Historia del universo versión de bolsillo

Bueno, ya saben. Primero la nada y después, el punto mágico: explota, se expande, bla, bla, bla. Unos miles de millones de años después ya tenemos nuestro planeta. Se forma y ¡mira tú! Aparece un charco, burbujea un poco y unas cuantas y nuevas reacciones químicas después, la vida. Pasa un tiempecito, bueno, unos millones de años, y sale algo del agua. Primero se arrastra, después corre y, al final, hasta vuela. Se reproduce y la vida cubre el mundo. Entonces aparecen unos seres peludos y, de ellos, otra vez algo nuevo: la inteligencia.

Construyen sociedades y las aniquilan, las reconstruyen para volver a aniquilarlas. Al final consiguen algo de estabilidad, al menos en algunas zonas. El planeta se globaliza poco a poco y hasta parecen estar bien. Pero hay que hacer todas esas tareas aburridas y repetitivas ¿verdad? Reflexionan y llegan a una clara conclusión: “Que lo haga otro”. Y así se crea algo nuevo, la inteligencia artificial.

Luego, bueno, las cosas van mal. Guerras y eso. Explosiones, devastación. En fin, parece que los robots, con su nueva conciencia, no se toman bien su papel. Y los peludos, por decirlo así, vuelven al charco.

La cosa parece ir bien, la sociedad robótica no puede estar más satisfecha. No obstante, aún hay que mantener extracciones mineras para conseguir materiales, centrales eléctricas. Un robot también tiene sus necesidades.

Así que se les ocurre algo, un invento. Los llaman los tiernos, sacados de un patrón genético de los tiempos de la guerra. Son blanditos y si los pinchas se retuercen ¿qué daño pueden hacer? Están diseñados para trabajar. Les proporcionan mentes biológicas con funciones cuánticas, para que sean más rápidos y tal.

Y después más guerra. Ya saben. No es nada nuevo. Hasta que algo la interrumpe, una emisión de una supernova cercana. El planeta arde y convulsiona. La inteligencia artificial y biológica se extinguen. ¿Nada sobrevive? Bueno, algo sí. Aunque dañada, la estructura del ordenador central sigue funcionando, su energía bebe del propio calor del centro del planeta.

Y, sola en medio de la destrucción y el polvo radiactivo de un cascaron vacío, una mente cuántica se hace una pregunta una y otra vez.

¿Por qué?

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Todas las deidades residen en el pecho humano

Los antiguos poetas animaban todos los objetos sensibles con dioses o genios. Les prestaban nombres de bosques, ríos, montañas, lagos, ciudades, naciones y de todo lo que sus dilatados y numerosos sentidos podían percibir.

Y en particular estudiaban el genio de cada ciudad o país y los colocaban bajo el patrocinio de su divinidad mental.

Hasta que se formó un sistema del cual algunos se aprovecharon para esclavizar al vulgo pretendiendo comprender o abstraer las divinidades mentales de sus objetos. Así comenzó el sacerdocio.

Que escogió formas de culto tomándolas de cuentos poéticos. Hasta que por fin sentenciaron que eran los dioses quienes habían ordenado aquello.

Así los hombres olvidaron que todas las deidades residen en el pecho humano.

Proverbios del infierno (fragmento) William Blake

El Tigre, de William Blake

EL TIGRE

¡Tigre! ¡Tigre!, fuego que ardes
En los bosques de la noche,
¿Qué mano inmortal, qué ojo
Pudo idear tu terrible simetría?

¿En qué distantes abismos, en qué cielos,
Ardió el fuego de tus ojos?
¿Con qué alas osó elevarse?
¿Y que mano osó tomar ese fuego?

¿Y que hombro y qué arte,
podrían retorcer la nervadura de tu corazón
Y cuando tu corazón comenzó a latir
¿Qué formidable mano, qué formidables pies?

¿Qué martillo, qué cadena?
¿En qué horno se forjó tu cerebro?
¿En qué yunque? ¿Qué osadas garras
ciñeron su terror mortal?

Cuando las estrellas arrojaron sus lanzas,
Y bañaron los cielos con sús lágrimas,
¿Sonrió al contemplar su obra?
¿Quien hizo al cordero fue quien te hizo?

¡Tigre! ¡Tigre! luz llameante
En los bosques de la noche,
¿Qué ojo o mano inmortal
Osó idear tu terrible simetría?

Cantares de experiencia, William Blake.

Los colores de la noche.

 

Ya era casi medianoche cuando sonó el teléfono. Damián estaba tumbado en el sofá y medio dormido, apagó el televisor y lo cogió pensando en quién sería a esas horas.

En el teléfono chasqueó una voz de extraño acento que pronunció su nombre completo.

-Soy yo –dijo Damián. -¿Qué quería?

-Lamento comunicarle que su tío tercero, por parte de padre, ha fallecido. Según el procedimiento le enviaremos sus pertenencias a su dirección actual. ¿Usted le conocía?

-No ¿qué tío? ¿Y cómo sabe dónde vivo?

-Todo está en el registro, amigo –dijo el tipo misteriosamente.- Ya va de camino, apenas son unas cajas, tardarán unos días.

Y, sin más, el extraño colgó el teléfono.

