El espíritu de la música.

La música brilla. La música perfuma. A veces tiene sabor y, sobre todo, la música toca. Quien la ame sabe bien de lo que hablo. No es casual que los maestros clásicos llamaran movimientos a las diferentes partes de sus composiciones. Porque la música nos mueve, nos cambia. Ella misma es en sí una especie de movimiento, de recorrido, donde puede acostarse uno en el ritmo, sumergirse en el vaivén y dejarse llevar.

La música es pura. Es la esencia desnuda; si algo puede saberse de lo más profundo, de lo más secreto, está en su centro. El misterio no puede explicarse, solo sentirse. Su naturaleza no es lógica ni discursiva; es sentimental, irracional y por ello, quizá, mucho más verdadera.

La música no se dirige a la mente, sino al corazón. Y si algo tiene algún sentido es lo que vive ahí dentro. Si algo puede justificarlo todo está encerrado en lo más profundo de nosotros, en nuestras emociones esenciales. Y su lenguaje es la música.

Es eterna. No en tiempo, sino en significado. Es la parte que podemos percibir de esa otra cara de la existencia, ese otro mundo, que sustenta nuestra realidad, sobre el que crecen nuestros débiles razonamientos y reglas lógicas queriendo ordenar, atrapar conceptos, como un cedazo que en vez de oro recogiera minúsculas verdades pasajeras.

Y, por supuesto, es hermosa. La música es la más valiosa flor que la humanidad se ha regalado a sí misma. Algo que trasciende la estética y llega más allá del propio hombre. Que escala fuera de nuestra caverna hacia lugares fuera de nuestro alcance. Porque la música tiene alas, y vuela.

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La dama de blanco

 

 

En confrontación con miles de referencias, la idea nace en tu interior. Comienza entonces el juego de la seducción mental. La idea permanece ahí, solo debes girarte, sabes que está ahí, y que sonríe. Entonces, la enfrentas con tu mirada y, donde había una idea, solo hay vacío. El juego continúa, igual, pero diferente cada vez, fresco y espontáneo, aunque tenga sus fases establecidas.

Entonces la idea desaparece y deja un hueco enorme. Y, si no la conocieras ya, pensarías que murió, que expiró entre esas infinitas ideas que nunca fueron. Pero, cuando menos te lo esperas, especialmente cuando estás ocupado, la idea reaparece y destella ante tus ojos. Aquí la seducción llega a su fin y comienza el amor.

Debes hacerlo bien, lo mejor que puedas. La idea es tan sagrada como el cuerpo de una mujer. Los manoteos torpes no son bien recibidos, ni sobre el papel en blanco, ni tampoco sobre una piel cubierta de anhelos. Debes concentrarte y, al tiempo, relajarte. Debes dejar que pase, dejarte llevar, pero sabiendo lo que haces, centímetro a centímetro, beso a beso, pulsación a pulsación.

Entonces, de una zona siempre desconocida, llega la magia. Te envuelve, a los dos, a todos. No puede expresarse, solo sentirse. Pero es tu obligación intentarlo, para eso estás aquí, para eso está aquí la idea, es tu forma de aportar sentido a la nada. Es lo único que puedes hacer. Y lo haces. O lo intentas. Sea como sea, hace falta algo de intrepidez para enfrentarse a lo eterno, a lo incognoscible.

Terminado el torbellino de hojas, el juego de sábanas, no queda sino contemplar la obra. Puede que haya servido para algo, puede que no. Pero el juego sí valió mucho la pena. Conténtate; quizá no hayas tocado el cielo inmortal, pero, desde luego, sabes bailar con esa extraña dama de blanco, ese hermoso ser a quien muchos desafortunados no conocerán jamás.

