Pherenike

 

En el centro de la oscura laguna un pequeño punto permanecía inmóvil. El barquero esperaba.

Sentía su espíritu deslizarse sobre esa delgadísima línea que separa la razón de la locura. La barca estática era un reflejo de su ánimo, un ancla que lo ataba a su auténtica maldición: el tedio. La superficie de la laguna Estigia parecía reflejar la noche, pero la contenía. Y cada estrella era una esperanza muerta, flotando en el fondo de las aguas del olvido.

Su voluntad se asemejaba a un pajarillo volando entre dos muros de llamas, pero algo ajeno a él le obligaba a continuar. El tiempo ya no era nada, no existía. El presente se había diluido en una vacía eternidad en la que todo parecía un sueño brumoso. Entonces el mandato golpeó su voluntad y sus brazos comenzaron a moverse mientras las palabras de su amo tocaban su mente.

La belleza emana de la muerte. Cuando la última luz se extinga y la quietud eterna lo abarque todo, podrás descansar.

Para el barquero era otro rumor del río, como el roce de las aguas. No pensaba en ello, solo sabía que debía cumplir con su tarea. No recordaba el motivo de su castigo y no le importaba. Ni siquiera sabía cuál era su nombre cuando aún estaba en el mundo de los vivos. Todo estaba tan lejos. Tan perdido.

Lo que parecía un espíritu esperaba en la ribera y el barquero creyó sentir un cambio, no supo si en las aguas o directamente en su corazón. Se acercó poco a poco, lo empujaba una inercia de raíces profundas y ocultas; un impulso cuyo origen estaba perdido en el caos primigenio, una voluntad sin nombre. Llegó a la orilla y detuvo su embarcación. Allí le esperaban. Él no comprendió, aun no. Pero fue consciente de que algo diferente ocurría, de que lo nuevo tocaba su existencia. Una emoción agradable recorrió su interior. Se inclinó hacia aquel ser que vibraba con vida, ofreciéndose a lo desconocido, mostrando su esencia.

La figura que esperaba subió a la barca y él comenzó a entender. La niebla que era su mente empezó a aclararse. Recordó un prado, una cabaña, una mujer. Recordó el olor del bosque. El sabor de la risa, y también unos ojos que cantaban amor. Las evocaciones fueron cayendo como una lluvia fina y lo envolvió un placer olvidado. Lo cual provocó una cascada de visiones atropelladas que detuvo con firmeza. Al final había algo malo, una falta a los dioses, un crimen, quién sabe. No quiso indagar en ello ¿qué importaba ya? Ella seguía allí, partiendo en dos el sinsentido, como una promesa plantada en medio de la desesperación. Él se acercó y rozó sus cabellos. Solo quería asegurarse de que era real. Apartó sus cavilaciones, consciente de que el tiempo, a la larga, convierte lo más vital e importante en polvo y en nada.

Siendo aún un hombre había amado a aquella mujer. Se acercó más a ella y al fundirse sus miradas se estremeció el propio flujo del tiempo. De algún modo volvieron a vivir juntos, a ser felices. Revivieron aquellos tiempos de dicha. Unos segundos y, a la vez, unos años después, volvieron a encontrarse en la oscura orilla de la laguna Estigia. Todo era igual. Todo era diferente.  La contempló con detenimiento, recorriendo cada línea de su rostro. Sabía que quedaba poco.

Porque mientras él la observaba, el destino los observaba a ambos. Y, sin cantos ni juramentos, Hades ejecutó su castigo y en su ciega cólera arrojó al barquero a las fronteras de la inexistencia.

El señor de los infiernos, malhumorado, no tuvo más remedio que dejar a la mujer en paz, ya que tenía potestad sobre las almas, pero no así sobre la vida.

Su nombre era Pherenike, su significado: la que trae la victoria. Vivió siempre sola tras su vuelta. Algunos decían que estaba loca, otros que era una bruja, incluso había quien afirmaba que se encontraba con su amante en sueños. Que podía abandonar su cuerpo por las noches y llegar a sitios que ni siquiera existían. La temían. Ya siendo anciana, dejó de salir de casa durante una larga temporada. En el pueblo pensaron que había muerto. Unas semanas después, vacilantes, los vecinos entraron. Sus restos nunca fueron hallados.

