La voz del amanecer.

 

 

La voz del amanecer.

Las estrellas, salvajes y afiladas, clavaban sus uñas en la blanda noche. En el cielo amoratado, una vaporosa y enferma Luna sonreía vagamente. Las nubes, incendiadas, formaban escaleras de ojos que escrutaban el alma humana. El silencio de cristal temblaba en nuestros dedos y en nuestra mirada. Llorábamos oscuros presagios que se diluían en las gotas de lluvia negra.

Pero entre el miedo y la confusión una voz se elevó clara, y cortó la oscuridad como un cuchillo de llamas. El pavor nauseabundo despareció, quemado por la claridad, como si jamás hubiera existido.

Y el silencio de la noche se hizo añicos contra nuestras pestañas mientras se oía una voz hermosa de mujer; una voz de brisa, de tallo tierno, una voz de esperanza, de promesas.

Nos bañamos en su caricia, nos hicimos uno con ella.

Así despertamos al día imperecedero. A la luz prometida. Y entre las nubes hechas de leves canciones, altos entre los cielos, soñábamos. Y el sonido de la felicidad, como un rumor de río, como un suspiro de viento, nos acompañaba allá donde fuéramos.

Y los remos de los vientos se llevaron lejos la noche y la muerte.

Así, acunados en la voz luminosa, pudimos por fin descansar.

 

 

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A Pedro Salinas

I

Pastor de palabras

 

A través de tu alma tierna

Nos enseñaste

Que cada beso es un milagro,

Que las puertas del paraíso

Formando un “sí” eterno

No están más allá de sus labios.


Cómplice de cada átomo de belleza,

Desde tu página, nos sonreías.

Español exiliado, antigua melodía.

Tu luz trocó en mares las tinieblas.


Y el aire, canto azul, azul de Mayo,

Y la ardiente vida, celebrada,

Sienten sus presencias afirmadas

Y fortalecidas por tu trazo mago.


Trazo de nieve delicada,

Trazo de arroyo, de nube;

Atraviesa, vertical, el tiempo,

A través del dorado de la Luna,

A través de nuestros sueños.

II 

El hombre que sembraba cielos.

 

Alumbrando la luz de la primera estrella,

Meciéndola en palabras susurradas,

Se extiende un amor suave sobre la noche,

Que fluye de tus manos, en cascadas.


Jardinero de estrellas y burbujas

Hábil contable de lo efímero

Que tocas la belleza

Como la luz de un candil tímido.


Jardinero de lo que crece en el alma,

Cariños, deseos insospechados

Magia regada por tu mano

Con la tibieza estelar cosechada.


Tu presente: la sobrecogedora vida.

Tanta, que apenas la contienen los sentidos.

Bateando la plata entre el plomo,

Deshojando la brisa

De sus suspiros de oro.


Nos encuentras,

Orfebre de lo vivo,

Soñando tu amor,

Con tu amor dormidos.

 

Canción de medianoche.

 

 

No nací de mujer ni de hombre.

Nací de los fuegos del infierno.

Soy una brasa efímera cuyo vuelo

No tiene meta, ni tiene nombre.

 

El aliento de la maldad me impulsa

Y las noches son tajadas jugosas

De hambres, de miedos, de sobras

Desechos de esta humanidad insegura.

 

Y si sobre mi estela te encuentro

Digiero tu dolor y escupo tu alegría

Trocando medianoches por mediodías

Y abismos por paredes, techos y suelos.

 

Llora y diviérteme, la noche se acaba

La luz amenaza mi deleite y mi canción.

Entrega ya tu última suerte, perdedor.

Arrástrate sobre el fango que me lava.

 

Y la chispa muere sobre la conciencia,

Aliviando su dolor con dolor ajeno

Queda latente y a la espera

Acechando otro nido, otro agujero.

 

 

Luces del amanecer

 

La magia se filtró entre las nubes, nadie sabía de dónde venía. Su poder se mezcló con las luces del amanecer, que fueron su vehículo hacia la tierra. Así, en cada lanza de luz y en cada hilo de oro que descendía suavemente podía verse fluir su esencia desnuda.

Miré alrededor, buscando compartir la maravilla, pero los rostros, las calles empedradas, toda la ciudad se había esfumado. Sin embargo supe que me encontraba en el mismo lugar, solo que ahora lo ocupaba un valle de altas hierbas verdes donde el viento dibujaba ondas y corrientes caprichosas.

Pero aunque el peso de la sustancia mágica ralentizara la ligereza de la luz pura, aquí y allá, en diferentes lugares del valle, la luz líquida embebida de la nueva esencia empezaba a tocar las verdes hondonadas y las suaves colinas. Y donde la luz dorada besaba la tierra surgía una vegetación colorida que florecía en segundos y del interior de las flores recién nacidas salían pájaros majestuosos que se lanzaban a los cielos. Bañándose en la claridad del día y en la magia que contenía se volvían más grandes y hermosos y de plumajes más largos.

Entonces noté que el suelo vibraba muy suavemente y como las hierbas susurraban y se acunaban al sentir cerca el calor del aliento del Sol. La luz me rodeaba y podía sentir cómo me buscaba, a mi alrededor empezaban a crecer pequeñas flores y por un segundo sentí miedo. Un miedo antiguo y ajeno a mí mismo, un miedo heredado. El miedo a lo desconocido. Pero, como quien se quita en un solo movimiento una capa raída y sucia, lo deseché sin dudar un momento.