Sinestesia

 

Acababa de desempaquetar el pack de presocráticos de mi Filosofón 3000 y cuando le hice la primera pregunta a Anaximandro las vibraciones azules invadieron la casa. Seguro que es el mensajero que trae otro paquete, pensé. Apagué el aparato, me dirigí a la puerta y abrí confiado. Pero no era el habitual robot de mensajería, esta vez no. Para mi sorpresa, era un hombre sonriente y elegante que me enseñó una tarjeta. En ella se leía en hermosa caligrafía Allman Brothers: synesthesia experience.

Antes de que me diera cuenta de lo que pasaba el tipo estaba sentado en mi sofá ondulante y le había pedido un té al androide mayordomo. Me hizo un gesto para que me sentara. Así que suspiré y lo hice, sabiendo de sobra que ya era tarde para poner excusas. Me enseñó de nuevo su tarjeta. Y pensé en la manía de escribir los nombres de las cosas en inglés para que sonara más importante y en cuánto me fastidiaba.

Abrí la boca para decir algo pero el tipo ya estaba hablando.

-Hemos venido a verle a usted, señor Pedregal, porque sabemos que es un delicado esteta y una persona de gusto refinado. Por ello queremos ofrecerle en exclusiva nuestro nuevo producto. La experiencia sinestésica definitiva.

-¿Pero qué es la sinestesia? –Le pregunté.

Entonces el tipo sonrió y los ojos le brillaron con astucia.

-¿De verdad no lo sabe?

 

Tres semanas después, en un momento de lucidez, pensé que si quizá hubieran traído a Sócrates en el pack hubiera estado tan interesado que no hubiera abierto la puerta. Cuando lo trajeron ya no les abrí. Llevo semanas sin abrir a nadie.

Ya de entrada compré todo el contenido que me ofrecieron. Y desde entonces vago como un sonámbulo de un objeto a otro. A veces le digo al androide cocinero que prepare alguna cosa, otras veces duermo un poco, pero siempre con el deseo llameando en mi mente.

Tenemos la música que crea atmósferas de olores y hermosas visiones. De forma que uno ya no sabe si de la imagen viene la música o a la inversa. La magia de la sinestesia crea una armonía de sensaciones de la que cuesta separarse. Salvo que otro deseo cruce la mente.

Como por ejemplo los viajes soñados. A la primera mirada solo son cuadros, pero si uno se pierde en ellos los sentidos se revelan ante la realidad circundante y se sumergen en lo que la pintura representa. He estado en batallas, ceremonias, paraísos, bacanales, naufragios y lugares ignotos. Pero si cierro los ojos vuelvo a mi salón. Y mientras miro como las pequeñas ardillas metálicas limpian el polvo y riegan las plantas pienso en la siguiente maravilla. Arrastrando los pies me dirijo hacia ella.

Sin duda la creación más absorbente es la fuente del placer. Tan solo hay que conectarla y empezar a soñar llevado por las sugerencias que ofrece o entregado a la fantasía pura. Convierte las ensoñaciones en experiencias táctiles. Quizá luego imagine a Xena, la princesa guerrera, sí, le diré que me de otro masaje como el de ayer.

Hoy, quizá por puro instinto de supervivencia, salí un poco al jardín. Agotado de tanta experiencia virtual quise salir a mirar algo real. Miré las calles, miré la gente que pululaba, las tristes fachadas, escuché los habituales sonidos estridentes y zumbidos diversos y percibí en el aire el aroma de la huelga de basureros.

Y allí, en mi jardín, me sentí aplastado por dos mundos que no me satisfacían en absoluto. Si al menos Sócrates pudiera aconsejarme…

Made in musa

 

Hoy me pegué un madrugón y tras el almuerzo pensé: Qué carajo, me voy a echar una siestecilla. Ya sonriente y encroquetado en mi camita noté que alguien no estaba de acuerdo con mi idea. Un impertinente y mitológico ser que empezó a susurrar versos maravillosos y seductores. “Escríbeme” “Y a mí” “Y a mí” Decían las líneas con sus líricas vocecillas. Y parecían tener razón. La risilla de la musa era verde, como el laurel de la victoria.

Así que, maldiciendo pareados, tuve que tomar una indignante posición vertical para, después, sentarme ante el teclado.

Clac, clac, clac. Iba yo escribiendo, cuando, ante mi sorpresa, noté que aquello que producía era un crimen literario. Y cada idea genial, a la luz de la vigilia, se transformaba en un manido montón de clichés, aburridos hasta que para el que los escribe. Bostecé con rebeldía y mientras volvía a mi acogedor nido pude notar un claro cambio de tono en cierta risa, ahora malévola. Ya no sonaba verde victoria sino marrón, con una asociación demasiado clara.

Así que saqué mi revólver mental de debajo de la almohada y lo cargué con balas de plomiza monotonía. ¡Bang! Disparé directo a la musa, que se reveló como Erato, patrona de la poesía amorosa. No pareció inmutarse y, supongo que ya aburrida y con la gracia hecha, se esfumó con un arpegio de su lira.

Al final con tanto meneo ni pude dormir ni nada. Daba vueltas pensando dónde carajo estaría, ella y su inspiración, cuando me encontré a aquella hermosa vecina en el rellano y mi cerebro no podía hilar dos frases seguidas. Se me ocurrían infinitas situaciones en que las caprichosas musas me habían dejado tirado y, cada vez más mosca y con menos sueño, transcurrió el tiempo hasta que fue la hora de levantarse.

Me la has vuelto a jugar, maldita sinvergüenza. Ya no pico más.

Lo digo en serio.

 

 

La Fuga

 

-Siri ¿algo nuevo?

-Tiene un mensaje de voz.

-Reprodúcelo.

Hola, cariño. Te noto inquieto estos días. Espero que no estés pensando en abandonarme. Te echaría de menos y también lo harían en la empresa de mi padre. Estamos pensando en una fusión y quizá te asciendan. No me obligues a plantearte un dilema.

 

-Buenas, venía por la entrevista de trabajo.

-Sí. Siéntese, por favor. ¿Me dice su nombre?

-Aurelio Retinta

-Ah, veo que se presenta usted para el puesto de capullo.

-Exacto. En su empresa andan cortos de conflictos, según creo. Ambiente laboral aburrido, poca emoción, ya sabe. Yo vengo a crear polémica.

-Bien, bien. Aquí dice que usted era directivo de una empresa ¿a qué se debe este cambio de orientación en su empleo?

-Mire. Huyo de una relación desastrosa y tengo que desfogarme, tensión acumulada ¿Qué quiere que le diga? Los consejos de administración no me llenan.

-Quiere usted un poco de acción.

-Sí, se podría decir así.

-Mire, me gusta su actitud y su perfil. Aquí tiene un manual de mobbing con diferentes tipos y estrategias. Estúdielo. Empieza esta tarde. Espero que esté molestando al menos a un par de trabajadores al final de la semana.

-De acuerdo. Gracias por su confianza. Es usted un inútil.

-¿Cómo dice?

-Disculpe, me he adelantado. Empiezo esta tarde ¿verdad?

-Sí. Ahí tiene su uniforme de capullo. Mucha suerte.

-¿El tanga luminoso es necesario?

-Claro. Es lo más importante.

-¿Y si me pega un chispazo?

-No se preocupe. Es parte de la motivación, para que ande usted más arisco.

-De acuerdo.

(Sonido de sirenas)

-Quieto. Pare usted ahí.

-Sí ¿qué ha pasado?

-Iba demasiado rápido. Deme su carnet de identidad y permiso de conducción.

-Tome.

-¿Es usted Aurelio Retinta?

-Sí.

-Ajá. Sople aquí.

-Chuffff

-Bien, no ha tomado usted drogas.

-Claro que no.

-Sople aquí también, por favor.

-Chuff chuff.

-Vaya. Tenemos un problema.

-¿Qué pasa?

-El medidor indica que pasa usted el límite de frustración permitido.

-¿Qué?

-Que está usted insatisfecho en su vida. Lo siento pero no puede conducir.

