Los proverbios del infierno, de William Blake

 

Una fantasía memorable

Mientras me paseaba por las llamas del infierno, disfrutando de esas delicias del genio que a los ángeles parecen locura y tormento, recogí algunos de sus proverbios; pensando que del mismo modo que los dichos al uso en un país son prueba de su carácter, así los proverbios del infierno mostrarían la naturaleza infernal mejor que cualquier descripción de edificaciones u ornamentos.

Al regresar a casa, sobre el abismo de los cinco sentidos, donde una pendiente de lados planos mira desafiante al mundo presente, vi a un poderoso diablo que envuelto entre negros nubarrones se cernía sobre los bordes de la roca. Con llamas corrosivas escribió la sentencia que aquí surge, la cual puede ahora ser percibida por las mentes de los hombres, por ellos leída en la tierra:

¿Cómo sabes si cada ave que surca los cielos
no es un inmenso mundo de alegría,
encerrado por tus cinco sentidos?

 

Música recomendada

Proverbios del Infierno

 

En tiempo de siembra, aprende; en tiempo de cosecha, enseña; en invierno, goza.

Guía tu carro y tu arado sobre los huesos de los muertos.

El camino del exceso lleva al palacio del saber.

La Prudencia es una vieja solterona, rica y fea, que la Incapacidad corteja.

Quien desea pero no obra, engendra peste.

El gusano perdona al arado que lo corta.

Sumerge en el río a aquel que ama el agua.

El necio no ve el mismo árbol que ve el sabio.

Aquél cuyo rostro no irradie luz, jamás será una estrella.

La Eternidad está enamorada de los frutos del tiempo.

La abeja laboriosa no tiene tiempo para el pesar.

Las horas de la locura las mide el reloj, pero ningún reloj puede medir las horas de la sabiduría.

Todo alimento sano se logra sin red ni cepo.

Usa número, pesa y medida en un año de escasez.

Ningún pájaro se eleva demasiado alto, si vuela con sus propias alas.

Un cuerpo muerto no venga injurias.

Tu acto más sublime es poner al otro delante de ti.

Si el necio persistiera en su necedad se volvería sabio.

Locura, capa de la villanía.

Vergüenza, capa del orgullo.

Las prisiones están construidas con piedras de la Ley, los burdeles con ladrillos de la Religión.

El orgullo del pavo real es la gloria de Dios.

Lujuria del chivo, generosidad de Dios.

La ira del león es la sabiduría de Dios.

La desnudez de la mujer es la obra de Dios.

El exceso de pena ríe. El exceso de gozo llora.

El rugido de los leones, el aullido de los lobos, la ira del mar tempestuoso y la espada destructiva son porciones de eternidad demasiado grandes para el ojo humano.

El zorro condena la trampa, pero no a sí mismo.

El gozo fecunda. El dolor engendra.

Dejad que el hombre vista la piel del león y la mujer el vellón de la oveja.

El pájaro, un nido; la araña, una tela; el hombre, la amistad.

El egoísta necio que sonríe y el necio sombrío y ceñudo serán tenidos por sabios y se tomarán por norma.

Lo que hoy es evidente, una vez fue imaginario.

La rata, el ratón, el zorro, el conejo, cuidan de las raíces; el león, el tigre, el caballo, el elefante, de los frutos.

La cisterna contiene, la fuente rebosa.

Un pensamiento llena la inmensidad.

Está siempre pronto a expresar tu opinión y el vil te evitará.

Todo lo creíble es imagen de la verdad.

Nunca perdió más tiempo el águila que cuando escuchó las lecciones del cuervo.

El zorro se provee a sí mismo, pero Dios provee al león.

Medita en la mañana. Obra al mediodía. Come al atardecer. Duerme por la noche.

Quien ha soportado que abuses de él, te conoce.

Como el arado obedece las palabras, Dios recompensa las plegarias.

Los tigres de la cólera son más sabios que los caballos del saber.

Espera veneno del agua estancada.