Y de esta forma, por primera vez, alguien pudo escapar del Inframundo. Y así la ira divina, también por primera vez, tuvo el efecto de un bálsamo. Después Hades, llamado Plutón por los constructores, convocó a Caronte, encadenó a Cerbero e hizo lo que pudo por ocultar un hecho que, aún ahora, enciende su ira.

Como bien se sabe, nada de esto fue suficiente; hubo otras aventuras, otras huidas. No obstante, son historias diferentes. Y ésta ya parece precipitarse a su fin.

Pero no tan rápido. El tejido que nos sustenta es caprichoso y fluctúa de diferentes formas. ¿Quién sabe qué habrá tras el umbral de la existencia? Quizá el amor aun respire fuera del tiempo y del espacio. Cobijado en la última periferia, o puede que en algún recodo oculto de la realidad, olvidado por todos. ¿Quién sería tan arrogante para juzgar lo incomprensible?

Porque hay cosas que ni los propios dioses saben.

 

FIN

 

Inspirado en “Caronte” de Lord Dunsany 

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Estuve muerto y me acordé de ti (un relato de Mundodisco)

 

 

1

 

–¿Tienes un poco de chile? –Dijo la Muerte.

–¿Chile? –Respondió con sorpresa Rincewind.

–Sí, seguro que llevas un poco. Te cambio un tarro por un puñado más de vida.

El pobre tipo rebuscó en sus bolsillos.

–Mira, esto es tabasco, queda un poquito.

–No me vale. Lo siento, amigo. No pega con lo que tenía pensado para cenar. Aquí tienes tu boleto, cógelo.

El mago cogió una especie de billete de lotería y se estremeció al ver cómo el descarnado rostro sonreía. En el papelito ponía “Entrada al cielo literario – Pase para un adulto” y se mostraba un dibujo de un angelito saliendo de un libro.

–Estoy muerto ¿verdad?

–Sí, pero no hagas mucho drama. –Contestó La Pelona. –Aún tengo que recoger a unos cuantos y no tengo toda la noche. Aprieta fuerte tu ticket y déjate llevar.

Rincewind hizo lo que la Muerte le decía. El billete empezó a elevarse y, tras él, su cuerpo, que parecía no pesar nada. El mago intentó recordar, ni siquiera sabía cómo había muerto. Antes de poder aclararse se encontró haciendo cola ante un mostrador.

Cuando fue su turno miraron su ticket y lo mandaron a la sección correspondiente.

–¿Pueden decirme al menos como he muerto? –Protestó el mago.

–Para eso debe ir a reclamaciones. Pero está cerrado por falta de personal. Póngase en el eyector, por favor.

Rincewind se colocó sobre el círculo que señalaba el funcionario y salió disparado, fue subiendo cada vez más alto, hasta que, cuando pasaba por las nubes, un tipo lo cazó con una red.

–¡Aquí tenemos uno! –Gritó entusiasmado y relamiéndose.

En cuestión de segundos una multitud de ávidos rostros lo rodeó. Uno llevaba un tenedor y otro un trinchante. Vestían con harapos y trozos de nubes.

–Este es todo huesos. –Protestó el que parecía el jefe. ­–No daría ni para un caldo decente. Cada vez vienen espíritus de peor calidad. ¡Al carajo!

Lo arrojaron al vacío sin más. El mago cayó suavemente, como una hoja mecida por el viento.

Después de un buen rato su etéreo cuerpo se posó en lo que parecía un campo de batalla. Una llanura cubierta de cadáveres ensangrentados. El mago pensó en lanzar un hechizo de pies ligeros y largarse de allí, pero mientras lo tejía con sus dedos alguien lo increpó.

–Tú. Canijo. ¿Qué haces aquí? Yo no te he visto pelear ­–el vozarrón venía de su espalda.

–Sí. Este es un listo. Quiere sumarse a la fiesta por la cara.