-¿Pero qué carajo dice?

-Lo que oye. Todas esas dudas existenciales y comederos de tarro pueden distraerle al volante.

-Pero voy a llegar tarde al trabajo.

-No se preocupe. Aunque su vehículo quede inmovilizado podrá irse.

-¿Cómo? ¿Caminando?

-No. Incluido en la multa está este monopatín reglamentario, para que pueda usted desplazarse.

-Pero si no tiene ruedas. Es una tabla rota.

-Si tiene alguna queja puede llamar a este número. Buenas tardes.

-Hola ¿me abre?

-¿Quién es usted?

-El nuevo capullo, empiezo hoy.

-Le voy a abrir, pero llega tarde, amigo. La próxima vez se queda fuera.

-¿Dónde están los ascensores?

-Por allí.

Abriendo puertas.

-Click

Ha marcado usted la planta 19.

-Espere.

-Mierda. Click, click, click.

-Siempre fuiste lento, cariño. Bueno, casi siempre.

-¿Qué haces aquí?

Subiendo.

-Pues entro a trabajar Hemos comprado esta empresa, estamos renovando personal ¿y qué haces tú aquí?

-Maldita sea.

-Je, je, je ¿Pensabas que podrías irte sin más? ¿Querías el divorcio? Toma, aquí lo tienes.

-¿Es esto?

-Claro. Solo tienes que firmarlo y pasaré de ser tu mujer a ser tu jefa.

-¿No hay salida?

-Yo diría que no.

-Dile a tu padre que me guarde la silla. Por lo menos podré quitarme este maldito tanga.

-Ja, ja, ja. No me negarás que ha sido un punto bueno ¿y lo de la multa que te ha parecido?

-Estás en todas ¿eh?

-Con el suficiente dinero puede acercarse uno mucho a la omnisciencia y la omnipotencia está a la distancia de unos millones más. ¿Qué esperabas?

¡Clonck! El ascensor se ha averiado, por favor espere al técnico, tardará unos veinte minutos.

-Joder. Nos hemos quedado encerrados ¿Ahora qué hacemos?

-A mí se me ocurren un par de ideas, enséñame ese tanguita.

-Sí, amor.

-Amor no. Jefe.

-Lo que tú digas.

 

 

 

Doce millones

 

Aquel día vagabundeaba por el barrio, a ver si surgía algo. Me paré en las cabinas de teléfonos y miré por si alguien se había olvidado alguna moneda. No hubo suerte en la primera. Fui hacia la otra, pensando que solo me faltaban quince céntimos para comprarme un lolipop, pero nada. Hoy no era mi día.

Cuando me iba, escuché algo a mi espalda, un runrún distorsionado. El teléfono estaba descolgado y alguien gritaba a través de él. Con cuidado lo cogí y escuché con atención. Noté con extrañeza que eran dos voces, enzarzadas en una discusión.

-Son doce millones. Ni más ni menos.

-Dijimos que si había retrasos se incrementaría la cantidad.

-He dicho mi última palabra. Colócalo en el lugar de siempre. No me hagas discutir más.

-El lugar de siempre está en obras ahora.

-Entonces ponlo en el segundo lugar, el alternativo. Y no la cagues.

-Joder, no recuerdo dónde era.

Tras un silencio tenso pude oír cómo la primera voz dudaba. Carraspeó y habló más bajito esta vez.

-Es la última vez que te lo explico por teléfono. Déjalo en la papelera que está junto a la sucursal de los Pollitos Alegres, después de medianoche.

-Doce millones entonces.

-Sí.

Coloqué el auricular en su sitio con mucho cuidado. Estaba entre emocionado y acojonado. Solo podía pensar: Doce millones ¿serían euros o dólares? Para el caso era una fortuna. La sucursal de los Pollitos Alegres estaba a un paso y ya estaba anocheciendo. Busqué un buen lugar para observar la papelera que habían dicho y saqué mi medio paquete de pipas dispuesto a esperar lo que hiciera falta.

Doce millones. Joder.

Mi reloj se apagó, ya que se alimentaba de luz solar, así que esperé con paciencia a que apareciera alguien. Observando desde una rama del algarrobo que crecía en la plaza, perfecta atalaya de vigilancia, y oculto por sus ramas y la oscuridad.

Entonces un tipo bajito apareció con un maletín. Parecía dubitativo, miró a su alrededor y se acercó a la papelera. Tras unos momentos, por fin metió lo que llevaba en el contenedor y se fue con paso rápido. Un escalofrío de nerviosismo recorrió mi cuerpo. No había tiempo que perder.

Salté del algarrobo en silencio y al más puro estilo ninja me acerqué al lugar oculto por las sombras. Allí estaba el maletín, parecía no pesar mucho. Quizá eran billetes grandes. Sonreí al tocarlo, pero mi sonrisa se congeló cuando escuché unos pasos a mi espalda.

-Oiga.- dijo una voz.

Quedé paralizado, estaba seguro de que la mafia me había pescado. Ya me daba por muerto cuando el tipo que había hablado me rodeó y me miró a la cara. Era solo un chaval.

-¿Tú también juegas? –Dijo el muchacho. –No te había visto nunca.

Las palabras y el tono me desconcertaron.

-¿Jugar? –Dije- ¿Jugar a qué?

Entonces abrí el maletín. Dentro había papeles de periódico hechos pedazos y una careta tipo Nosferatu. Miré al niño con cara de idiota.

-Pues al rol ¿a qué va a ser? -Dijo el chaval- Esta noche hay una partida de la mascarada. Hay objetos ocultos por la ciudad. Ese maletín es el premio gordo.

Miré aquel montón de porquerías.

-¿El premio gordo?

-Sí. Da doce millones de puntos de experiencia encontrarlo.

Entonces se me ocurrió una idea.

-Niño, te doy el maletín si me das un euro.

-Hecho.

El niño me dio la moneda y me fui al último chino que quedaba abierto a comprar chucherías. Quizá no sean doce millones, pero es una forma de endulzar la vida, aunque sea un ratito. Y bueno, pensé, no hay mal que por bien no venga, he tenido emoción, he echado la tarde y he conseguido mi lolipop.

Pasadizos secretos

 

 

 

Hace tiempo, cuando era un niño pequeño, tuve un sueño.

Aquella madrugada entré en un mundo de luz y suavidad. Las cosas eran aterciopeladas y brillantes, su roce acariciaba, su calor besaba. Todo era luminoso por igual, como si la fuente surgiera de los mismos objetos y del mismo aire. Floté y sonreí complacido. Ante mis ojos se extendieron unos finos hilos de claridad aún más intensa, cientos, miles de ellos. Y por su minúsculo interior comenzaron a pasar lentamente, como joyas engarzadas en un colgante infinito, pequeños seres de diferentes colores y formas.

Aquello, comprendí, era la altura. Decidí descender y contemplar el nivel medio.

Caí suave, meciéndome como un copo de nieve, hasta la superficie sólida. Era tierna y perfumada. Entonces noté que eran nubes. Miré hacia arriba, los delgados rayos entretejidos parecían lejanos, pero, a la vez, al alcance de la mano. Toqué las nubes encendidas con un resplandor suave, jugué y reí con ellas. Les di formas y volví a rehacerlas. Me bañé en su calidez, abracé su blanda resistencia hasta que, perdido en el goce, caí entre ellas.

Me dirigía hacia el nivel bajo. Caía un poco más rápido y sentía un frío que crecía por momentos. Dudé, y aquel niño que fui sintió el mordisco de la inseguridad como algo nuevo y terrible, pero, en su inocencia, olvidó con rapidez algo que aún no entendía.

Abrí los brazos y seguí cayendo.