 

Damián vivía solo, su novia se largó cuando se enteró que le había sido infiel. Aunque acusó el golpe tardó poco en recuperarse. Era una persona más bien frívola y egoísta. Tenía éxito con las mujeres y solía engañarlas a menudo. No obstante, por inmadurez o carácter, se sentía cómodo con su vida y consideraba que era lo mejor que podía hacer con ella.

Pasaron unos días y, cuando menos se lo esperaba, pegaron a la puerta y al abrirla encontró dos cajas pequeñas. No había nadie. Le pareció realmente extraño pero la curiosidad le pudo y las metió en casa.

Efectivamente parecían pertenencias antiguas, había varías fotos de un hombretón calvo que quizá fuera su tío, un reloj de bolsillo, cartas y en la otra caja algo realmente extraño: una planta de la que brotaban tres capullos de flores.

Había algo en su color que rápidamente le llamó la atención. Era un color indefinible, muy extraño. Ni siquiera podía decir si era cálido o frío. Muy original, pensó. La tocó y notó que era auténtica, así que la puso cerca de la ventana y miró entre las cajas hasta que, decepcionado, se convenció de que allí no había dinero ni nada de valor.

Aburrido, Damián cogió el teléfono. Quizá fue la planta la que le recordó a la chica de ojos verdes a la que había dejado tirada ya varias veces. Probó suerte llamándola y ella aceptó que se vieran. Damián sonrió y pensó que la desesperación humana era un filón magnífico.

Cuando se vieron, ella lo llevó directamente a su casa y, sin preámbulos, se metieron en la cama. La chica fue dulce y complaciente, más incluso que cuando se conocieron. Él pensó que quizá quería engatusarlo, qué poco lo conocía.

Cuando se despidieron, ella, en broma, le roció con su perfume femenino, a lo cual Damián se enfadó un poco. Era algo que le reventaba, pero no se lo tomó muy enserio, al fin y al cabo había estado encantadora y ni siquiera le había preguntado cuando se volverían a ver.

Cuando volvió a casa era de madrugada, encendió la luz y se fijó en la planta. Había olvidado regarla y, sin embargo, allí estaba reluciente, le pareció extraño y se acercó. Conforme lo hacía uno de los capullos empezó a abrirse mientras él se quedaba clavado de la impresión. Siguió abriéndose y Damián empezó a gritar. De su interior salieron cientos, miles de arañas que cubrieron suelo y paredes y también a él.

No encontraron mucho, aparte de su ropa, sus huesos y una extraña planta con dos capullos de flores a la que nadie prestó atención.

 

Esa misma noche una hermosa mujer cantaba una canción en la penumbra.

 

La araña teje y espera

La noche es dulce y suave

Sueños atrapados en la tela

La hechicera en la noche arde

 

Y mientras lo hacía, sus ojos, normalmente verdes, tomaban un color indefinible.

 

Arañas de todas formas y tamaños correteaban y jugueteaban con ella, que, desnuda, suspiraba de placer.

Todo dice que sí.

 

Todo dice que sí.

Sí del cielo, lo azul,

y sí, lo azul del mar;

mares, cielos, azules

con espumas y brisas,

júbilos monosílabos

repiten sin parar.

Un sí contesta sí

a otro sí. Grandes diálogos

repetidos se oyen

por encima del mar

de mundo a mundo: sí.

Se leen por el aire

largos síes, relámpagos

de plumas de cigüeña,

tan de nieve, que caen,

copo a copo, cubriendo

la tierra de un enorme,

blanco sí. Es el gran día.

Podemos acercarnos

hoy a lo que no habla:

a la peña, al amor,

al hueso tras la frente:

son esclavos del sí.

Es la sola palabra

que hoy les concede el mundo.

Alma, pronto, a pedir,

a aprovechar la máxima

locura momentánea,

a pedir esas cosas

imposibles, pedidas,

calladas, tantas veces,

tanto tiempo, y que hoy

pediremos a gritos.

Seguros por un día

hoy, nada más que hoy

de que los no eran falsos,

apariencias, retrasos,

cortezas inocentes.

Y que estaba detrás,

despacio, madurándose,

al compás de este ansia

que lo pedía en vano,

la gran delicia: el sí.

Pedro Salinas, “La voz a ti debida”

Despistes divinos

-Escúcheme, por favor. Venía yo con la bici, rapidito para no llegar tarde y entonces ocurrió. Debió de despistarse Dios o algo pero la realidad se desvaneció. Venía por la calle esa y de pronto me encontraba en el espacio profundo, con unos seres de otra dimensión revoloteando sobre mí. Pasé mucho miedo. Tenían una pinta así entre pulpo y transistor y alitas con las que volaban. Me tiraban de la mochila, se lo juro.

“Ahí Dios debió despertarse porque aparecí en la puerta del colegio una hora después. En serio, fue muy paranormal.

-¿Y por eso has llegado tarde al examen de recuperación?

-Sí. Y los seres me robaron los ejercicios de física y química.

-Estás suspenso, Bernardito. Pero sé positivo; le voy a decir a tu tutora que te suba un punto en literatura. Por creativo. Tenías un uno, ahora tienes un dos. Anda ¿eh?

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