Nunca sabrás lo que es suficiente a condición de que sepas lo que es más que suficiente.

¡Escucha el reproche de los necios! ¡Es un título real!

Los ojos de fuego, la nariz de aire, la boca de agua, la barba de tierra.

El débil en valor es fuerte en astucia.

Nunca pregunta el manzano al haya cómo crecer, ni el león al caballo cómo lograr su presa.

El que agradece lo que recibe, da a luz una abundante cosecha.

Si otros no hubiesen sido necios, nosotros lo seríamos.

El alma llena de dulce placer no puede ser profanada.

En un águila ves una porción de genio. ¡Alza la cabeza!

Así como la oruga elige las hojas más hermosas para poner sus huevos, el sacerdote deposita su maldición sobre los mejores goces.

Crear una sola flor es trabajo de siglos.

La maldición vigoriza; la bendición relaja.

El mejor vino es el más viejo, la mejor agua es la más nueva.

Las plegarias no aran; las alabanzas no cosechan.

Las alegrías no ríen. Las tristezas no lloran.

La cabeza, lo Sublime; el corazón, el Pathos; los órganos genitales, la Belleza; los pies y manos, la Proporción.

Como el aire al pájaro o el agua al pez, así el desprecio es al despreciable.

La corneja quisiera que todo fuese negro, y el búho que todo fuese blanco.

Exuberancia es Belleza.

El león sería astuto si tomara consejo del zorro.

El progreso traza los caminos derechos; pero los caminos tortuosos, sin progreso, son los caminos del genio.

Antes asesina a un niño en su cuna que nutras deseos que no ejecutes.

Donde no está el hombre, la naturaleza es estéril.

Nunca puede ser dicha la verdad de manera que pueda ser comprendida sin ser creída.

¡Suficiente! O demasiado.

 

El matrimonio del cielo y del infierno, William Blake.

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Grávida está mi alma

 

Grávida está mi alma con su propio fruto maduro;
Grávida está mi alma con su fruto.
¿Quién vendrá ahora que coma y se sacie?
Rebosa mi alma de su vino.
¿Quién se servirá ahora y beberá y se refrescará del calor del desierto?
»Más me valdría ser un árbol sin flores ni frutos,
Pues el dolor de la abundancia es más amargo que la esterilidad,
Y la pena del rico de quien nadie toma nada
Mayor es que el dolor del mendigo a quien nadie quiere dar.
»Más me valiera ser pozo, seco y reseco, y que los hombres lanzasen piedras
a mi interior;
Pues sería mejor y más fácil soportarlo que ser una fuente de agua viva
Cuando la gente pasa y no quiere beber.
»Más me hubiera valido ser junco aplastado bajo el pie,
Pues eso sería mejor que ser una lira de cuerdas de plata
En una casa con amo sin dedos
Y cuyos hijos son sordos».

 

 

 

 

Apetitos

 

La historia de todas las historias dice así:

 

“Alguien necesita a alguien”.

 

No hay más que eso. Lo demás son detalles.

 

La necesidad es el principio y el final.

 

Las caras del hombre son de amor y de odio;

su corazón, de necesidad.

El Suicida, de Jorge Luis Borges

No quedará en la noche una estrella.
No quedará la noche.
Moriré y conmigo la suma
del intolerable universo.
Borraré las pirámides, las medallas,
los continentes y las caras.
Borraré la acumulación del pasado.
Haré polvo la historia, polvo el polvo.
Estoy mirando el último poniente.
Oigo el último pájaro.
Lego la nada a nadie.
………………………………………
Obra: La rosa profunda.

Despistes divinos (cómic)

010203

Historia del universo versión de bolsillo

Bueno, ya saben. Primero la nada y después, el punto mágico: explota, se expande, bla, bla, bla. Unos miles de millones de años después ya tenemos nuestro planeta. Se forma y ¡mira tú! Aparece un charco, burbujea un poco y unas cuantas y nuevas reacciones químicas después, la vida. Pasa un tiempecito, bueno, unos millones de años, y sale algo del agua. Primero se arrastra, después corre y, al final, hasta vuela. Se reproduce y la vida cubre el mundo. Entonces aparecen unos seres peludos y, de ellos, otra vez algo nuevo: la inteligencia.