Y el nivel bajo no era suave ni luminoso, era frío y oscuro. Por suerte se veía algo, miré y, justo al lado, un tenue resplandor ahogado pulsaba. Era un trozo de nube que suspiraba entre las sábanas de la cama. Lo abracé y grité de alegría: estaba en mi habitación y había sacado un trozo de luz mágica del sueño.

Casi lloré de dicha mientras miraba aquella cosa increíble brillar en el cuenco que formaban mis manos. Sin saber por qué, llamé a mis padres. Seguí insistiendo y entonces llegaron. Encendieron una luz que no era tal y la bombilla extendió una capa sucia sobre la luz mágica, la atravesó de desilusión y aspereza y la hizo desaparecer en un instante.

El trozo de nube soñado se esfumó de aquellas manos de niño, al parecer muerto para siempre, perdido.

Y el niño creció hasta que dejó de serlo, y el tiempo siguió su camino.

Sin embargo, hay veces que se encuentran puertas, pasadizos insospechados. Que conectan cosas cuya relación no existe en principio. Pero sobre las cuales se puede viajar al pasado, o a donde se desee, y jugar con las nubes o disfrutar como se quiera.

Hoy, por algún motivo, me ha vuelto a tocar aquella luz. No sé bien cómo, ni siquiera cuándo, pero su marca es clara. Es alegría y serenidad, un extraño pero familiar lazo con todo y todos, un sentimiento de identidad aplicable a cualquier cosa.

Me hace pensar que la sabiduría y la inocencia no son ajenas, sino compañeras.

Y me hace sentir agradecido.

 

 

 

Armonía

Aquella tarde salí a caminar, me dirigía hacia la playa cuando noté que había olvidado el mp3. Pensé en volver a por él, pero era tarde ya y si volvía sabía que me quedaría en casa. Así que seguí callejeando en dirección al mar.

Al llegar a cierto recodo del paseo marítimo, vi al viejecito de siempre, rodeado de baratijas. Me acerqué y observé varios aparatos electrónicos, lo cual no era habitual.

-¿Y eso? –Dije señalando una pequeña radio y una serie de auriculares.

-Hay que modernizarse, corazón. Vendiendo artesanías no se gana ni para la cruz de madera.

-Pero si tiene usted hasta reproductores de música.

-Ah sí. Tome, quédese uno. Por su amabilidad, para el caso creo que no funcionan.

El viejecito colocó en la palma de mi mano un mp3 grande, feo y sin pantalla.

-Ah, gracias. –Dije, sin saber si devolverle aquella antigualla.

-Con Dios. –Dijo el viejo y volvió a su faena de hacer pulseritas y ceniceros con material reciclado.

Me guardé el cacharro en el bolso y seguí con mi ejercicio. Pero poco después empecé a sentir una débil música que me acompañaba, abrí el bolso y examiné el arcaico reproductor: los cascos estaban sonando. Por curiosidad me los puse.

La canción era instrumental y deliciosa. Ahora sí estaba sorprendida de verdad, me senté a tomar un descanso y escuchar el tema, mientras pensaba en la cadena de casualidades.

Y la cadena se volvió loca. Tanto que, por un momento, el mundo encajó y sentí como si siempre hubiera sido así.

Mientras la música fluía desde los cascos, el mar y el cielo empezaron a sincronizarse con ella. Los pájaros remolineaban entre los azules al ritmo de la guitarra y las olas parecían simular los coros. El aire soplaba al ritmo de las flautas y hasta la tierra parecía temblar con las cadencias de los bajos. El mundo entero era música. Me sentí invadida por un nuevo placer mientras aquel milagro ocurría. Lloré de felicidad al observar la armonía y belleza de todas las cosas. Su perfección única y combinada.

Hasta que me quedé dormida en la arena.

Aun no entiendo qué ocurrió aquel día. Solo sé que el reproductor no estaba cuando desperté y el viejecito no recordaba nada de aquel asunto. No sé cómo explicarlo, pero para mí fue real y qué importa lo demás.

Si es que hay algo más.

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