Rincewind se volvió y observó el espíritu de dos guerreros vikingos.

–Yo… –Empezó a decir el mago.

–Silencio. –Dijo el espíritu más alto. –Ya vienen. Son ellas. –Un viento trajo un murmullo de caballos al galope.

–Pero Ragdor, sacudámosle un poco antes de que lleguen. Es un aprovechado. –dijo el más bajo.

–Es cierto. Ven aquí, pequeño idiota.

Rincewind, alarmado, ejecutó su hechizo de pies ligeros que, con la distracción, se convirtió en un encanto de amor primaveral. Falló otra vez y el conjuro quedó volando en el aire. Sin otra cosa que hacer echó a correr alejándose de aquellos espíritus tan violentos, pero en ese momento empezaron a emerger muchos más, cientos de ellos. Salían de los cuerpos y miraban al cielo.

El mago siguió la dirección de sus miradas y vio a las valquirias. Montaban en caballos que parecían tallados en nácar y plata y flotaban por el aire, recogiendo a los espíritus de los guerreros más valientes. Una de ellas se fijó en el pequeño hechizo de amor del mago y se detuvo ante él. Lo tocó y el hechizo la imbuyó con su magia.

–¡Ahí está!

Esta vez no eran solo los dos espíritus, había más de cincuenta. Miraron iracundos a Rincewind y lo llamaron intruso y cosas peores mientras se lanzaban sobre él. El mago corrió desesperado y, cuando estaban a punto de atraparlo, la valquiria que había sido víctima de su hechizo lo recogió y volaron altos en el aire. Aquello ya era demasiado para sus pobres nervios y el mago se desmayó.

 

 

 

2

 

Despertó sobre el regazo de una chiquilla. Sus muslos níveos eran como nieve con tacto de seda. El mago la miró a los ojos y lo que vio lo lleno de maravilla y de terror. Aquella mirada estaba llena de amor, pero no era la de una niña. Había insondables pozos de sabiduría en su fondo. Se sintió intimidado e intentó recordar la duración del conjuro amoroso. No pudo, en realidad era la primera vez que conseguía lanzarlo con éxito.

Una fragancia hizo que mirara a su alrededor mientras la muchacha acariciaba su barba. Estaban en un prado inmenso lleno de flores que parecía perderse en el infinito, pero una titánica construcción se levantaba cerca de ellos. Era un palacio de oro, cuyas torres se perdían en las alturas.

–¿Dónde estamos?

–Este es el Valhalla, mi amor. En ese palacio entrenan los mejores entre los mejores, se preparan para la batalla final. Se dice que el mismo Odín conducirá sus ejércitos de dioses y elegidos y que la guerra provocará el fin del mundo.

La valquiria seguía mirándolo con ternura y el pobre mago se sintió atrapado. Le entregó una ramita de enebro cubierta de florecillas y él la cogió mientras sonreía nervioso. Estaba convencido que cuando el efecto del hechizo desapareciera, aquella chiquilla no tendría demasiados problemas para rebanarle la cabeza con la espada que llevaba al cinto. Tenía que huir. Además, sospechaba que aquel palacio brillante estaba lleno de espíritus vikingos enfurecidos.

Rincewind pensó lanzarle un envite al destino y jugársela. No parecía tener muchas opciones. Le dijo a la valquiria que tenía que ir a hacer cosas privadas y se escondió tras un pequeño arbolillo. Sacó el pequeño manual de magia tamaño bolsillo que llevaba colgado al cuello y escondido debajo de la túnica y buscó en él con rapidez.

Teletransporte. Eso era lo que necesitaba. Buscó las coordenadas de su habitación en la academia de magos y empezó a preparar el hechizo. Fue desenvolviéndolo poco a poco en su mente, con cuidadosa precisión ejecutó los movimientos indicados y pronunció las sílabas con precisión. Espero unos segundos y ahí estaba, el portal apareció ante él.

–¿Qué estás haciendo? –La valquiria avanzaba hacia él, pero no parecía ver el umbral mágico.

–Lo siento. –Fue lo único que se le ocurrió al Rincewind.

Y saltó.

 

 

3

 

–¿Tienes un poco de…­? – Dijo una voz. ­–Ah, eres tú otra vez. ¿Intentando escapar de la muerte? Eres demasiado ingenuo para ser un mago.

–Oh, no.

–Sí. Sigues muerto ¿recuerdas?

Rincewind disparó su último cartucho.

–¿Qué vas a cenar esta noche? –Preguntó.

–Pues he quedado con los jinetes del Apocalipsis. –Respondió la muerte. –vamos a hacer pollo.

–¿Pollo con qué? –Preguntó Rincewind.

–No lo había pensado.

–Mira, esta ramita de enebro celestial le dará al pollo un sabor exquisito. Tus invitados querrán repetir. Te lo garantizo.

La muerte cogió la pequeña ramita y miró las flores.

–Sí que es rara, sí. ¿Enebro celestial? Lo probaré.

–Bueno ¿me darás un poco más de vida entonces?

–Venga, que no se diga, que siempre he tenido muy mala fama –dijo la Pelona. –Te doy unos cuantos plazos más. Pórtate bien.

–Espera ¿cuánto tiempo de vida tengo?

Una nube de colores envolvió al mago que giró y giró en un extraño vórtice. Tras unos instantes, un movimiento de succión lo lanzó hacia abajo y cayó en el camastro de su habitación de la academia de magia.

Se estiró en la cama y suspiró. Se relajó por fin y se quedó profundamente dormido.

Cuando la voz lo despertó casi estaba amaneciendo.

–Incluso para un mago como tú la muerte siempre debe ser una sorpresa. Pero no temas, nos veremos. Por cierto, maravillosa receta. –Dijo con una estremecedora sonrisa y desapareció no sin antes soltar un largo eructo.

Rincewind, indignado, se tapó la cara con la almohada cuando le llegó el olorcillo a enebro. Giró la cabeza y observó, a través del ventanuco, cómo la normalidad volvía a rodearlo. El mago suspiró de satisfacción. Casi podía sentir Mundodisco, su querida tierra, bajo su cuerpo. La sensación de cotidianidad le pareció una delicia. Las cosas seguían igual, el gran disco del mundo, sobre los lomos de cuatro titánicos elefantes, recorría el caparazón de la tortuga astral, la cual navegaba por el espacio. Todo tan familiar, pensó Rincewind. Y se quedó dormido envuelto en una sensación de placidez y sosiego.

 

 

FIN

El espíritu de la música.

La música brilla. La música perfuma. A veces tiene sabor y, sobre todo, la música toca. Quien la ame sabe bien de lo que hablo. No es casual que los maestros clásicos llamaran movimientos a las diferentes partes de sus composiciones. Porque la música nos mueve, nos cambia. Ella misma es en sí una especie de movimiento, de recorrido, donde puede acostarse uno en el ritmo, sumergirse en el vaivén y dejarse llevar.

La música es pura. Es la esencia desnuda; si algo puede saberse de lo más profundo, de lo más secreto, está en su centro. El misterio no puede explicarse, solo sentirse. Su naturaleza no es lógica ni discursiva; es sentimental, irracional y por ello, quizá, mucho más verdadera.

La música no se dirige a la mente, sino al corazón. Y si algo tiene algún sentido es lo que vive ahí dentro. Si algo puede justificarlo todo está encerrado en lo más profundo de nosotros, en nuestras emociones esenciales. Y su lenguaje es la música.

Es eterna. No en tiempo, sino en significado. Es la parte que podemos percibir de esa otra cara de la existencia, ese otro mundo, que sustenta nuestra realidad, sobre el que crecen nuestros débiles razonamientos y reglas lógicas queriendo ordenar, atrapar conceptos, como un cedazo que en vez de oro recogiera minúsculas verdades pasajeras.

Y, por supuesto, es hermosa. La música es la más valiosa flor que la humanidad se ha regalado a sí misma. Algo que trasciende la estética y llega más allá del propio hombre. Que escala fuera de nuestra caverna hacia lugares fuera de nuestro alcance. Porque la música tiene alas, y vuela.

La dama de blanco

 

 

En confrontación con miles de referencias, la idea nace en tu interior. Comienza entonces el juego de la seducción mental. La idea permanece ahí, solo debes girarte, sabes que está ahí, y que sonríe. Entonces, la enfrentas con tu mirada y, donde había una idea, solo hay vacío. El juego continúa, igual, pero diferente cada vez, fresco y espontáneo, aunque tenga sus fases establecidas.

Entonces la idea desaparece y deja un hueco enorme. Y, si no la conocieras ya, pensarías que murió, que expiró entre esas infinitas ideas que nunca fueron. Pero, cuando menos te lo esperas, especialmente cuando estás ocupado, la idea reaparece y destella ante tus ojos. Aquí la seducción llega a su fin y comienza el amor.

Debes hacerlo bien, lo mejor que puedas. La idea es tan sagrada como el cuerpo de una mujer. Los manoteos torpes no son bien recibidos, ni sobre el papel en blanco, ni tampoco sobre una piel cubierta de anhelos. Debes concentrarte y, al tiempo, relajarte. Debes dejar que pase, dejarte llevar, pero sabiendo lo que haces, centímetro a centímetro, beso a beso, pulsación a pulsación.

Entonces, de una zona siempre desconocida, llega la magia. Te envuelve, a los dos, a todos. No puede expresarse, solo sentirse. Pero es tu obligación intentarlo, para eso estás aquí, para eso está aquí la idea, es tu forma de aportar sentido a la nada. Es lo único que puedes hacer. Y lo haces. O lo intentas. Sea como sea, hace falta algo de intrepidez para enfrentarse a lo eterno, a lo incognoscible.

Terminado el torbellino de hojas, el juego de sábanas, no queda sino contemplar la obra. Puede que haya servido para algo, puede que no. Pero el juego sí valió mucho la pena. Conténtate; quizá no hayas tocado el cielo inmortal, pero, desde luego, sabes bailar con esa extraña dama de blanco, ese hermoso ser a quien muchos desafortunados no conocerán jamás.

Sinestesia

 

Acababa de desempaquetar el pack de presocráticos de mi Filosofón 3000 y cuando le hice la primera pregunta a Anaximandro las vibraciones azules invadieron la casa. Seguro que es el mensajero que trae otro paquete, pensé. Apagué el aparato, me dirigí a la puerta y abrí confiado. Pero no era el habitual robot de mensajería, esta vez no. Para mi sorpresa, era un hombre sonriente y elegante que me enseñó una tarjeta. En ella se leía en hermosa caligrafía Allman Brothers: synesthesia experience.

Antes de que me diera cuenta de lo que pasaba el tipo estaba sentado en mi sofá ondulante y le había pedido un té al androide mayordomo. Me hizo un gesto para que me sentara. Así que suspiré y lo hice, sabiendo de sobra que ya era tarde para poner excusas. Me enseñó de nuevo su tarjeta. Y pensé en la manía de escribir los nombres de las cosas en inglés para que sonara más importante y en cuánto me fastidiaba.

Abrí la boca para decir algo pero el tipo ya estaba hablando.

-Hemos venido a verle a usted, señor Pedregal, porque sabemos que es un delicado esteta y una persona de gusto refinado. Por ello queremos ofrecerle en exclusiva nuestro nuevo producto. La experiencia sinestésica definitiva.

-¿Pero qué es la sinestesia? –Le pregunté.

Entonces el tipo sonrió y los ojos le brillaron con astucia.

-¿De verdad no lo sabe?

 

Tres semanas después, en un momento de lucidez, pensé que si quizá hubieran traído a Sócrates en el pack hubiera estado tan interesado que no hubiera abierto la puerta. Cuando lo trajeron ya no les abrí. Llevo semanas sin abrir a nadie.

Ya de entrada compré todo el contenido que me ofrecieron. Y desde entonces vago como un sonámbulo de un objeto a otro. A veces le digo al androide cocinero que prepare alguna cosa, otras veces duermo un poco, pero siempre con el deseo llameando en mi mente.