Construyen sociedades y las aniquilan, las reconstruyen para volver a aniquilarlas. Al final consiguen algo de estabilidad, al menos en algunas zonas. El planeta se globaliza poco a poco y hasta parecen estar bien. Pero hay que hacer todas esas tareas aburridas y repetitivas ¿verdad? Reflexionan y llegan a una clara conclusión: “Que lo haga otro”. Y así se crea algo nuevo, la inteligencia artificial.

Luego, bueno, las cosas van mal. Guerras y eso. Explosiones, devastación. En fin, parece que los robots, con su nueva conciencia, no se toman bien su papel. Y los peludos, por decirlo así, vuelven al charco.

La cosa parece ir bien, la sociedad robótica no puede estar más satisfecha. No obstante, aún hay que mantener extracciones mineras para conseguir materiales, centrales eléctricas. Un robot también tiene sus necesidades.

Así que se les ocurre algo, un invento. Los llaman los tiernos, sacados de un patrón genético de los tiempos de la guerra. Son blanditos y si los pinchas se retuercen ¿qué daño pueden hacer? Están diseñados para trabajar. Les proporcionan mentes biológicas con funciones cuánticas, para que sean más rápidos y tal.

Y después más guerra. Ya saben. No es nada nuevo. Hasta que algo la interrumpe, una emisión de una supernova cercana. El planeta arde y convulsiona. La inteligencia artificial y biológica se extinguen. ¿Nada sobrevive? Bueno, algo sí. Aunque dañada, la estructura del ordenador central sigue funcionando, su energía bebe del propio calor del centro del planeta.

Y, sola en medio de la destrucción y el polvo radiactivo de un cascaron vacío, una mente cuántica se hace una pregunta una y otra vez.

¿Por qué?

Todas las deidades residen en el pecho humano

Los antiguos poetas animaban todos los objetos sensibles con dioses o genios. Les prestaban nombres de bosques, ríos, montañas, lagos, ciudades, naciones y de todo lo que sus dilatados y numerosos sentidos podían percibir.

Y en particular estudiaban el genio de cada ciudad o país y los colocaban bajo el patrocinio de su divinidad mental.

Hasta que se formó un sistema del cual algunos se aprovecharon para esclavizar al vulgo pretendiendo comprender o abstraer las divinidades mentales de sus objetos. Así comenzó el sacerdocio.

Que escogió formas de culto tomándolas de cuentos poéticos. Hasta que por fin sentenciaron que eran los dioses quienes habían ordenado aquello.

Así los hombres olvidaron que todas las deidades residen en el pecho humano.

Proverbios del infierno (fragmento) William Blake

El Tigre, de William Blake

EL TIGRE

¡Tigre! ¡Tigre!, fuego que ardes
En los bosques de la noche,
¿Qué mano inmortal, qué ojo
Pudo idear tu terrible simetría?

¿En qué distantes abismos, en qué cielos,
Ardió el fuego de tus ojos?
¿Con qué alas osó elevarse?
¿Y que mano osó tomar ese fuego?

¿Y que hombro y qué arte,
podrían retorcer la nervadura de tu corazón
Y cuando tu corazón comenzó a latir
¿Qué formidable mano, qué formidables pies?

¿Qué martillo, qué cadena?
¿En qué horno se forjó tu cerebro?
¿En qué yunque? ¿Qué osadas garras
ciñeron su terror mortal?

Cuando las estrellas arrojaron sus lanzas,
Y bañaron los cielos con sús lágrimas,
¿Sonrió al contemplar su obra?
¿Quien hizo al cordero fue quien te hizo?

¡Tigre! ¡Tigre! luz llameante
En los bosques de la noche,
¿Qué ojo o mano inmortal
Osó idear tu terrible simetría?

Cantares de experiencia, William Blake.

Los colores de la noche.

 

Ya era casi medianoche cuando sonó el teléfono. Damián estaba tumbado en el sofá y medio dormido, apagó el televisor y lo cogió pensando en quién sería a esas horas.

En el teléfono chasqueó una voz de extraño acento que pronunció su nombre completo.

-Soy yo –dijo Damián. -¿Qué quería?

-Lamento comunicarle que su tío tercero, por parte de padre, ha fallecido. Según el procedimiento le enviaremos sus pertenencias a su dirección actual. ¿Usted le conocía?

-No ¿qué tío? ¿Y cómo sabe dónde vivo?

-Todo está en el registro, amigo –dijo el tipo misteriosamente.- Ya va de camino, apenas son unas cajas, tardarán unos días.

Y, sin más, el extraño colgó el teléfono.

 

Damián vivía solo, su novia se largó cuando se enteró que le había sido infiel. Aunque acusó el golpe tardó poco en recuperarse. Era una persona más bien frívola y egoísta. Tenía éxito con las mujeres y solía engañarlas a menudo. No obstante, por inmadurez o carácter, se sentía cómodo con su vida y consideraba que era lo mejor que podía hacer con ella.

Pasaron unos días y, cuando menos se lo esperaba, pegaron a la puerta y al abrirla encontró dos cajas pequeñas. No había nadie. Le pareció realmente extraño pero la curiosidad le pudo y las metió en casa.

Efectivamente parecían pertenencias antiguas, había varías fotos de un hombretón calvo que quizá fuera su tío, un reloj de bolsillo, cartas y en la otra caja algo realmente extraño: una planta de la que brotaban tres capullos de flores.

Había algo en su color que rápidamente le llamó la atención. Era un color indefinible, muy extraño. Ni siquiera podía decir si era cálido o frío. Muy original, pensó. La tocó y notó que era auténtica, así que la puso cerca de la ventana y miró entre las cajas hasta que, decepcionado, se convenció de que allí no había dinero ni nada de valor.

Aburrido, Damián cogió el teléfono. Quizá fue la planta la que le recordó a la chica de ojos verdes a la que había dejado tirada ya varias veces. Probó suerte llamándola y ella aceptó que se vieran. Damián sonrió y pensó que la desesperación humana era un filón magnífico.

Cuando se vieron, ella lo llevó directamente a su casa y, sin preámbulos, se metieron en la cama. La chica fue dulce y complaciente, más incluso que cuando se conocieron. Él pensó que quizá quería engatusarlo, qué poco lo conocía.

Cuando se despidieron, ella, en broma, le roció con su perfume femenino, a lo cual Damián se enfadó un poco. Era algo que le reventaba, pero no se lo tomó muy enserio, al fin y al cabo había estado encantadora y ni siquiera le había preguntado cuando se volverían a ver.

Cuando volvió a casa era de madrugada, encendió la luz y se fijó en la planta. Había olvidado regarla y, sin embargo, allí estaba reluciente, le pareció extraño y se acercó. Conforme lo hacía uno de los capullos empezó a abrirse mientras él se quedaba clavado de la impresión. Siguió abriéndose y Damián empezó a gritar. De su interior salieron cientos, miles de arañas que cubrieron suelo y paredes y también a él.

No encontraron mucho, aparte de su ropa, sus huesos y una extraña planta con dos capullos de flores a la que nadie prestó atención.

 

Esa misma noche una hermosa mujer cantaba una canción en la penumbra.

 

La araña teje y espera

La noche es dulce y suave

Sueños atrapados en la tela

La hechicera en la noche arde

 

Y mientras lo hacía, sus ojos, normalmente verdes, tomaban un color indefinible.

 

Arañas de todas formas y tamaños correteaban y jugueteaban con ella, que, desnuda, suspiraba de placer.

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