Pólvora y asesinos

 

Aquel día amaneció despejado, como si el cielo quisiera ver lo que iba a ocurrir. Yo, como todos los días, ya estaba desayunando, preparándome para una dura jornada de trabajo en la granja; el patrón me recogería en una hora y aún tenía que preparar la leña para esa noche. El día transcurría como siempre, el poblado se desperezaba poco a poco y todo parecía normal hasta que empezamos a escuchar un rumor de un lejano galopar de caballos, parecían muchos.

Salí al porche, mi mujer estaba recogiendo la ropa tendida y los dos nos quedamos mirando el camino, donde, de una creciente nube de polvo que se acercaba, salió un jinete solitario que gritaba, entonces me di cuenta que era el hijo mayor de nuestros vecinos.

Apenas le dio tiempo a decir un nombre cuando se oyó un disparo y cayó del caballo.

¡Carson! El famoso bandido del medio Oeste. Disfrutaba asolando aldeas, aparte de robar bancos, secuestrar gente, dinamitar trenes y un largo etcétera. Enseguida me decidí, agarré a mi mujer por el brazo y con el otro cogí el revólver de mi padre. Hace unos años, debido a la inseguridad de estas colonias, construí un refugio subterráneo, y parecía que había llegado el momento de usarlo. Abrí la trampilla y entramos, gracias a un pequeño mecanismo de espejos podía ver la entrada de mi casa, así que contuvimos la respiración y observamos.

Algunos vecinos que estaban aún intentando entrar en sus casas fueron abatidos, otros pudieron escapar, mi mujer y yo mirábamos aterrados. Carson Manofría venía acompañado de unos doce o quince pistoleros, pero nuestra sorpresa fue grande cuando vimos que junto al cuartel del sheriff estaban apostados otros tantos defensores. Miembros del ejército, el sheriff y sus dos ayudantes e incluso un hombre con un uniforme de Marshall. Los estaban esperando.

Entonces comprendí que habían elegido nuestro pueblo para tenderles una trampa a Carson y sus hombres. Y poco les importaba que hubiera heridos civiles.

Cuando vieron las fuerzas que se les enfrentaban las risas cesaron y hubo duda en los ojos y ademanes de los bandidos, pero cuando decidieron irse ya era tarde. La dinamita siseó desde los tejados y tiradores con rifle aparecieron de la nada. Las explosiones y disparos acabaron con la mayoría. Pero Carson aún vivía, se sujetaba el vientre en el suelo con su famosa pistola tirada a su lado.

Entonces vimos como el Marshall y los miembros del ejército se acercaban lentamente, y del camino aparecía un tipo que parecía otro miembro de la banda. Carson escupió sangre e intentó coger su arma que el Marshall apartó de una patada. El recién llegado se acercó al famoso forajido con una mezcla de respeto, lástima y repulsión. “Lo siento Carson” dijo. “Envié el telegrama en Aspen, no tenía otra salida.” Carson intentó decir algo pero antes de que lo hiciera el Marshall le disparó en el pecho, después levantó su humeante revólver y apuntó al miembro de la banda que lo había traicionado. “No puedo arriesgarme contigo” Dijo, y apretó el gatillo.

Aun escucho la historia de cómo Carson Manofría acabó con más de diez soldados y un Marshall él solo el día que lo mataron. Cuentan historias, dicen que al final se voló la cabeza para que no lo cogieran vivo. Incluso que entró al cuartel de la guardia con el cuerpo rodeado de dinamita, en fin. Yo simplemente sonrío y guardo silencio, las historias que la gente disfruta suelen parecerse poco a la realidad. Y no quiero chafarles la ilusión.

Al final mi mujer y yo fuimos a Inglaterra, lejos de esta tierra salvaje de pólvora y asesinos.

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