Tenemos la música que crea atmósferas de olores y hermosas visiones. De forma que uno ya no sabe si de la imagen viene la música o a la inversa. La magia de la sinestesia crea una armonía de sensaciones de la que cuesta separarse. Salvo que otro deseo cruce la mente.

Como por ejemplo los viajes soñados. A la primera mirada solo son cuadros, pero si uno se pierde en ellos los sentidos se revelan ante la realidad circundante y se sumergen en lo que la pintura representa. He estado en batallas, ceremonias, paraísos, bacanales, naufragios y lugares ignotos. Pero si cierro los ojos vuelvo a mi salón. Y mientras miro como las pequeñas ardillas metálicas limpian el polvo y riegan las plantas pienso en la siguiente maravilla. Arrastrando los pies me dirijo hacia ella.

Sin duda la creación más absorbente es la fuente del placer. Tan solo hay que conectarla y empezar a soñar llevado por las sugerencias que ofrece o entregado a la fantasía pura. Convierte las ensoñaciones en experiencias táctiles. Quizá luego imagine a Xena, la princesa guerrera, sí, le diré que me de otro masaje como el de ayer.

Hoy, quizá por puro instinto de supervivencia, salí un poco al jardín. Agotado de tanta experiencia virtual quise salir a mirar algo real. Miré las calles, miré la gente que pululaba, las tristes fachadas, escuché los habituales sonidos estridentes y zumbidos diversos y percibí en el aire el aroma de la huelga de basureros.

Y allí, en mi jardín, me sentí aplastado por dos mundos que no me satisfacían en absoluto. Si al menos Sócrates pudiera aconsejarme…

Made in musa

 

Hoy me pegué un madrugón y tras el almuerzo pensé: Qué carajo, me voy a echar una siestecilla. Ya sonriente y encroquetado en mi camita noté que alguien no estaba de acuerdo con mi idea. Un impertinente y mitológico ser que empezó a susurrar versos maravillosos y seductores. “Escríbeme” “Y a mí” “Y a mí” Decían las líneas con sus líricas vocecillas. Y parecían tener razón. La risilla de la musa era verde, como el laurel de la victoria.

Así que, maldiciendo pareados, tuve que tomar una indignante posición vertical para, después, sentarme ante el teclado.

Clac, clac, clac. Iba yo escribiendo, cuando, ante mi sorpresa, noté que aquello que producía era un crimen literario. Y cada idea genial, a la luz de la vigilia, se transformaba en un manido montón de clichés, aburridos hasta que para el que los escribe. Bostecé con rebeldía y mientras volvía a mi acogedor nido pude notar un claro cambio de tono en cierta risa, ahora malévola. Ya no sonaba verde victoria sino marrón, con una asociación demasiado clara.

Así que saqué mi revólver mental de debajo de la almohada y lo cargué con balas de plomiza monotonía. ¡Bang! Disparé directo a la musa, que se reveló como Erato, patrona de la poesía amorosa. No pareció inmutarse y, supongo que ya aburrida y con la gracia hecha, se esfumó con un arpegio de su lira.

Al final con tanto meneo ni pude dormir ni nada. Daba vueltas pensando dónde carajo estaría, ella y su inspiración, cuando me encontré a aquella hermosa vecina en el rellano y mi cerebro no podía hilar dos frases seguidas. Se me ocurrían infinitas situaciones en que las caprichosas musas me habían dejado tirado y, cada vez más mosca y con menos sueño, transcurrió el tiempo hasta que fue la hora de levantarse.

Me la has vuelto a jugar, maldita sinvergüenza. Ya no pico más.

Lo digo en serio.

 

 

La Fuga

 

-Siri ¿algo nuevo?

-Tiene un mensaje de voz.

-Reprodúcelo.

Hola, cariño. Te noto inquieto estos días. Espero que no estés pensando en abandonarme. Te echaría de menos y también lo harían en la empresa de mi padre. Estamos pensando en una fusión y quizá te asciendan. No me obligues a plantearte un dilema.

 

-Buenas, venía por la entrevista de trabajo.

-Sí. Siéntese, por favor. ¿Me dice su nombre?

