Pasadizos secretos

 

 

 

Hace tiempo, cuando era un niño pequeño, tuve un sueño.

Aquella madrugada entré en un mundo de luz y suavidad. Las cosas eran aterciopeladas y brillantes, su roce acariciaba, su calor besaba. Todo era luminoso por igual, como si la fuente surgiera de los mismos objetos y del mismo aire. Floté y sonreí complacido. Ante mis ojos se extendieron unos finos hilos de claridad aún más intensa, cientos, miles de ellos. Y por su minúsculo interior comenzaron a pasar lentamente, como joyas engarzadas en un colgante infinito, pequeños seres de diferentes colores y formas.

Aquello, comprendí, era la altura. Decidí descender y contemplar el nivel medio.

Caí suave, meciéndome como un copo de nieve, hasta la superficie sólida. Era tierna y perfumada. Entonces noté que eran nubes. Miré hacia arriba, los delgados rayos entretejidos parecían lejanos, pero, a la vez, al alcance de la mano. Toqué las nubes encendidas con un resplandor suave, jugué y reí con ellas. Les di formas y volví a rehacerlas. Me bañé en su calidez, abracé su blanda resistencia hasta que, perdido en el goce, caí entre ellas.

Me dirigía hacia el nivel bajo. Caía un poco más rápido y sentía un frío que crecía por momentos. Dudé, y aquel niño que fui sintió el mordisco de la inseguridad como algo nuevo y terrible, pero, en su inocencia, olvidó con rapidez algo que aún no entendía.

Abrí los brazos y seguí cayendo.

Y el nivel bajo no era suave ni luminoso, era frío y oscuro. Por suerte se veía algo, miré y, justo al lado, un tenue resplandor ahogado pulsaba. Era un trozo de nube que suspiraba entre las sábanas de la cama. Lo abracé y grité de alegría: estaba en mi habitación y había sacado un trozo de luz mágica del sueño.

Casi lloré de dicha mientras miraba aquella cosa increíble brillar en el cuenco que formaban mis manos. Sin saber por qué, llamé a mis padres. Seguí insistiendo y entonces llegaron. Encendieron una luz que no era tal y la bombilla extendió una capa sucia sobre la luz mágica, la atravesó de desilusión y aspereza y la hizo desaparecer en un instante.

El trozo de nube soñado se esfumó de aquellas manos de niño, al parecer muerto para siempre, perdido.

Y el niño creció hasta que dejó de serlo, y el tiempo siguió su camino.

Sin embargo, hay veces que se encuentran puertas, pasadizos insospechados. Que conectan cosas cuya relación no existe en principio. Pero sobre las cuales se puede viajar al pasado, o a donde se desee, y jugar con las nubes o disfrutar como se quiera.

Hoy, por algún motivo, me ha vuelto a tocar aquella luz. No sé bien cómo, ni siquiera cuándo, pero su marca es clara. Es alegría y serenidad, un extraño pero familiar lazo con todo y todos, un sentimiento de identidad aplicable a cualquier cosa.

Me hace pensar que la sabiduría y la inocencia no son ajenas, sino compañeras.

Y me hace sentir agradecido.

 

 

 

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