Extendí los brazos hacia delante y coloqué las palmas de las manos hacia arriba, formando un cuenco con ellas.

Y esperé.

 

Las orillas de la decadencia

 

Las finas arenas naranja brillan en la tarde y las franjas amarillas que serpentean entre ellas parecen estallar a la luz del Sol. No sé quién nos trajo, de que mano vinimos, ni cuánto hace que contemplamos las esmeraldas fundidas en este mar extranjero.

Los perfumes derramados hieden ya, y los tonos azulados de la tarde parecen señalarnos como culpables de la insolencia de existir. El cielo es acero bruñido contra nuestros rostros, los atardeceres nos alivian porque simbolizan la muerte y el renacimiento.

Esta decadencia cuajada de hermosura y espesa tragedia agota nuestros corazones, adormece nuestros sentidos. Las miradas que flotan entre las olas, entre senos y valles, cada vez son más fijas e insolentes. La vida no es bien recibida en la zona donde las cosas  terminan.

Quien nos trajo también nos condenó a la derrota más dulce e inevitable. Es la propia naturaleza de este lugar la que nos mata de sentimiento y melancolía, la que nos arranca el corazón de violento y fatal romanticismo. Estamos perdidos, bien profundos en el laberinto de las emociones insostenibles, insoportables.

Por eso nuestro fin se acerca, los suspiros de las palmeras de plata negra cada vez hieren más nuestras almas. Transidos de dolor, casi aniquilados por la belleza, restregados nuestros nervios de calor humano no podemos sino rendirnos a lo que es superior a nosotros.

Mojarnos los pies en las orillas de la decadencia y avanzar, avanzar…

Hasta morir admirados fundiéndonos con el abandono de este lugar, hasta solo ser un detalle más en el paisaje para las miradas estremecidas de los que vendrán. Los que vendrán después de nosotros, traídos de una mano por siempre desconocida.

 

 

                                                                                              Viernes, 19 de junio de 2015

 

 

 

La pregunta

 

 

Errando entre las densas brumas y los caprichosos torbellinos de la mente

La Pregunta, como un titánico badajo, golpeaba sin tregua mi frágil alma,

Haciendo saltar pedazos de espíritu cristalino y también todos mis anhelos,

Hasta convertirme en un monstruoso vacío que con cada latido se reducía.

Y siendo ya igual a nada, mi pregunta se respondió a sí misma, estallando

En infinitos principios, infinitos amaneceres e infinitos anhelos…

 

 

A mi abuela.

 

La tormenta ha terminado.

Tu alma se eleva

Hacia la primavera eterna.

Juntos aún, más allá de la vida,

Quien te ama te espera.

 

Mira, ya amanece.

Nace el día sin atardecer,

Crecen felicidad y poesía

Por doquier.

 

Abraza el esperado reencuentro

Con tu amor y con tu hijo

Entrégate, como siempre, de lleno.

 

Como hiciste en vida,

Sigue, generosa y pura,

La estrella querida.

 

Vivirás allí

Pero también aquí

En nuestro aliento

Y en nuestros corazones.

 

 

 

jueves, 28 de julio de 2016

 

 

Al ron

 

 

Ardiendo en puro escándalo,

Bailando sobre mi propia alma,

Deleitado en mi particular sándalo:

El ron corsario del alba.

 

Así amanecí alguna que otra vez,

De este modo tan torero,

Por el ron y por eso

Escribiré al etílico placer.

 

Esta vieja bebida filibustera

Cicatrizó muchas heridas,

Durmió muchas penas,

Ofreció alguna salida

Y hubo motines en su ausencia.

 

De este mágico elixir

No mucho he leído.

Comparto los placeres del vino

Pero únanse hoy a mí,

Descansemos de la uva y de la vid

 

Y cantemos por el ron enmudecido,

Por su gran gloria y buen ardid:

Pocos le cantaron a él

Pero bebieron hasta morir.

La remota Oniria

 

Todo lo que vemos o parecemos es solamente un sueño dentro de un sueño.

 

Edgar Allan Poe

 

La remota Oniria

He sentido susurros en mis sueños, dulces y cálidos sobre mi espíritu viajero. Y decían “Oniria, Oniria, la más hermosa y sabia de las tierras más allá de los mismos sueños”. Y quise llegar a ella, y soñarla despacio con toda mi alma. Fugaces noches y largos días soñaba, dormido y despierto, queriendo arribar a las etéreas costas de Oniria.

Oniria, donde sus habitantes conocían la vía y esencia de la vida, el camino de la paz y el conocimiento. La tierra de los mil torrentes de aguas celestes, de los árboles milenarios, del cielo eterno. En sus orillas, en sus riberas, en sus valles y ciudades los sabios esperaban. Aguardaban el Último Reencuentro, el reencuentro del Uno. El todo imperecedero.

Así pues navegué entre parajes imposibles y sueños de toda naturaleza, con la mente clara, hacia mi destino, Oniria. Y pasando el tiempo y viendo maravillas jamás imaginadas, me despedí de ellas, porque siempre con mis ojos buscaba algo más, buscaba la tierra susurrada en mis sueños.

Y la encontré, escondida entre los más bellos sueños, pura y eterna. Y sus sabios me saludaron, y me ofrecieron ropa y selectos néctares. Y entre ellos, como uno más, esperé la reunión del todo. En la remota Oniria, la más hermosa y sabia de las tierras más allá de los mismos sueños.

 

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