del amanecer, que fueron su vehículo hacia la tierra. Así, en cada lanza de luz y en cada hilo de oro que descendía suavemente podía verse fluir su esencia desnuda.

Miré alrededor, buscando compartir la maravilla, pero los rostros, las calles empedradas, toda la ciudad se había esfumado. Sin embargo supe que me encontraba en el mismo lugar, solo que ahora lo ocupaba un valle de altas hierbas verdes donde el viento dibujaba ondas y corrientes caprichosas.

Pero aunque el peso de la sustancia mágica ralentizara la ligereza de la luz pura, aquí y allá, en diferentes lugares del valle, la luz líquida embebida de la nueva esencia empezaba a tocar las verdes hondonadas y las suaves colinas. Y donde la luz dorada besaba la tierra surgía una vegetación colorida que florecía en segundos y del interior de las flores recién nacidas salían pájaros majestuosos que se lanzaban a los cielos. Bañándose en la claridad del día y en la magia que contenía se volvían más grandes y hermosos y de plumajes más largos.

Entonces noté que el suelo vibraba muy suavemente y como las hierbas susurraban y se acunaban al sentir cerca el calor del aliento del Sol. La luz me rodeaba y podía sentir cómo me buscaba, a mi alrededor empezaban a crecer pequeñas flores y por un segundo sentí miedo. Un miedo antiguo y ajeno a mí mismo, un miedo heredado. El miedo a lo desconocido. Pero, como quien se quita en un solo movimiento una capa raída y sucia, lo deseché sin dudar un momento.

Extendí los brazos hacia delante y coloqué las palmas de las manos hacia arriba, formando un cuenco con ellas.

Y esperé.

 

Las orillas de la decadencia

 

Las finas arenas naranja brillan en la tarde y las franjas amarillas que serpentean entre ellas parecen estallar a la luz del Sol. No sé quién nos trajo, de que mano vinimos, ni cuánto hace que contemplamos las esmeraldas fundidas en este mar extranjero.

Los perfumes derramados hieden ya, y los tonos azulados de la tarde parecen señalarnos como culpables de la insolencia de existir. El cielo es acero bruñido contra nuestros rostros, los atardeceres nos alivian porque simbolizan la muerte y el renacimiento.

Esta decadencia cuajada de hermosura y espesa tragedia agota nuestros corazones, adormece nuestros sentidos. Las miradas que flotan entre las olas, entre senos y valles, cada vez son más fijas e insolentes. La vida no es bien recibida en la zona donde las cosas  terminan.

Quien nos trajo también nos condenó a la derrota más dulce e inevitable. Es la propia naturaleza de este lugar la que nos mata de sentimiento y melancolía, la que nos arranca el corazón de violento y fatal romanticismo. Estamos perdidos, bien profundos en el laberinto de las emociones insostenibles, insoportables.

Por eso nuestro fin se acerca, los suspiros de las palmeras de plata negra cada vez hieren más nuestras almas. Transidos de dolor, casi aniquilados por la belleza, restregados nuestros nervios de calor humano no podemos sino rendirnos a lo que es superior a nosotros.

Mojarnos los pies en las orillas de la decadencia y avanzar, avanzar…

Hasta morir admirados fundiéndonos con el abandono de este lugar, hasta solo ser un detalle más en el paisaje para las miradas estremecidas de los que vendrán. Los que vendrán después de nosotros, traídos de una mano por siempre desconocida.

 

 

                                                                                              Viernes, 19 de junio de 2015

 

 

 

La pregunta

 

 

Errando entre las densas brumas y los caprichosos torbellinos de la mente

La Pregunta, como un titánico badajo, golpeaba sin tregua mi frágil alma,

Haciendo saltar pedazos de espíritu cristalino y también todos mis anhelos,

Hasta convertirme en un monstruoso vacío que con cada latido se reducía.

Y siendo ya igual a nada, mi pregunta se respondió a sí misma, estallando

En infinitos principios, infinitos amaneceres e infinitos anhelos…

 

 

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