-Aurelio Retinta

-Ah, veo que se presenta usted para el puesto de capullo.

-Exacto. En su empresa andan cortos de conflictos, según creo. Ambiente laboral aburrido, poca emoción, ya sabe. Yo vengo a crear polémica.

-Bien, bien. Aquí dice que usted era directivo de una empresa ¿a qué se debe este cambio de orientación en su empleo?

-Mire. Huyo de una relación desastrosa y tengo que desfogarme, tensión acumulada ¿Qué quiere que le diga? Los consejos de administración no me llenan.

-Quiere usted un poco de acción.

-Sí, se podría decir así.

-Mire, me gusta su actitud y su perfil. Aquí tiene un manual de mobbing con diferentes tipos y estrategias. Estúdielo. Empieza esta tarde. Espero que esté molestando al menos a un par de trabajadores al final de la semana.

-De acuerdo. Gracias por su confianza. Es usted un inútil.

-¿Cómo dice?

-Disculpe, me he adelantado. Empiezo esta tarde ¿verdad?

-Sí. Ahí tiene su uniforme de capullo. Mucha suerte.

-¿El tanga luminoso es necesario?

-Claro. Es lo más importante.

-¿Y si me pega un chispazo?

-No se preocupe. Es parte de la motivación, para que ande usted más arisco.

-De acuerdo.

(Sonido de sirenas)

-Quieto. Pare usted ahí.

-Sí ¿qué ha pasado?

-Iba demasiado rápido. Deme su carnet de identidad y permiso de conducción.

-Tome.

-¿Es usted Aurelio Retinta?

-Sí.

-Ajá. Sople aquí.

-Chuffff

-Bien, no ha tomado usted drogas.

-Claro que no.

-Sople aquí también, por favor.

-Chuff chuff.

-Vaya. Tenemos un problema.

-¿Qué pasa?

-El medidor indica que pasa usted el límite de frustración permitido.

-¿Qué?

-Que está usted insatisfecho en su vida. Lo siento pero no puede conducir.

-¿Pero qué carajo dice?

-Lo que oye. Todas esas dudas existenciales y comederos de tarro pueden distraerle al volante.

-Pero voy a llegar tarde al trabajo.

-No se preocupe. Aunque su vehículo quede inmovilizado podrá irse.

-¿Cómo? ¿Caminando?

-No. Incluido en la multa está este monopatín reglamentario, para que pueda usted desplazarse.

-Pero si no tiene ruedas. Es una tabla rota.

-Si tiene alguna queja puede llamar a este número. Buenas tardes.

-Hola ¿me abre?

-¿Quién es usted?

-El nuevo capullo, empiezo hoy.

-Le voy a abrir, pero llega tarde, amigo. La próxima vez se queda fuera.

-¿Dónde están los ascensores?

-Por allí.

Abriendo puertas.

-Click

Ha marcado usted la planta 19.

-Espere.

-Mierda. Click, click, click.

-Siempre fuiste lento, cariño. Bueno, casi siempre.

-¿Qué haces aquí?

Subiendo.

-Pues entro a trabajar Hemos comprado esta empresa, estamos renovando personal ¿y qué haces tú aquí?

-Maldita sea.

-Je, je, je ¿Pensabas que podrías irte sin más? ¿Querías el divorcio? Toma, aquí lo tienes.

-¿Es esto?

-Claro. Solo tienes que firmarlo y pasaré de ser tu mujer a ser tu jefa.

-¿No hay salida?

-Yo diría que no.

-Dile a tu padre que me guarde la silla. Por lo menos podré quitarme este maldito tanga.

-Ja, ja, ja. No me negarás que ha sido un punto bueno ¿y lo de la multa que te ha parecido?

-Estás en todas ¿eh?

-Con el suficiente dinero puede acercarse uno mucho a la omnisciencia y la omnipotencia está a la distancia de unos millones más. ¿Qué esperabas?

¡Clonck! El ascensor se ha averiado, por favor espere al técnico, tardará unos veinte minutos.

-Joder. Nos hemos quedado encerrados ¿Ahora qué hacemos?

