Seguro de vida

El azul del cielo era ya casi negro y aun esperábamos. Los tres estábamos silenciosos y muertos de frío. Las farolas apenas alumbraban la densa niebla que nos cubría. Entonces Román hizo un gesto indicando que atendiéramos. Habló mientras las vaharadas salían de su boca.

-Deberíamos irnos. Que organicen otro encuentro. Esto no pinta bien.

Tocó su revólver con la mano, quizá para darse algo de seguridad. Carlos se removió inquieto, siempre fue el más nervioso. Yo me encogí de hombros haciendo ver que mejor sería dejar el intercambio para otro momento.

A medio camino del coche empezamos a oír los disparos. Reconocí las pistolas semiautomáticas de la policía y empecé a correr hacia el vehículo. Los otros me seguían, pero antes de que pudiéramos llegar unos focos se encendieron, cegándonos.

Quedamos paralizados, consternados ante nuestra derrota total. Si corríamos estábamos muertos, la cárcel era un destino funesto pero al menos uno seguía respirando. Les dije a los muchachos que no se movieran y levantaran las manos, pero Carlos intentó zafarse del foco y correr.

Una de las luces lo siguió mientras corría y se escuchó una detonación. Su carrera terminó en una caída con un agujero en la espalda.

Román y yo nos mantuvimos inmóviles, con las manos en alto.

-¡Tiren las armas! –Gritó una voz.

Lo hicimos, y después las alejamos con el pie, como nos indicaron.

Esperaba que nos esposaran, quizá que nos pegaran un poco. Pero aun no sabía yo de la misa la mitad.

Lo siguiente que escuché fue otro disparo, pero mucho más cerca. Y Román cayó al suelo, donde le dispararon dos veces más, una en la cabeza.

En ese momento pensé que estaba muerto. Iba a morir sin saber bien por qué. Yo, que me creía un profesional. Sería ejecutado por policías o más probablemente por una banda rival que se hacía pasar por ellos.

Fue éste último pensamiento el que me dio esperanza. Y empecé a olerme el asunto cuando el disparo que me tocaba a mi empezó a tardar demasiado.

Los focos se apagaron y uno de los supuestos policías se me acercó.

-Tengo que hacerle una oferta, y le recomiendo que la acepte, le va la vida en ello.

No pude sino sonreír aliviado. Y en ese momento entendí que cualquier cosa era mejor que la muerte.

-¿Para quién tengo que cocinar? Puedo refinar o destilar lo que sea, mi especialidad son los opiáceos pero no ha crecido aún la planta o se ha inventado el compuesto que se me resista.

-Lo sabemos, vale usted mucho más vivo que muerto.

Entonces dos tipos trajeron a un hombre idéntico a mí que, juraría, hablaba en hindú.

Mientras intentaba zafarse le dieron un golpe y lo desnudaron. Me hicieron cambiarme de ropa y lo vistieron como yo.

Quedé impresionado por la semejanza exacta de aquel hombre conmigo. Y boquiabierto cuando le dieron un tiro en la nuca ante mis ojos. Después lo colocaron con los cadáveres de mis compañeros.

El supuesto policía me estrechó la mano.

-Empieza para usted una nueva vida, y el mejor seguro para conservarla es ser rentable para sus jefes, recuérdelo.

-Lo haré. –Dije algo turbado. Aun no me había recuperado de aquella matanza.

Subí en un furgón negro. Y allí estaban mis recetas y fórmulas, las tenía bien escondidas, pero eso no supuso un problema para ellos.

Me senté y esperé a que me enseñaran mi nueva casa.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: