El Génesis según Pepe

 

 

“Dios no juega a los dados”

                  Albert Einstein.

 

 

En el principio creó Dios los cielos y la tierra.

Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.

Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.

Pero tras varios chisporroteos la luz volvió a apagarse. Y vio Dios que esto no era bueno.

Por tanto, resolvió llamar a Endesa.

Vio Dios que esto tampoco era bueno cuando le respondió una voz grabada y le hacía repetir los mismos pasos en bucle.

Tras varios años con las obras paradas, después de hacerse miembro de la OCU y montar una plataforma divina en contra de los abusos de las eléctricas; entonces Dios pulsó el interruptor y se hizo, por fin, la luz.

Sacó Dios el periódico y vio que luz alumbraba bien. Sacó Dios el bañador y la toalla, y comprobó que calentaba bien. Por tanto, con gran satisfacción, separó la luz, a la que llamó Día, de la oscuridad, a la que llamó Noche.

Luego dijo Dios: Haya expansión en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas. Y que quede todo perita. Con sus poquitos de acantilados y sus playitas en condiciones.

Y así lo ordenó. Pero Emasa y las depuradoras estaban en huelga. Y había violentos enfrentamientos entre la patronal y los sindicatos mientras Dios observaba impávido.

Ya un poco hasta las narices intentó usar sus omnipoderes, que para algo los tenía, pero la burocracia era demasiado fuerte y resistió firme, los milagros no podían torcer una administración tan férrea.

Así que tuvo Dios que afiliarse a un partido político, subir a la cúspide y presionar durante meses para terminar con la huelga.

Y ya estaba Dios agotado, pero le dio la energía para crear impetuosos mares y tranquilos lagos; y arroyos, cascadas, ríos y playas.

Y se quitó Dios las sandalias y probó el agua, y vio que estaba bien, y, cuando se disponía a descansar, vio que estaba todo revuelto y mezclada la tierra y el agua, todo húmedo y no había donde tumbarse. Así que tuvo Dios que volverse a poner las sandalias y pensar en algo.

Y pensó Dios en separar las aguas de la tierra, y llamarle Tierra a lo seco y Mares al agua.

Y, prevenido, escribió Dios una solicitud formal al sindicato de constructoras, con tono educado y solícito.

No respondieron.

Por tanto, comenzó Dios su titánica obra de separar aguas y tierra. En diez minutos estaba rodeado de una docena de protestones inspectores de obras.

Les dijo Dios que tuvieran cuidadito, que aun estaba por escribirse la parte de Jehová, con sus diluvios y matanzas, y los constructores se quitaron de en medio rápido.

Se tumbó Dios cuan largo era, a descansar. Pero todo estaba muy áspero e incómodo. Faltaba algo. Y Dios cayó en la cuenta.

Así que convocó Dios a la hierba suave y aromática, y la mandó crecer hacia arriba desde la tierra. Pero en ese momento llegó una delegación comercial de Bruselas con claras instrucciones de parar aquello. La UE jamás permitiría que la producción de hierba o cualquier vegetal superara los límites establecidos.

Dios se mesó su espiritual barba; estaba empezando a mosquearse. Sacó a medias su Rayo Destructor del bolsillo de la túnica, pero como su carácter era perfecto se lo pensó mejor y sonrió.

Y tuvo Dios que darles cientos de explicaciones sobre la necesidad vital de crear la Tierra, sobre la importancia del Génesis del hombre y también tres cursos sobre espiritualidad humana.

Los inspectores no se movieron.

Dios sacó el Rayo Destructor y la Guillotina Celestial también, por si acaso.

Y dijo Dios a los allí reunidos: ¿Cuál os gusta más?

Los inspectores de obras se esfumaron dejando tras de sí tan solo una polvareda.

Y Dios tosió y siguió a lo suyo. Hecha la mullida hierba y los árboles y su buena sombrita, Dios se tumbó a descansar un rato, que ya tocaba. Pero, cuando se estaba quedando ya frito, notó Dios un silencio sobrecogedor. No se escuchaba ni un pajarito ni se veía movimiento alguno.

Y Dios se acordó de los animales. Y creó a los alegres gorriones y a los elegantes felinos. Creó al rinoceronte y a la libélula. A la ballena y al mosquito. Y fue Dios creando y creando, y cuando terminó colocó sobre ellos, con su santísima inconsciencia, el yugo del hombre. Y así Dios no tuvo que crear un infierno para los pobres animales porque ya el hombre se encargó de crearlo para ellos en la propia tierra.

Pero esta historia pretende ser divertida, así que obviemos esa parte.

Ya tenía Dios enfilada la cosa, pero quedaba una última tarea, la más importante y la que, en apariencia, daría sentido a todo lo demás: crear al hombre.

Pero Dios estaba ya muy cansado y, la verdad, lo creó sin muchas ganas, si no miento tengo que decir que estaba ya medio dormido.

Y así le salió.

Una chapuza, vaya.

Y ya habiendo Dios terminado todo por fin, se levantó del suelo del salón, donde llevaba horas gateando en círculos, y se dio cuenta de que, al fin y al cabo, no era Dios, sino Pepe Palomares, el butanero. Y que aquello no era la Nada Primordial, sino su piso a medio pagar del barrio de Las Delicias. La foto de boda de la mesita de la tele así lo demostraba.

Y cayó Pepe en la cuenta de que esa gominola que había cogido del mueble de la entrada y se había comido sin pensar quizá no era una gominola normal.

Y fue Pepe a la entrada y vio las llaves de su hijo junto a los restos de la gominola, y se cagó Pepe en la madre que parió al niño, en estas drogas modernas, y en todo de lo que se acordó en ese momento.

Y, finalmente, pensó Pepe que ya hablaría con el niño después y que, ya que estaba con el Génesis, bueno sería seguirlo y echarse un ratito, que es lo que pone después de tanta creación, la cual, aunque imaginaria, también cansa. Así que, tropezando, se dirigió al dormitorio.

Y por tanto, a la séptima hora, Pepe pudo descansar.

 

 

                                                                 FIN

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Balidos

 

–Los de Neptuno no tenéis ni puta idea. No os enteráis de nada. Si fueras de Urano, como yo, sabrías perfectamente que eso no es así.

–Pero…

–No me interrumpas, joder. Qué falta de educación hay en tu planeta ¿no? Como iba diciendo, puedo demostrar que lo que dices es completamente falso. Una vez me llamaron para cubrir una baja en el observatorio multidimensional de Tanhausser y allí, te lo juro, vi al Chivi Escarlata. Existe. Escucha esto:

“Los de la Iglesia del Balido siempre han estado enfrentados con la Congregación del Santo Berreo. Estos últimos adoctrinan con la superioridad del ciervo y los primeros con la supremacía de la cabra. Pero lo que no saben es que, como no te levantes, te tiro el agua de la fregona en la cabeza.

–¿Cómo?

–O te levantas o le doy la vuelta a la cama.

–Pero ¿y eso que decías del Chivi Escarlata?

–Chivi te voy a dejar yo. Me estoy cansando. Mira, John, son las siete de la tarde, la niña está esperando, levanta de una vez.

Bajo tales razones John A Tower no tuvo más remedio que apartar el sueño y enfocar la mirada. Los ojos de su mujer eran fuego cuajado, eran una bomba inestable, eran la visión de Kurtz, eran las ventanas de infierno.

En cuestión de segundos estaba en pie, vestido, afeitado y con las llaves del coche en la mano.

–Esto… ¿Dónde íbamos? ­–Preguntó, confuso.

–Tienes que llevarnos. A la niña al baile y a mí a casa de Mari Pepi.

–Todavía me da tiempo a llegar al Molly.

–Tú verás.

Un par de horas después por fin pudo ir a la segunda edición de la ceremonia del Cencerro Award, la cual estuvo muy perita, como correspondía. El que haya ido lo sabrá y el que no pues que se lo imagine.

En la entrega de premios, nuestro protagonista, recibió una cabra roja en un palé, tamaño Madelman, a la cual llamaron “Chivi”. Unas extrañas resonancias se extendieron por el cerebro de Tower al escuchar ese nombre. Chivi. ¿De qué le sonaba? Apartó la idea y se dedicó a charlar y a trasegar zumito de cebada mientras la noche iba avanzando.

John no quería ni mirar aquella figura turbadora, pero, finalmente, por el mismo motivo que nos rozamos un diente con la lengua cuando nos duele, la sacó y la colocó sobre la barra, observándola.

Al final perdió la paciencia y pensó en irse. Llamó el camarero y preguntó cuánto debía.

–Beeee, beee, bee. –Respondió el camarero.

John tardó un poco en reaccionar mientras el empleado esperaba.

–¿Cuánto ha dicho?

–Beee, beeeeeee, bee, bee. –Respondió.

John se puso pálido, soltó unos cuantos guiles de cobre sobre la barra, recibiendo 3 XP por la hazaña, y se fue de allí, no sin antes guardar el Chivi de Honor en su bolsillo. Por el camino se cruzo con unos amigos que parecían discutir, al acercarse escuchó la conversación.

–Beeee, beeeee, beeeee. –Dijo uno

–Beeeeeeeee, beeeeee. –Respondió el otro muy convencido.

El señor Tower ya estaba realmente alarmado, pero cuando unos enamorados pasaron dándose besitos y susurrándose dulces balidos, no puedo evitar correr despavorido. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué locura era esa?

Se sentó en un banco y volvió a sacar la cabra. La puso a su lado y pensó en destruirla. Quizá así volvería la normalidad. Pero fue pensarlo y escuchar una voz a su lado.

–Ni lo intentes, o te hare papilla.

Miró y vio a la cabra con una media sonrisa y una mirada maligna.

–No sabes quién soy ¿verdad?

–Sí, eres una cabra de plástico.

–No. Soy un tótem. Soy la deidad de una civilización mucho más avanzada que la vuestra. ¡La Chivilización! Estamos extendiéndonos y hemos venido a quedarnos. Espero que no tengas ningún inconveniente. Lo digo por ir matándote y eso.

John A. Tower no daba crédito a lo que oía. ¿Una cabra extraterrestre? Agitó la cabeza, aquello era demasiado incluso para él. Nadie, salvo quizá Philip K Dick, sabría qué hacer en semejante situación. Visualizó una legión de chivos super inteligentes invadiendo la tierra, el pobre hombre comenzó a temblar y notó cómo le bajaban de golpe seis puntos de cordura.

La cabra lo derribó con la mirada mientras leía sus pensamientos; al caer se dio en la cabeza con el bordillo de la acera y quedó grogui.

–Bueno, puede que yo sea de Neptuno, pero esa historia no tiene ni pies ni cabeza. Ni final, por cierto.

–Mira, de verdad, no sabes ni dónde tienes los tentáculos inferiores. Fui testigo de todo eso en el observatorio multidimensional, como te he dicho. Pero se cortó la emisión en ese momento. Pero el Chivi invadió aquella dimensión. ¡El Chivi Escarlata de la leyenda de la Iglesia del Balido! ¿No te enteras? ¡Y ahora está aquí!

–Cariño, son las ocho de la mañana. Cariño, cariño…

–Espera, quiero ver qué pasa en el sueño, beeeee.

–Cariño.

–Beee, beeee, beee.

–¿Qué dices? Habla bien, John.

–Beeeeeeeee.

John A Tower cerró la boca como se cierra una trampa para ratas al activarse. Intentó pensar en aquello, pero la cosa no funcionaba. Solo podía reproducir balidos en su mente. La cosa estaba jodida. Huyó y corrió sin saber adónde hasta que por inercia inconsciente acabó en el Molly. Fue a sentarse y algo se le clavó en el costado. “Beee, beee, bee” Pensó frustrado. Era la cabra de plástico, el tótem o lo que fuera aquello. Volvió a colocarla en la barra y ya puedo pensar bien, pero a su alrededor las conversaciones se convirtieron en animados balidos y bovinas risotadas.

“Valiente mierda” Pensó John.

El gallo cantó y la cabra de Álora se despertó, sacudió la cabeza y se dirigió al pesebre a rumiar el desayuno. Últimamente soñaba cosas realmente extrañas. Pero se olvidó en seguida, eructó y siguió a lo suyo.

Lo que no sabía es que en realidad era una canción de Tabletom. La cual soñaba dimensiones que, a su vez, la soñaban a ella. El universo era un juego de espejos que confundía realidad y ficción hasta que no había ninguna diferencia entre ambos.

La cabrá se echó una siestecilla y ciertos extraterrestres siguieron con su discusión. Por otro lado, John A Tower despertó en una nueva Chivilización y se fue adaptando hasta gustarle aquella sociedad bovina, mucho más pacífica y también mucho más lanuda, todo hay que decirlo.

Y siguieron soñándose en un extraño círculo que giró para siempre, rodeado y mezclándose con otros círculos de soñadores. Y, como bien sabemos en Andrómeda, la nada no existe, el cero es una quimera y lo mismo pasa con la muerte definitiva. Puesto que nada es permanente tampoco la inexistencia lo es. Y estos personajes y muchos más siguieron discurriendo por ese infinito mental que es todo lo existente.

 

 

                                                                 Informe nº 349-3

Nombre del empleado: Rixtey

DUI: HA786571139-QQ

                                                                 Operario del observatorio de Tanhausser

                                                                 Período de observación: de 78.58 a 97.21 cht

CP 45816, Alegría de la Huerta.

                                                                 Sistema Carpicornio

Andrómeda

                                                                                                        FIN DEL INFORME.

 

 

Relato dedicado al Círculo de los Sin Nombre, a Filmtropía, por inspirarlo, y en especial a Juan Alberto Guzmán de la torre, también conocido por otros nombres en dimensiones poco frecuentadas.

 

 

 

 

 

 

 

 

Fin

 

Iba cayendo, deslizándome por la escalera de caracol. Los dientes rechinaban en las paredes, el día se terminaba en los girasoles y yo me iba cayendo, cayendo cada vez más cayendo, cada vez más.

Hasta que, con un sonido de cañones, las ventanas se abrieron y las nubes curiosas miraban como caía cayendo. Y giraba y rodaba y saltaba y rebotaba cayendo. Hasta la luna pudo verme. Y el pudor estalló en mis pestañas cuando la sal del mar rozó el aire que respiraba.

Lloré.

Abajo me esperaba el cielo, pero yo aún caía. Y recordaba la isla del loto y el lago de ceniza, también las montañas como brasas encendidas, el mar humeante y convulso. Recordaba el fin, pero me esperaba el principio. O eso creía.

Mi suerte estaba oculta. Bajo las enredaderas maliciosas que me asediaban con su meticulosa paciencia, tras las volutas de humo que espesaban mi espacio vital. Nadie conocía mi vibración, mi tono, mi ser. Porque nadie había ni podía haber. Estaba solo.

Por ello, al torcerse el rayo sobre la palma de mi mano, comprendí de golpe las entrañas de la oscuridad, el aullido del odio, la daga fulminante y el paciente veneno. Y la muerte me sonreía mientras el cielo se acercaba en todas direcciones.

El Universo entero se plegaba sobre mí, desordenándose, desintegrándose. Y la intensa y efímera belleza de la destrucción me envolvía como una cálida caricia. Pronto sentiría el sabor de la inexistencia.

La noche bebía de mí, robando mi sangre. Me asimiló hasta que fui uno con ella y las celestiales promesas parecieron burlas macabras en mi regazo. Observé esas pequeñas esperanzas sin sentido. Y las devoré mientras reía.

Mi sonrisa era el horizonte. Noté que ya no caía, no podía caer más. El final me abrazó con suavidad mientras los últimos rescoldos del sol chispeaban y se apagaban. Y mi yo tembló como la llama de una vela rodeada de misteriosas sombras. Mi apocalipsis íntimo iba desgranando ya su final.

El cielo y las tinieblas se fundieron en un matrimonio infinito. Las estrellas cayeron en los mares y sisearon antes de convertirse en negra roca muerta.

Y, por fin, el último reinado comenzó, el imperio del silencio y la oscuridad. El imperio de la noche eterna.

 

 

El corazón de la realidad

El corazón de la realidad

 

Dijeron que se llegaba a través del gran azul, a través del mal vertical navegamos, pero no llegamos a parte alguna.

También que llegaríamos a través del ojo secreto de nuestra mente, lo encontramos y lo seguimos, pero solo estériles laberintos se extendían ante nosotros.

Descendimos hasta el mismo origen de la creación para solo acarrear más preguntas.

Nos fundimos con el agua y el aire, sentimos sus dulces murmullos y también su fuerza incontenible. Pero se nos escapaba su mensaje.

Tampoco comprendimos al fuego, ni a la tierra. Ni sus misterios de creación y destrucción.

Nuestros melancólicos ojos se dirigieron al centro de todas las cosas, pero solo eran nombres huecos que nos hacían sentir vértigo.

La noche nos abrazó con su ala oscura y se mostró, radiante, la luna. Su irónica sonrisa plateada parecía sugerir algo. Por tanto, seguimos su forma, a ver dónde nos conducía.

Recorrimos, pues, la senda estrellada, más allá de los sueños y de la última frontera. Nos adentramos en innumerables nebulosas mentales y vagamos entre sus alturas de razón y sus pilares de locura.

Siguiendo la forma de la luna nos sumergimos en el propio tejido onírico hasta encontrar una grieta, y la sobrepasamos sin miedo. Dejamos atrás la lógica y las leyes, el tiempo y el espacio.

El mundo sensible se tornó pura fantasía, un imposible. Mientras, las profundidades oníricas brillaban cada vez con más nitidez y sentido.

Y fue entre los sueños que encontramos lo que buscábamos: el corazón de la realidad. Así, entre los sueños, se nos reveló el último símbolo.

Y, ya liberados, fuimos conscientes de que siempre habíamos conocido las respuestas que con tanto ahínco perseguíamos. Porque las respuestas éramos, sencillamente, nosotros.

La sonrisa traviesa de la luna tocó nuestros ojos con plata al despertar.

 

 

Web que aloja la imagen:

https://psicowisdom.wordpress.com/category/atlas-de-lo-suenos/

 

Penurias y barruntos de un imprudente malaguita.

 

Cuando tomé la decisión algo protestó dentro de mí. Pero lo ignoré, craso error, y seguí mi estúpida lógica. Necesitaba aquel artículo. Así que, cuando vine a darme cuenta, me encontré en calle Larios; rodeado de pintorescos guiris, vendedores de almendras y gitanas berserker intentando empalar a los viandantes con sus ramas de romero.

Valiente mierda, pensé, ni siquiera una figurita exclusiva de Donald Trump vestido de vedette, con movimiento de baile y varias canciones grabadas, merecía pasar este maldito trauma. Pero estaba en el centro, en el centro de Málaga, ya estaba hecho: no iba a irme con las manos vacías.

Tras sortear una barrera de alemanes chancludos fui a dar de frente contra un mimo, con mi agilidad innata lo regateé, pero fui a caer en los brazos de una chica captadora de socios. Ahí ya no sé bien qué ocurrió, creo que mi consciencia se tomó un respiro, solo sé que llegué a la Plaza de la Merced, solté mis recién adquiridas posesiones en un banco e intenté recuperarme.

Revisé lo que me habían endilgado: tres tickets de altas de socios en ONG’s, cuatro cucuruchos de almendras, un globo, dos ramitas de romero que aun latían con extrañas profecías, un panfleto de helados, otro de cerveza a euro y un pequeño helicóptero luminoso que lancé al cielo para probar y cayó en un tejado.

Me puse de pie para estirar la espalda y aliviarme, estaba tenso después de subir aquel cargamento hasta allí.

–Las cosas ya no son como antes. –Dijo una voz.

–Y que lo diga. –Respondí sin volverme. –Anda que…

–Anda que no. –Me interrumpió. –Me crie ahí al lado. Les ganaba las perras a los otros niños desafiándolos a que era capaz de dibujar un animal de un solo trazo.

Entonces me volví.

–Anda, la hostia. –dije sin darme cuenta.

Estaba hablando con la estatua de Picasso. Entonces fui consciente de que el delirio de aquel lugar estaba empezando a filtrarse hasta mi propia mollera. Dejé mis posesiones abandonadas y corrí hacia la sucursal de los Pollitos Alegres, donde vendían mi soñada figurita.

Huelga decir que no llegué jamás. Llevo cuatro años viviendo entre las calles de casco histórico, una vez llegué al borde de calle Carretería, pero empezó la Semana Santa y me barrió hasta el punto de partida. Me alimento de almendras, helado y cerveza. Duermo en camas hechas con romero, me tapo con panfletos y mis almohadas son algodón de azúcar.

No sé qué será de mí. Ya no me queda un duro, si puedo remontar hasta calle Larios de nuevo creo que me haré mimo. Por eso quería advertir con esta carta, se lo he puesto en el pico a una paloma, espero que llegue a conocimiento del extra radio de la ciudad. Si vienen al centro háganlo por su cuenta y riesgo, es un lugar de tremenda gravedad y magnetismo. Puede ser el último lugar que visiten. Si deciden arriesgarse al menos despídanse de sus seres queridos y no olviden hacer testamento. A veces no se sale. Créanme. No sé si seré capaz de sobrevivir a las próximas rebajas.

Vuela, palomita, vuela. Si puedes salvar a algún incauto de acercarse a este agujero negro habrá valido la pena este último esfuerzo. Oh, ya están encendiendo las luces de Navidad, me queda poco tiempo. Rápido, coge vuelo, a ver si al menos llegas al Perchel.

 

Pherenike

 

En el centro de la oscura laguna un pequeño punto permanecía inmóvil. El barquero esperaba.

Sentía su espíritu deslizarse sobre esa delgadísima línea que separa la razón de la locura. La barca estática era un reflejo de su ánimo, un ancla que lo ataba a su auténtica maldición: el tedio. La superficie de la laguna Estigia parecía reflejar la noche, pero la contenía. Y cada estrella era una esperanza muerta, flotando en el fondo de las aguas del olvido.

Su voluntad se asemejaba a un pajarillo volando entre dos muros de llamas, pero algo ajeno a él le obligaba a continuar. El tiempo ya no era nada, no existía. El presente se había diluido en una vacía eternidad en la que todo parecía un sueño brumoso. Entonces el mandato golpeó su voluntad y sus brazos comenzaron a moverse mientras las palabras de su amo tocaban su mente.

La belleza emana de la muerte. Cuando la última luz se extinga y la quietud eterna lo abarque todo, podrás descansar.

Para el barquero era otro rumor del río, como el roce de las aguas. No pensaba en ello, solo sabía que debía cumplir con su tarea. No recordaba el motivo de su castigo y no le importaba. Ni siquiera sabía cuál era su nombre cuando aún estaba en el mundo de los vivos. Todo estaba tan lejos. Tan perdido.

Lo que parecía un espíritu esperaba en la ribera y el barquero creyó sentir un cambio, no supo si en las aguas o directamente en su corazón. Se acercó poco a poco, lo empujaba una inercia de raíces profundas y ocultas; un impulso cuyo origen estaba perdido en el caos primigenio, una voluntad sin nombre. Llegó a la orilla y detuvo su embarcación. Allí le esperaban. Él no comprendió, aun no. Pero fue consciente de que algo diferente ocurría, de que lo nuevo tocaba su existencia. Una emoción agradable recorrió su interior. Se inclinó hacia aquel ser que vibraba con vida, ofreciéndose a lo desconocido, mostrando su esencia.