-A mí se me ocurren un par de ideas, enséñame ese tanguita.

-Sí, amor.

-Amor no. Jefe.

-Lo que tú digas.

 

 

 

Doce millones

 

Aquel día vagabundeaba por el barrio, a ver si surgía algo. Me paré en las cabinas de teléfonos y miré por si alguien se había olvidado alguna moneda. No hubo suerte en la primera. Fui hacia la otra, pensando que solo me faltaban quince céntimos para comprarme un lolipop, pero nada. Hoy no era mi día.

Cuando me iba, escuché algo a mi espalda, un runrún distorsionado. El teléfono estaba descolgado y alguien gritaba a través de él. Con cuidado lo cogí y escuché con atención. Noté con extrañeza que eran dos voces, enzarzadas en una discusión.

-Son doce millones. Ni más ni menos.

-Dijimos que si había retrasos se incrementaría la cantidad.

-He dicho mi última palabra. Colócalo en el lugar de siempre. No me hagas discutir más.

-El lugar de siempre está en obras ahora.

-Entonces ponlo en el segundo lugar, el alternativo. Y no la cagues.

-Joder, no recuerdo dónde era.

Tras un silencio tenso pude oír cómo la primera voz dudaba. Carraspeó y habló más bajito esta vez.

-Es la última vez que te lo explico por teléfono. Déjalo en la papelera que está junto a la sucursal de los Pollitos Alegres, después de medianoche.

-Doce millones entonces.

-Sí.

Coloqué el auricular en su sitio con mucho cuidado. Estaba entre emocionado y acojonado. Solo podía pensar: Doce millones ¿serían euros o dólares? Para el caso era una fortuna. La sucursal de los Pollitos Alegres estaba a un paso y ya estaba anocheciendo. Busqué un buen lugar para observar la papelera que habían dicho y saqué mi medio paquete de pipas dispuesto a esperar lo que hiciera falta.

Doce millones. Joder.

Mi reloj se apagó, ya que se alimentaba de luz solar, así que esperé con paciencia a que apareciera alguien. Observando desde una rama del algarrobo que crecía en la plaza, perfecta atalaya de vigilancia, y oculto por sus ramas y la oscuridad.

Entonces un tipo bajito apareció con un maletín. Parecía dubitativo, miró a su alrededor y se acercó a la papelera. Tras unos momentos, por fin metió lo que llevaba en el contenedor y se fue con paso rápido. Un escalofrío de nerviosismo recorrió mi cuerpo. No había tiempo que perder.

Salté del algarrobo en silencio y al más puro estilo ninja me acerqué al lugar oculto por las sombras. Allí estaba el maletín, parecía no pesar mucho. Quizá eran billetes grandes. Sonreí al tocarlo, pero mi sonrisa se congeló cuando escuché unos pasos a mi espalda.

-Oiga.- dijo una voz.

Quedé paralizado, estaba seguro de que la mafia me había pescado. Ya me daba por muerto cuando el tipo que había hablado me rodeó y me miró a la cara. Era solo un chaval.

-¿Tú también juegas? –Dijo el muchacho. –No te había visto nunca.

Las palabras y el tono me desconcertaron.

-¿Jugar? –Dije- ¿Jugar a qué?

Entonces abrí el maletín. Dentro había papeles de periódico hechos pedazos y una careta tipo Nosferatu. Miré al niño con cara de idiota.

-Pues al rol ¿a qué va a ser? -Dijo el chaval- Esta noche hay una partida de la mascarada. Hay objetos ocultos por la ciudad. Ese maletín es el premio gordo.

Miré aquel montón de porquerías.

-¿El premio gordo?

-Sí. Da doce millones de puntos de experiencia encontrarlo.

Entonces se me ocurrió una idea.

-Niño, te doy el maletín si me das un euro.

-Hecho.

El niño me dio la moneda y me fui al último chino que quedaba abierto a comprar chucherías. Quizá no sean doce millones, pero es una forma de endulzar la vida, aunque sea un ratito. Y bueno, pensé, no hay mal que por bien no venga, he tenido emoción, he echado la tarde y he conseguido mi lolipop.

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