Efectos narcóticos producidos al leer y sus culpables
A veces a los paraísos artificiales no se llega aspirando humo, mascando hierbas o esnifando polvos sospechosos, ni siquiera mirando cosas bonitas a lo Stendhal. El sublime colocón también puede conseguirse pasando páginas. No es lo habitual, no quiero engañaros. Pero quien ha buceado un poco en la literatura tendrá experiencias parecidas con esa droga que surge de la mente, de la imaginación finamente estimulada.
Si tuviera que empezar por los alucinógenos, para mí el rey del ácido es Philip K Dick y sus dos leales caballeros serían Cordwainer Smith y el señor J G Ballard. Probablemente habría por allí un bufón llamado Williams S Burroughs, y en un marco en la pared estarían los escritos infernales de William Blake.
Si seguimos con los excitantes, sin duda el príncipe del speed es Farlopico Nietzsche, el cual tiene un poder de exaltación digno de la farla más pura. Y no nos olvidemos de las primeras páginas de «Hojas de hierba», que más que de hierba son de coca. Como un excitante suave pero persistente también podrían recetarse unos cuantos libros de Dostoievski.
Y no nos olvidemos del alcohol. Y no me refiero a escritores alcohólicos, sino esto sería más largo que la Biblia, hablo de textos que producen un efecto embriagador. Para mí el vino francés es el mejor. No creo que exista una colección de poemas tan impactante como «Las flores del mal» de Baudelaire y aún recuerdo cuando descubrí a Rimbaud y sus «Iluminaciones». Os juro que me emborrachaban (y además sin resaca).
En cuando a los sedantes agradables, prosas suaves y adormecedoras, yo me quedaría con Schopenhauer y, por otro lado, con la trilogía clásica total: «Ilíada», «Odisea» y «Eneida». Y habría uno medio tranqui, medio tripi, que sería «La Divina Comedia» de Dante. También otros clásicos como «El Quijote» o «Las mil y una noches» son como seguir un tranquilo sendero, en cierto modo. Y no olvidemos algunos textos orientales clásicos que también resultan agradablemente relajantes e invitan a la reflexión. Como «El arte de la guerra», «Hagakure» o el de Lao Tse, más poético, pero más agradable que la leche de la amapola.
Para efecto cannabinoide solo puedo recomendar humor. Terry Pratchett lo hizo muy bien, también tenemos «La conjura de los necios», algunas novelas y relatos de Stanislaw Lem; incluso Edgar Allan Poe también tiene historias cortas muy divertidas. De este último hay una compilación de relatos satíricos maravillosa.
En cuanto a libros aburridos y sin efecto ninguno hay montañas y montañas. Casi todos, en realidad. Ya lo dijo claro el viejo Sturgeon, que estaría en esta lista si alguna droga produjera amor, el 90% de todo es basura. Pensándolo bien creo que este señor produce éxtasis, que también es una droga.
Hasta aquí este pequeño artículo de narco literatura, sé que olvido muchos autores que también tienen poderosos efectos, pero sufro secuelas de tanta lectura, lo siento, me estoy quitando con una asociación de gente muy simpática: El proyecto Tik Tok.
Si quieren colaborar en el mercadillo de remedios y pócimas literarias, pueden excusar mis faltas escribiendo en los comentarios qué escritores os colocan y de qué forma lo hacen. Dicho esto, me voy a dormir la tajá, que me he inflado de birra holandesa a la salud de Spinoza.
¡Hasta la próxima!
PD. Con esto no quiero hacer apología de las drogas, simplemente hablar del poder embriagador de cierta literatura con un poco de humor.
“El miedo a la libertad” de Erich Fromm. Un hongo alucinógeno que te revela aspectos profundos de la realidad.
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