Amor por los libros

 

 

La pasión de Bastián Baltasar Bux eran los libros. Quien no haya pasado nunca tardes enteras delante de un libro, con las orejas ardiéndole y el pelo caído por la cara, leyendo y leyendo, olvidado del mundo y sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba quedando helado…

Quien nunca haya leído en secreto a la luz de una linterna, bajo la manta, porque Papá o Mamá o alguna otra persona solícita le ha apagado la luz con el argumento bien intencionado de que tiene que dormir, porque mañana hay que levantarse tempranito…

Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acababa y había que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecería vacía y sin sentido…

Quien no conozca todo eso por propia experiencia, no podrá comprender probablemente lo que Bastián hizo entonces. Miró fijamente el título del libro y sintió frío y calor a un tiempo. Eso era, exactamente, lo que había soñado tan a menudo y lo que, desde que se había entregado a su pasión, venía deseando: ¡Una historia que no acabase nunca! ¡El libro de todos los libros!

 

La historia interminableMichael Ende

 

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Armonía

Aquella tarde salí a caminar, me dirigía hacia la playa cuando noté que había olvidado el mp3. Pensé en volver a por él, pero era tarde ya y si volvía sabía que me quedaría en casa. Así que seguí callejeando en dirección al mar.

Al llegar a cierto recodo del paseo marítimo, vi al viejecito de siempre, rodeado de baratijas. Me acerqué y observé varios aparatos electrónicos, lo cual no era habitual.

-¿Y eso? –Dije señalando una pequeña radio y una serie de auriculares.

-Hay que modernizarse, corazón. Vendiendo artesanías no se gana ni para la cruz de madera.

-Pero si tiene usted hasta reproductores de música.

-Ah sí. Tome, quédese uno. Por su amabilidad, para el caso creo que no funcionan.

El viejecito colocó en la palma de mi mano un mp3 grande, feo y sin pantalla.

-Ah, gracias. –Dije, sin saber si devolverle aquella antigualla.

-Con Dios. –Dijo el viejo y volvió a su faena de hacer pulseritas y ceniceros con material reciclado.

Me guardé el cacharro en el bolso y seguí con mi ejercicio. Pero poco después empecé a sentir una débil música que me acompañaba, abrí el bolso y examiné el arcaico reproductor: los cascos estaban sonando. Por curiosidad me los puse.

La canción era instrumental y deliciosa. Ahora sí estaba sorprendida de verdad, me senté a tomar un descanso y escuchar el tema, mientras pensaba en la cadena de casualidades.

Y la cadena se volvió loca. Tanto que, por un momento, el mundo encajó y sentí como si siempre hubiera sido así.

Mientras la música fluía desde los cascos, el mar y el cielo empezaron a sincronizarse con ella. Los pájaros remolineaban entre los azules al ritmo de la guitarra y las olas parecían simular los coros. El aire soplaba al ritmo de las flautas y hasta la tierra parecía temblar con las cadencias de los bajos. El mundo entero era música. Me sentí invadida por un nuevo placer mientras aquel milagro ocurría. Lloré de felicidad al observar la armonía y belleza de todas las cosas. Su perfección única y combinada.

Hasta que me quedé dormida en la arena.

Aun no entiendo qué ocurrió aquel día. Solo sé que el reproductor no estaba cuando desperté y el viejecito no recordaba nada de aquel asunto. No sé cómo explicarlo, pero para mí fue real y qué importa lo demás.

Si es que hay algo más.

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