Reflexiones sobre la muerte

Entre el decorado de cartón y los muñecos de cera, solo había un actor de carne y hueso: ese actor encarnaba la muerte. Entre los desperdicios de plástico y lo sucios reflejos de las luces de neón solo una cosa latía con vida: el corazón de la muerte. Y entre las neblinas del amor y la razón, solo una dirección era posible, la que los arrastraba al agujero negro del olvido; la que los guarecía en las entrañas de las nubes más negras: el alma de la muerte.

Muerte, muerte, muerte.

Porque, aunque hay incluso quien niega su existencia, solo ella es verdad en una vida de ilusiones. Solo ella ofrece una garantía absoluta, que todo ha de morir. Es la única constante de la vida humana, el único concepto sólido a nuestra experiencia. Y sin embargo nos espanta tanto…Es el instinto de supervivencia, las ganas de vivir, lo que nos coloca esa máscara terrible; y es necesario que sea así. Pero la razón habla en otros términos muy diferentes.

Como ya nos enseñó Lucrecio, la muerte es el estado más duradero y natural de todas las cosas, o sea, la inexistencia. Nuestra vida es un pequeño suspiro entre dos eternidades de la más pura nada. Nada fuimos, nada seremos. ¿Por qué lamentarse de algo que ya hemos sido y que es lo más natural del Universo? Porque no es la razón la que gobierna al hombre, no. Son sus entrañas.

Y las entrañas quieren besar, quieren comer, soñar, golpear, quieren amor y odio, y, sobre todo, no quieren dejar de desear jamás, su hambre es infinita. La ambición humana es más grande que todo el Universo y por ello es bueno que tenga una duración finita, eso equilibra la cosas. ¿No creen?

Pero por mucho que píe, que grazne y rebuzne, yo tampoco quiero morirme, chicos. Solo estaba, digamos, especulando. Aún tengo que seguir molestando un ratito más.

Espero que estas pequeñas reflexiones sean de provecho a alguien.

¡Hasta la próxima!

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