La figura que esperaba subió a la barca y él comenzó a entender. La niebla que era su mente empezó a aclararse. Recordó un prado, una cabaña, una mujer. Recordó el olor del bosque. El sabor de la risa, y también unos ojos que cantaban amor. Las evocaciones fueron cayendo como una lluvia fina y lo envolvió un placer olvidado. Lo cual provocó una cascada de visiones atropelladas que detuvo con firmeza. Al final había algo malo, una falta a los dioses, un crimen, quién sabe. No quiso indagar en ello ¿qué importaba ya? Ella seguía allí, partiendo en dos el sinsentido, como una promesa plantada en medio de la desesperación. Él se acercó y rozó sus cabellos. Solo quería asegurarse de que era real. Apartó sus cavilaciones, consciente de que el tiempo, a la larga, convierte lo más vital e importante en polvo y en nada.

Siendo aún un hombre había amado a aquella mujer. Se acercó más a ella y al fundirse sus miradas se estremeció el propio flujo del tiempo. De algún modo volvieron a vivir juntos, a ser felices. Revivieron aquellos tiempos de dicha. Unos segundos y, a la vez, unos años después, volvieron a encontrarse en la oscura orilla de la laguna Estigia. Todo era igual. Todo era diferente.  La contempló con detenimiento, recorriendo cada línea de su rostro. Sabía que quedaba poco.

Porque mientras él la observaba, el destino los observaba a ambos. Y, sin cantos ni juramentos, Hades ejecutó su castigo y en su ciega cólera arrojó al barquero a las fronteras de la inexistencia.

El señor de los infiernos, malhumorado, no tuvo más remedio que dejar a la mujer en paz, ya que tenía potestad sobre las almas, pero no así sobre la vida.

Su nombre era Pherenike, su significado: la que trae la victoria. Vivió siempre sola tras su vuelta. Algunos decían que estaba loca, otros que era una bruja, incluso había quien afirmaba que se encontraba con su amante en sueños. Que podía abandonar su cuerpo por las noches y llegar a sitios que ni siquiera existían. La temían. Ya siendo anciana, dejó de salir de casa durante una larga temporada. En el pueblo pensaron que había muerto. Unas semanas después, vacilantes, los vecinos entraron. Sus restos nunca fueron hallados.

Y de esta forma, por primera vez, alguien pudo escapar del Inframundo. Y así la ira divina, también por primera vez, tuvo el efecto de un bálsamo. Después Hades, llamado Plutón por los constructores, convocó a Caronte, encadenó a Cerbero e hizo lo que pudo por ocultar un hecho que, aún ahora, enciende su ira.

Como bien se sabe, nada de esto fue suficiente; hubo otras aventuras, otras huidas. No obstante, son historias diferentes. Y ésta ya parece precipitarse a su fin.

Pero no tan rápido. El tejido que nos sustenta es caprichoso y fluctúa de diferentes formas. ¿Quién sabe qué habrá tras el umbral de la existencia? Quizá el amor aun respire fuera del tiempo y del espacio. Cobijado en la última periferia, o puede que en algún recodo oculto de la realidad, olvidado por todos. ¿Quién sería tan arrogante para juzgar lo incomprensible?

Porque hay cosas que ni los propios dioses saben.

 

FIN

 

Inspirado en “Caronte” de Lord Dunsany 

Estuve muerto y me acordé de ti (un relato de Mundodisco)

 

 

1

 

–¿Tienes un poco de chile? –Dijo la Muerte.

–¿Chile? –Respondió con sorpresa Rincewind.

–Sí, seguro que llevas un poco. Te cambio un tarro por un puñado más de vida.

El pobre tipo rebuscó en sus bolsillos.

–Mira, esto es tabasco, queda un poquito.

–No me vale. Lo siento, amigo. No pega con lo que tenía pensado para cenar. Aquí tienes tu boleto, cógelo.

El mago cogió una especie de billete de lotería y se estremeció al ver cómo el descarnado rostro sonreía. En el papelito ponía “Entrada al cielo literario – Pase para un adulto” y se mostraba un dibujo de un angelito saliendo de un libro.

–Estoy muerto ¿verdad?

–Sí, pero no hagas mucho drama. –Contestó La Pelona. –Aún tengo que recoger a unos cuantos y no tengo toda la noche. Aprieta fuerte tu ticket y déjate llevar.

Rincewind hizo lo que la Muerte le decía. El billete empezó a elevarse y, tras él, su cuerpo, que parecía no pesar nada. El mago intentó recordar, ni siquiera sabía cómo había muerto. Antes de poder aclararse se encontró haciendo cola ante un mostrador.

Cuando fue su turno miraron su ticket y lo mandaron a la sección correspondiente.

–¿Pueden decirme al menos como he muerto? –Protestó el mago.

–Para eso debe ir a reclamaciones. Pero está cerrado por falta de personal. Póngase en el eyector, por favor.

Rincewind se colocó sobre el círculo que señalaba el funcionario y salió disparado, fue subiendo cada vez más alto, hasta que, cuando pasaba por las nubes, un tipo lo cazó con una red.

–¡Aquí tenemos uno! –Gritó entusiasmado y relamiéndose.

En cuestión de segundos una multitud de ávidos rostros lo rodeó. Uno llevaba un tenedor y otro un trinchante. Vestían con harapos y trozos de nubes.

–Este es todo huesos. –Protestó el que parecía el jefe. ­–No daría ni para un caldo decente. Cada vez vienen espíritus de peor calidad. ¡Al carajo!

Lo arrojaron al vacío sin más. El mago cayó suavemente, como una hoja mecida por el viento.

Después de un buen rato su etéreo cuerpo se posó en lo que parecía un campo de batalla. Una llanura cubierta de cadáveres ensangrentados. El mago pensó en lanzar un hechizo de pies ligeros y largarse de allí, pero mientras lo tejía con sus dedos alguien lo increpó.

–Tú. Canijo. ¿Qué haces aquí? Yo no te he visto pelear ­–el vozarrón venía de su espalda.

–Sí. Este es un listo. Quiere sumarse a la fiesta por la cara.

Rincewind se volvió y observó el espíritu de dos guerreros vikingos.

–Yo… –Empezó a decir el mago.

–Silencio. –Dijo el espíritu más alto. –Ya vienen. Son ellas. –Un viento trajo un murmullo de caballos al galope.

–Pero Ragdor, sacudámosle un poco antes de que lleguen. Es un aprovechado. –dijo el más bajo.

–Es cierto. Ven aquí, pequeño idiota.

Rincewind, alarmado, ejecutó su hechizo de pies ligeros que, con la distracción, se convirtió en un encanto de amor primaveral. Falló otra vez y el conjuro quedó volando en el aire. Sin otra cosa que hacer echó a correr alejándose de aquellos espíritus tan violentos, pero en ese momento empezaron a emerger muchos más, cientos de ellos. Salían de los cuerpos y miraban al cielo.

El mago siguió la dirección de sus miradas y vio a las valquirias. Montaban en caballos que parecían tallados en nácar y plata y flotaban por el aire, recogiendo a los espíritus de los guerreros más valientes. Una de ellas se fijó en el pequeño hechizo de amor del mago y se detuvo ante él. Lo tocó y el hechizo la imbuyó con su magia.

–¡Ahí está!

Esta vez no eran solo los dos espíritus, había más de cincuenta. Miraron iracundos a Rincewind y lo llamaron intruso y cosas peores mientras se lanzaban sobre él. El mago corrió desesperado y, cuando estaban a punto de atraparlo, la valquiria que había sido víctima de su hechizo lo recogió y volaron altos en el aire. Aquello ya era demasiado para sus pobres nervios y el mago se desmayó.

 

 

 

2

 

Despertó sobre el regazo de una chiquilla. Sus muslos níveos eran como nieve con tacto de seda. El mago la miró a los ojos y lo que vio lo lleno de maravilla y de terror. Aquella mirada estaba llena de amor, pero no era la de una niña. Había insondables pozos de sabiduría en su fondo. Se sintió intimidado e intentó recordar la duración del conjuro amoroso. No pudo, en realidad era la primera vez que conseguía lanzarlo con éxito.

Una fragancia hizo que mirara a su alrededor mientras la muchacha acariciaba su barba. Estaban en un prado inmenso lleno de flores que parecía perderse en el infinito, pero una titánica construcción se levantaba cerca de ellos. Era un palacio de oro, cuyas torres se perdían en las alturas.

–¿Dónde estamos?

–Este es el Valhalla, mi amor. En ese palacio entrenan los mejores entre los mejores, se preparan para la batalla final. Se dice que el mismo Odín conducirá sus ejércitos de dioses y elegidos y que la guerra provocará el fin del mundo.

La valquiria seguía mirándolo con ternura y el pobre mago se sintió atrapado. Le entregó una ramita de enebro cubierta de florecillas y él la cogió mientras sonreía nervioso. Estaba convencido que cuando el efecto del hechizo desapareciera, aquella chiquilla no tendría demasiados problemas para rebanarle la cabeza con la espada que llevaba al cinto. Tenía que huir. Además, sospechaba que aquel palacio brillante estaba lleno de espíritus vikingos enfurecidos.

Rincewind pensó lanzarle un envite al destino y jugársela. No parecía tener muchas opciones. Le dijo a la valquiria que tenía que ir a hacer cosas privadas y se escondió tras un pequeño arbolillo. Sacó el pequeño manual de magia tamaño bolsillo que llevaba colgado al cuello y escondido debajo de la túnica y buscó en él con rapidez.

Teletransporte. Eso era lo que necesitaba. Buscó las coordenadas de su habitación en la academia de magos y empezó a preparar el hechizo. Fue desenvolviéndolo poco a poco en su mente, con cuidadosa precisión ejecutó los movimientos indicados y pronunció las sílabas con precisión. Espero unos segundos y ahí estaba, el portal apareció ante él.

–¿Qué estás haciendo? –La valquiria avanzaba hacia él, pero no parecía ver el umbral mágico.

–Lo siento. –Fue lo único que se le ocurrió al Rincewind.

Y saltó.

 

 

3

 

–¿Tienes un poco de…­? – Dijo una voz. ­–Ah, eres tú otra vez. ¿Intentando escapar de la muerte? Eres demasiado ingenuo para ser un mago.

–Oh, no.

–Sí. Sigues muerto ¿recuerdas?

Rincewind disparó su último cartucho.

–¿Qué vas a cenar esta noche? –Preguntó.

–Pues he quedado con los jinetes del Apocalipsis. –Respondió la muerte. –vamos a hacer pollo.

–¿Pollo con qué? –Preguntó Rincewind.

–No lo había pensado.

–Mira, esta ramita de enebro celestial le dará al pollo un sabor exquisito. Tus invitados querrán repetir. Te lo garantizo.

La muerte cogió la pequeña ramita y miró las flores.

–Sí que es rara, sí. ¿Enebro celestial? Lo probaré.

–Bueno ¿me darás un poco más de vida entonces?

–Venga, que no se diga, que siempre he tenido muy mala fama –dijo la Pelona. –Te doy unos cuantos plazos más. Pórtate bien.

–Espera ¿cuánto tiempo de vida tengo?

Una nube de colores envolvió al mago que giró y giró en un extraño vórtice. Tras unos instantes, un movimiento de succión lo lanzó hacia abajo y cayó en el camastro de su habitación de la academia de magia.

Se estiró en la cama y suspiró. Se relajó por fin y se quedó profundamente dormido.

Cuando la voz lo despertó casi estaba amaneciendo.

–Incluso para un mago como tú la muerte siempre debe ser una sorpresa. Pero no temas, nos veremos. Por cierto, maravillosa receta. –Dijo con una estremecedora sonrisa y desapareció no sin antes soltar un largo eructo.

Rincewind, indignado, se tapó la cara con la almohada cuando le llegó el olorcillo a enebro. Giró la cabeza y observó, a través del ventanuco, cómo la normalidad volvía a rodearlo. El mago suspiró de satisfacción. Casi podía sentir Mundodisco, su querida tierra, bajo su cuerpo. La sensación de cotidianidad le pareció una delicia. Las cosas seguían igual, el gran disco del mundo, sobre los lomos de cuatro titánicos elefantes, recorría el caparazón de la tortuga astral, la cual navegaba por el espacio. Todo tan familiar, pensó Rincewind. Y se quedó dormido envuelto en una sensación de placidez y sosiego.

 

 

FIN

El espíritu de la música.

La música brilla. La música perfuma. A veces tiene sabor y, sobre todo, la música toca. Quien la ame sabe bien de lo que hablo. No es casual que los maestros clásicos llamaran movimientos a las diferentes partes de sus composiciones. Porque la música nos mueve, nos cambia. Ella misma es en sí una especie de movimiento, de recorrido, donde puede acostarse uno en el ritmo, sumergirse en el vaivén y dejarse llevar.

La música es pura. Es la esencia desnuda; si algo puede saberse de lo más profundo, de lo más secreto, está en su centro. El misterio no puede explicarse, solo sentirse. Su naturaleza no es lógica ni discursiva; es sentimental, irracional y por ello, quizá, mucho más verdadera.

La música no se dirige a la mente, sino al corazón. Y si algo tiene algún sentido es lo que vive ahí dentro. Si algo puede justificarlo todo está encerrado en lo más profundo de nosotros, en nuestras emociones esenciales. Y su lenguaje es la música.

Es eterna. No en tiempo, sino en significado. Es la parte que podemos percibir de esa otra cara de la existencia, ese otro mundo, que sustenta nuestra realidad, sobre el que crecen nuestros débiles razonamientos y reglas lógicas queriendo ordenar, atrapar conceptos, como un cedazo que en vez de oro recogiera minúsculas verdades pasajeras.

Y, por supuesto, es hermosa. La música es la más valiosa flor que la humanidad se ha regalado a sí misma. Algo que trasciende la estética y llega más allá del propio hombre. Que escala fuera de nuestra caverna hacia lugares fuera de nuestro alcance. Porque la música tiene alas, y vuela.

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